Seleccionar página

Me atrapé de nuevo mirando sin ver la corriente de agua que iba calle abajo por la Acequias. No era la primera vez que pasaba. En los últimos años, por lo menos desde que recuerdo, mi mente ha buscado momentos de liberación. Por lo general se decanta por observar los detalles más puros de la naturaleza que nos ofrece esta ciudad. Para quien no la conozca, mi ciudad es un lugar bellísimo, lleno de árboles frondosos que adornan todas las calles, de cielo amplio y celeste por el día e innecesariamente estrellado por las noches. Creo que por sobre todas las cosas, los pequeños detalles que encierra este lugar son lo que lo hacen tan maravilloso. Hay uno, particularmente, que he admirado desde pequeño: las acequias al costado de cada vereda. Para quienes no lo sepan, las acequias son canaletas situadas entre la vereda y la calle, su profundidad y ancho varían según el caudal de agua que deban llevar. Están pensadas para transportar el agua del deshielo que baja desde la montaña. Aquella tarde que me encontré nuevamente observándolas, recordé que era la tercera vez esa semana que repetía esa misma situación.

El traje me incomodaba, era caluroso en cualquier punto del año y maldecía cualquier posición en la que pudiera colocar mi corbata. Después de acomodarla por tercera vez fue cuando me di cuenta de que estaba absorto observando cómo el agua corría calle abajo. La mayoría de las acequias estaban parcialmente cubiertas por puentes y veredas. En los últimos años, los gobiernos de cada localidad habían comenzado a poner rejas metálicas sobre los pocos huecos que quedaban sin cubrir. Creo que nunca supieron el gran crimen que estaban cometiendo contra la niñez. Contemplar el agua me remite constantemente a mi niñez, a mi barrio y a Eugenio.

El grupo de amigos de mi barrio estaba constituido exclusivamente por varones. No era por algún motivo en particular que no permitieramos mujeres en nuestro grupo, sino que el destino había querido que ninguna de las jóvenes parejas del barrio tuviera hijas mujeres. Representó una suerte en los primeros momentos de nuestra niñez cuando todos nuestros intereses circulaban particularmente por los supuestos “juegos de varones”, fue cuando entramos en nuestros años adolescentes que supimos en qué consistía el designio que alguna vez confundimos con fortuna.

Nuestras actividades estaban fuertemente marcadas por la estación del año. De esta manera, en invierno priorizábamos exclusivamente jugar juegos de mesa dentro de una casa mientras tomábamos la merienda, en otoño andábamos en bicicleta y jugábamos el deporte que estuviera de moda por aquel entonces. Esas eran nuestras temporadas bajas, las estaciones donde encontrábamos algo que hacer para no aburrirnos. Lo que en realidad esperábamos eran la primavera y el verano, los momentos más codiciados del año. Durante la primavera corríamos y jugábamos, poníamos a juicio nuestras destrezas físicas y competíamos incluso en lo más mínimo. El verano era difícil, el grupo se dividía en quienes tuvieran la fortuna para ir de vacaciones a algún lugar y quienes se quedaban en el barrio. No era durante todo el verano, pero las quincenas de vacaciones difícilmente coincidían, por lo que nuestro grupo parecía siempre incompleto. Los que estaban en el barrio durante esa época participaban de un tour por las piletas de cada uno, generalmente pequeñas y armadas solo durante la temporada, pero suficientes para contener a nuestro grupo. Independientemente de lo que hiciera cada uno, en primavera y verano había un juego que resultaba imprescindible para cualquier niño del barrio: los barquitos de telgopor. Las carreras de barquitos era el juego preferido de Eugenio, quizás fue ese el motivo por el que el destino nos permitiera quedarnos a todos allí durante su último año.

Cuando comenzó la primavera de ese año, ya todos sabíamos que ninguno se iría de vacaciones durante el verano. Nosotros lo vimos como una suerte, como una bendición que nos permitía el placer de la compañía ininterrumpida. Años después sabríamos que la razón de fondo había sido la desastrosa situación económica que atravesaba el país. Ignorantes de este tema, comenzamos a vislumbrar lo que parecía otra señal divina: el deshielo. Para comprender por qué esto era importante tenemos que repasar un poco la geografía de nuestra ciudad y como posibilitaba la disciplina de los barquitos. La zona donde creció nuestra ciudad es montañosa y seca. Estas dos características conllevan que exista una temporada de deshielo (en la que la nieve se derrite y baja desde la montaña) y que para aprovecharla hiciera falta construir las acequias que condujeran el agua hacia donde hiciera falta. Estas canaletas eran como venas para la ciudad, la revitalizaban y permitían que crecieran árboles a sus orillas. El juego de los barquitos consistía en ir al extremo de la calle y dejar caer los barquitos al mismo tiempo en la acequia. Luego, cada uno comenzaba a correr calle abajo y observaba qué barquitos sobrevivían las inclemencias de la corriente, los misterios de los puentes y, sobre todo, quién era coronado como el campeón de la temporada.

