La emoción más antigua y más fuerte de la humanidad es el miedo,
H. P. Lovecraft
y el miedo más antiguo y fuerte es el miedo a lo desconocido.
Entre los muchos documentos de un querido amigo bibliotecario de Buenos Aires, encontré un manuscrito ignoto, de apariencia antigua y en inglés. Mi propio amigo pretendía malvenderlo en una feria de libros y me decidí a comprarlo por poco menos de 700 pesos.
Las palabras que transcribo son las del autor que escribió a mano el texto y Dios me libre de quitar o poner una coma a lo que dice. Ojalá ustedes, admirados lectores, no se vean nunca en la tesitura de lo que el escritor cuenta ni los horrores a los que sucumbió.
***
Cuando escribo esto, mi amadísimo lector, es el año 1910 y tengo veinte años. He publicado ya muchos textos, seguro que mi nombre es conocido por ti, pero prefiero que me conozca como el humilde Narrador.
Aunque lo parezca, no está en mi naturaleza hacer de Virgilio para darle un paseo por el Infierno. Puede creer o no en lo que le voy a pasar a contar pero, por favor, no olviden esta noche tenerme en sus oraciones por si mi alma ya estuviera condenada. Si Dios no se apiada de un mortal, que al menos lo hagan sus congéneres.
Verán, siempre fui un joven apocado y tímido. Ya mi madre me decía que no estuviera con otros niños y menos aún con desconocidos. Pero todo cambió cuando en la universidad conocí a John, el que vendría a cambiar toda mi vida.
Al entrar en la Facultad, solo pude fijarme en sus ojos negros y un fuerte olor a rosas muertas que le acompañaba allá donde estaba. Teníamos la misma edad, similar altura y a mí, que en ese momento no hablaba con nadie, me sonrió.
—¿La mesa está ocupada?
—Por supuesto que no.
Se sentó a mi lado y me habló de cómo venía del mar, el barco del que se había bajado con sus padres y que había recorrido muchas tierras durante sus viajes.
Hablaba con la voz de quien todo lo sabe y sus ojos, negros como el alquitrán, habían visto las mayores maravillas del mundo, de Oriente a Occidente, habiendo recalado por varias temporadas en el Viejo Mundo. También había conocido el amor en París y en Roma.
Tras estudiar, nuestras tardes tomaban lugar en una taberna, donde Edgar, Robert o August recitaban versos de Whitman y, en fechas muy señaladas, contaban cuentos de aparecidos, ahorcados y sueños en casas de brujas. John les observaba anonadado y aplaudía cada intervención.
Ayer todo eso cambió cuando me acompañó a casa.
—Esta noche te veo más guapo que de costumbre, ¿te importaría que subiera un rato?
No pude decirle que no porque su mirada era arrebatadora y cada frase me envenenaba en lo más profundo, tenía ese nosequé que me hacía querer saber mucho más de él.
Al ver mi escritorio, acarició los lomos de algunos desvencijados tomos y alabó las vistas de Providence desde mi ventana.
El beso entre ambos no tardó en llegar y sobre el colchón le acaricié el rostro. Nunca había tenido a alguien tan cerca y lo que no me extrañó fue su falta de latidos, como si no hubiera corazón entre las paredes.
Sus manos estaban frías pero ni la chimenea más hogareña podía haberme dado más calor en ese momento. Al cerrar los ojos lo vi claro.
Hay una montaña sagrada y sobre ella un templo en el que no se reza y cada virgen llora sangre. Veo también luces en la noche y oigo graznidos de cuervo. No sé cómo he subido hasta la cumbre y quien me mira es John. O no. No puedo aceptar que sea él porque tiene tentáculos y unos ojos blancos como la leche.
—Te esperé mucho hasta conocerte. Te dije aquel día que vine del mar y todo lo que he visto es real. Este empiezo a ser yo.
No puedo verle ni siquiera las piernas y justo antes de proferir un grito me tapa la cara con uno de los tentáculos hasta elevarme.
—Tengo muchos nombres y ninguno me corresponde. En el futuro alguien tecleará estas palabras. Los del presente me llaman muerte, ¿mis adoradores? El GRANDE.
Y los sacerdotes salen de no se sabe dónde y se postran sobre lo que antes era un cuerpo humano y ahora es… no puedo definirlo del horror que causa. Ni siquiera habla ya pero en mi cabeza su voz retumba.
—¡Hoy volveré a R’lyeh!
Cantan los sacerdotes y consigo desembarazarme de la bestia como puedo.
Recordarás siempre mi nombre aunque no lo puedas pronunciar, sabrás que te miro incluso si no me ves, que estoy acechando desde tu umbral. Corre y cuenta lo que sabes de mí, Howard.
***
Desperté en mi habitación esta misma mañana y nada sabían en la Facultad de que un joven llamado John fuera a clase conmigo. August en la taberna me insistió que estuve solo en la mesa viéndoles siempre recitar pero sé que no soy un mentiroso ni me he imaginado nada.
Sé que John fue tan real como lo eres tú, querido lector, y confío en tu inteligencia para encontrar verdad a mis palabras. No sé qué clase de culto vi ni si estuve con el mismísimo Diablo pero te juro que esta noche, en mi habitación, junto a mi cama huelo las rosas muertas y un charco de agua en el suelo me indica que está junto a mí EL SER QUE ACECHA.
Dedicado a Edgar Allan Poe, Robert E. Howard, August Derleth y, por supuesto, Howard Phillips Lovecraft. Creadores de sueños y pesadillas.

Christian Nieto Tavira
Nacido en Ricote (Murcia, España) en 1998. Es periodista, crítico literario y redactor en diversos medios de comunicación. Tiene publicados los poemarios «Última Bala» (La Fea Burguesía, 2016), «Canto Desgarrado» (Ediciones en Huida, 2018) y «Apuntes para un futuro caos» (Boria Ediciones, 2020). Organiza muchos recitales, siempre benéficos, porque para él la poesía es un arma social.
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