El juego había surgido casi por accidente varios años antes, durante el verano en que Carlitos se había quebrado la pierna y tenía que usar un yeso. Esto imposibilitó que pudiéramos ir a cualquier pileta, andar en bicicleta o jugar algún deporte. Jugar sin él era tan impensado como no jugar. Pensamos en los juegos de mesa como si fuera un invierno cualquiera, pero después de la tercera partida de cartas nuestra involuntaria necesidad de ver por la ventana nos obligó a salir de la casa y buscar algo más. Fue Eugenio quien se dio cuenta de la gran corriente que caía por la canaleta. Comenzó tirando una ramita para ver cómo la devoraba la corriente. Cuando llevaba aproximadamente cinco, Carlitos tomó otra y la tiró a su vez. Cuando la ramita de nuestro enyesado ingresó antes bajo el puente y lo escuchamos proferir un enérgico “GANÉ”, nuestra diversión encontró una excusa para desentumecerse y comenzar a divagar. El resto fue historia, primero hicimos una regla sobre el largo y tipo de ramas que podíamos usar. Porque claro, no sería justo que alguien utilizara una que ocupara toda la acequia, o que fuera mucho más larga que las del resto. Luego ampliamos la ruta, ya que el desafío de sobrevivir las secretas inclemencias que se escondían bajo los puentes era parte natural de una competencia de ese estilo.

Al año siguiente, tres años antes del último verano de Eugenio, la mayoría habíamos cumplido siete años. Nos dispusimos a comenzar una nueva temporada de carreras con ramitas cuando Ernesto notó un detalle que cambiaría para siempre la disciplina que practicábamos: la mayoría de los vecinos habían instalado un aire acondicionado en su casa. Esto parecía algo absurdo si ignoramos el hecho de que el telgopor que se utilizaba para embalarlos estaba esperando en la vereda a que el servicio de recolección de basura lo buscara.

—Che el tergopor ese flota mejor —había exclamado Ernesto, interrumpiendo la ardua tarea de juzgar como válida la ramita de los contrincantes.

—No seas bruto, se dice “telgopor” —le contestó Carlitos, mientras levantaba una de las planchas.

—Estoy seguro que no, es tergopor —intervine, mientras arrancaba un pedazo del tamaño de mi mano y lo arrojaba al agua.

La discusión quedó interrumpida y no fue hasta años más tarde en que comprobé que Carlitos tenía razón sobre la palabra. Por supuesto nunca se lo reconocí. Mientras veíamos que el trozo de telgopor bajaba velozmente por la corriente de agua, sin interrumpirse y sobreviviendo a los puentes, nos dimos cuenta que aquel juego había cambiado para siempre.

Reelaboramos las reglas para definir qué barcos podían entrar en una carrera. Estipulamos un tamaño y dispusimos que cada barco debía tener una ramita que hiciera de mástil. El juego cambió completamente, casi todos los barcos llegaban a la meta y las carreras eran más rápidas y competitivas. Sobre todo porque no existía la posibilidad de confundir un barco con cualquier pedazo de telgopor, lo que sí pasaba con las ramas. Cuando llegó el final del verano, se mudó a la vuelta de la cuadra Nicanor, quien tímidamente se aproximó a nosotros una de las tardes en la que estábamos jugando con los barcos. Se había quedado sentado en la esquina, observándonos como si quisiera llamar nuestra atención. Fue Carlitos el que casi sin preguntar lo tomó de un brazo, le puso un barquito en la mano y lo llevó a la otra esquina donde comenzaban las carreras. Cuando estaba anocheciendo, se presentó. Nosotros quedamos fascinados por su nombre y él por nuestro juego.

Unas semanas después, cuando comprobamos que quedaban pocas corrientes restantes, Nicanor tuvo una idea fantástica: tomó un trozo de telgopor y comenzó a limarlo en la juntura de dos ladrillos, en la pared de una casa abandonada. Cuando terminó, nos mostró el resultado. Era un óvalo perfecto. El nuevo descubrimiento y la inminente sequía nos generó mucha frustración.

El otoño e invierno que siguieron pasaron sumamente lentos. El recurso para fabricar barcos que había incluido Nicanor al grupo había llegado muy tarde y nos había forzado a pasar la temporada de sequía deseando la llegada de la primavera. Finalmente llegó, por supuesto. El primer día casi ni jugamos, sino que nos la pasamos creando todos los barcos que se habían cruzado por nuestra imaginación durante el año anterior. En más de una oportunidad, un padre había sido citado a la escuela por la maestra, quien había retirado las hojas llenas de dibujos de barcos, plasmadas de medidas y nombres ficticios. El segundo día todos volvimos de la escuela, almorzamos rápido y salimos a probar las invenciones.

Fue una temporada fantástica. Durante la primavera probábamos barcos nuevos y durante el verano comenzamos a diversificar las pistas de carreras. Para explicar mejor este punto debería contar un poco dónde vivía cada uno. Yo vivía cerca de la mitad de la cuadra en una casa exactamente enfrente de Eugenio. Él y yo fuimos los primeros dos que llegaron al barrio. Ese mismo año llegó Carlitos, que se mudó a la esquina de la cuadra de Eugenio. Ernesto fue el último en llegar, se mudó a unas casas de distancia de la mía un año antes de que comenzáramos a jugar con las ramitas. La llegada de Nicanor dos años después redefinió un poco la estructura del grupo. Ya no todos vivíamos sobre la misma calle, sino que uno estaba “a la vuelta”. Por este motivo, y para tranquilidad de su madre, varios días a la semana íbamos a jugar frente a su casa. Fue así como conseguimos una pista de carreras nueva y como supimos que el mundo de los barcos solo estaba limitado por el permiso de nuestras madres para llegar una cuadra más lejos. De esta forma, las pistas se convirtieron en cinco: la original, la de la vuelta, la pista del boulevard, la de la cuadra de arriba y la pista prohibida.

El año que tuvimos para preparar planos e idear barcos fue muy productivo. Habíamos pensado por separado que podíamos hacerle puntas a los óvalos de los barcos comunes para crear lanchas, que no usaban mástiles, hicimos buques más alargados y botes pequeños que eran más rápidos pero solían no sobrevivir a los puentes. De esta forma, teníamos muchos barcos y muchas pistas de carreras. Comprobamos rápidamente que algunos servían mejor que otros en ciertas canaletas. Por ejemplo, la pista del boulevard casi no tenía puentes y los botes eran ideales, para la cuadra de arriba era obligatorio usar buques y en la original había tanta diversidad que nos permitía ir variando constantemente.

La nueva complejidad del juego conllevó que el verano pasara velozmente. Fue la semana previa al inicio de clases cuando comprobamos que ese verano no habíamos hecho otra cosa que jugar con los barquitos. Ninguno se arrepentía y la mayoría maldecíamos el tiempo que habíamos estado de vacaciones alejados del barrio.

El verano siguiente fue distinto. Ernesto había visto una película durante la primavera en la que se mostraba una sociedad de gente pequeña que vivía constantemente asediada por otra especie que parecían gusanos. Ernesto nos contó los hechos que se desarrollaban varias veces durante las primeras dos semanas de la primavera. A todos nos gustó la idea de la película y creímos olvidarla, hasta que llegó el día del primer ataque. La carrera había comenzado como todas las otras: arrojamos los barcos y corrimos calle abajo. Aquella vez estábamos en la cuadra de arriba, todos los barcos llegaron a la otra punta y Carlitos fue coronado ganador. En el camino hacia la próxima pista, Nicanor observó que su barco tenía un agujero. Ante su observación, todos revisamos los modelos que teníamos en las manos y comprobamos que también estaban perforados. Al principio no le prestamos atención, pero el hecho se repitió en cada pista que jugábamos. Ernesto volvió una semana después de sus vacaciones y nos apresuramos por contarle lo sucedido. Casi pálido nos comentó que exactamente así se veían los ataques de las lanzas que utilizaban los gusanos contra la gente pequeña. Luego de debatir lo suficiente, llegamos a la única conclusión posible: la gente pequeña era real y vivía bajo los puentes. Los gusanos, rebautizados gusorones por el propio Ernesto, los atacaban constantemente. De ahí provenían las roturas de nuestros barquitos, no había otra explicación posible.

Esta nueva verdad cambió una vez más el propósito del juego. Ya no era una carrera, se había convertido en una guerra. En un principio la mayoría nos negamos, pero ante el temor de Ernesto y las palabras inspiradoras de Eugenio decidimos ceder para ayudar a la gente pequeña. Transformamos nuestros barcos en máquinas de guerra, les agregamos escarbadientes y puntas de plástico que servían como armas para atacar a los gusorones.

Hoy me emociono con el recuerdo del entusiasmo de Eugenio, con sus estrategias y sus diseños. Luego rememoro con tristeza su último verano, el año siguiente al descubrimiento de los gusorones.

Esa primavera comenzó con una gran flota de naves de guerra esperando para ayudar a la gente pequeña. Fue el año en que nadie iba a ir de vacaciones y que prometía la mayor felicidad de nuestras vidas. Comprobamos que iba a ser todo lo contrario cuando, sin aviso, Eugenio dejó de salir a jugar. Las veces que golpeamos a su casa la madre nos atendió con lágrimas en los ojos y nos explicó que no podía salir, que estaba preparando la nave de guerra definitiva. Luego de nuestro cuarto intento decidimos no molestar más a la madre de Eugenio y pactamos que cuando este decidiera terminar el proyecto podíamos exigirle las debidas disculpas. Cuando se cumplió el primer mes sin su presencia, volvimos a preocuparnos y decidimos organizar una misión de investigación. El plan era simple, convenceríamos a nuestras madres de que todos se quedaran a dormir en mi casa el viernes a la noche y nos escabulliríamos. La salida fue corta, logramos subir al techo de la casa que se hallaba junto a la de Eugenio por la reja del frente y caminamos sin hacer ruido. Desde allí miramos por la ventana de su habitación. Vimos sobre la mesa un resplandeciente barco de madera a medio construir, con pequeños arpones metálicos y grandes velas de tela. Lamentablemente no había rastro de su dueño, por lo que volvimos a mi casa antes de que mis padres notaran nuestra ausencia. Nos quedamos despiertos toda la noche hasta que sentimos el ruido de un motor y nos apresuramos a llegar a la ventana del frente de mi casa. Allí vimos a Eugenio bajarse del auto de su padre, tenía una venda en el brazo y usaba una gorra pese a que estuviera nublado. Hacía un mes que no lo veíamos y lo notamos pequeño y pálido. Carlitos no aguantó y abrió la ventana para llamarlo.

— ¡Euge! —gritó, rompiendo el silencio de la madrugada.

— No —balbuceó Eugenio cuando se dio vuelta, con miedo en los ojos.

La madre se percató de esta situación y se apresuró a abrir la puerta y hacerlo entrar a su casa. Antes de que pudiéramos salir en su búsqueda, notamos que mi madre estaba bajando las escaleras. Cerró la ventana y nos obligó a dormir. Al día siguiente le comenté lo que habíamos observado y me dijo que era una pena, pero se negó a responder cuando le pregunté a qué se refería.

Cuando terminó la primavera y comenzó el verano, decidimos doblar esfuerzos en la guerra contra los gusorones. Sin embargo, todos notamos la tensión que nos provocaba saber que Eugenio se encontraba a pocos metros, pequeño y pálido, trabajando en su barco.

Una semana después de año nuevo mi madre me despertó gentilmente con lágrimas en los ojos. Me dio una muda de ropa y me pidió que me levantara. Cuando bajé al living me encontré con Nicanor, Ernesto y Carlitos, todos con cara de sueño y ojos confundidos. Nicanor me contó lo que su madre le había explicado: Eugenio había terminado el barco y le había pedido a sus padres que lo hicieran navegar en el canal. No supo responder cuando le pregunté dónde estaba Eugenio.

Cuando llegamos al canal principal que se encontraba a unas cuadras de nuestras casas, vi a los padres de Euge. Estaban con los ojos irritados y sosteniendo entre los dos el barco de madera brillante. Fue la madre quien nos contó que Eugenio trabajó tanto en el barco que se había encogido por voluntad para poder navegarlo. Que en ese momento estaba en el camarote principal armando la estrategia definitiva para vencer a los gusorones que quedaban en el barrio, pero que luego de eso continuaría por todos los del mundo. Entre todos bajamos el barco y lo dejamos navegar corriente abajo.

Eugenio nunca volvió y con los muchachos fuimos paulatinamente dejando de hablar del tema, pero sin olvidarlo. Hasta el día de hoy, cuando observo cómo corren las aguas por las canaletas, escucho el sonido de los arpones metálicos que dispara Eugenio. Y agradezco todos los días que haya asumido la responsabilidad de defender a la gente pequeña.

Nicolás Vargas Rossi

Nicolás Vargas nació en 1993 en la Provincia de Mendoza, Argentina. Es Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador y escritor. Su obra se centra en cuentos y novelas. Los primeros son publicados semanalmente en internet a través de la red social Medium y generalmente poseen temáticas realistas, costumbristas o fantásticas. Las novelas se encuentran sin publicar y varían entre la ciencia ficción y la fantasía.

¡Ediciones Glasgow te invitamos a seguir a Nicolás en sus redes sociales y enterarte de sus próximas publicaciones!