Sentado frente a su computador, Dylan bebía una taza de café, esa noche iba a resultar más larga de lo que esperaba. Debía tener listo un proyecto de software que venía desarrollando desde hace unos meses atrás.
Dylan vivía solo, difícilmente se le veía conversar con alguien o recibir visitas que no fuesen por asuntos de negocios. Simplemente no era una persona muy social, vivía en su mundo sin interesarse en nada más.
Era una noche particularmente silenciosa, irónicamente eso le causaba algo de ansiedad y le estaba resultando difícil concentrarse, así que decidió salir de su departamento a fumarse un cigarrillo.
Llenó su taza de café, tomó el viejo y desteñido abrigo azul que se encontraba en el sofá de la pequeña sala, lanzó una mirada al reloj de pared, eran la una y once minutos de la madrugada.
Al salir cerró la puerta y bajó las escaleras hasta encontrarse a nivel del suelo, una brisa fría soplaba levemente aunque por momentos se intensificaba, colocó la taza de café ya casi frio sobre un pequeño muro junto a las gradas y sacó el paquete de cigarrillos. Intentó unas tres veces encender uno, pero el viento apagaba el fuego del encendedor. Respiró profundamente y miró el pequeño parque que quedaba cruzando la calle, justo al frente de su departamento, el lugar vagamente iluminado pasaba vacío la mayor parte del tiempo, ya los niños casi ni salían, la tecnología poco a poco había aislado a la humanidad y él sabía que era uno de esos seres aislados y solitarios. Pero de algún modo eso lo hacía sentir bien.
Finalmente encendió el cigarrillo mientras observaba a su alrededor tratando de relajarse para regresar y continuar su labor. Aún seguía percibiendo algo distinto en esa fría noche, pues por más tarde que fuese siempre se escuchaba algún ruido de un vehículo a lo lejos, alguno que otro ladrido de los perros en las casas de los alrededores, pero no, esa noche parecía detenida en el tiempo, era como si el universo se hubiera detenido, como si alguien le hubiese dado al botón de pausa universal y solo él fuese el testigo.
Tomó la taza de café y bebió un último y helado sorbo, mientras se cuestionaba muchos aspectos de su vida. Una extraña sensación de escalofrió le recorrió el cuerpo al pensar sobre ello, ¿realmente estaba viviendo, o solo existía de manera mecánica? Por primera vez sintió algo en su interior, un sentimiento de vacío que le heló la piel.
Un ruido extraño como chirrido metálico irrumpió de repente, sobresaltándolo y sacándolo de sus profundos pensamientos a una realidad a la que no parecía pertenecer.
Arrojó su cigarrillo y dio largos pasos hasta llegar a la malla del pequeño parque mientras miraba en todas direcciones buscando la procedencia del extraño ruido.
El ruido se mantenía fluctuante, como ondas que se acercaban y se alejaban mientras viajaban por lo largo y ancho de la atmósfera.
Comenzó a creer que su mente le estaba jugando una mala pasada, que la falta de sueño era la causante, se sintió desprotegido ahí afuera, nadie en el lugar parecía percatarse del ruido que surcaba los cielos de esa madrugada.
Decidió ingresar a la seguridad que le trasmitía su apartamento, a su mundo, a su mentira de vida y mientras subía por las gradas el sonido se apagó de la misma manera en que había surgido, sin explicación aparente. Al llegar al descanso, echó un último vistazo hacia la vacía calle y cerró la puerta. Su mundo volvía a estar en calma, al menos eso creía.
Se quitó el abrigo y lo lanzó al sofá, recordó que había dejado la taza en el muro, pero estaba convencido de que no saldría más esa noche.
Un sonido comenzó a surgir de su habitación, era el golpeteo de las teclas de su computador como si alguien lo estuviese usando.
—¿Pero qué sucede? —Se preguntó en voz alta, mientras caminaba hacia su habitación obligándose a averiguar que estaba ocurriendo.
Se asomó con sigilo, miró la silla vacía, pero sobre el escritorio las teclas se movían como si alguien las estuviera presionando, notó que la taza de café también se encontraba junto al teclado, saciando su curiosidad lentamente se fue acercando. Contradictoriamente a la situación, Dylan no sintió temor y conforme se aproximaba pudo verse a sí mismo allí sentado, su silueta descolorida se movía como una película frente a sus ojos, era él presionando las teclas sin apartar la mirada del monitor repleto de códigos.
Una y once de la madrugada, Dylan deja su computador, toma el abrigo del sofá y mira el reloj en la pared justo antes de salir a fumar un cigarrillo con su taza preferida, sin saber que la mañana nunca llegaría, que su pequeño mundo giraba en un círculo bajo esa noche infinita que sus miedos le impedían abandonar…

Randy González Montero
Es un escritor y autor costarricense, reconocido por su habilidad para crear relatos de ciencia ficción, misterio, suspenso.
Su primera novela, Geonovo, es un ejemplo de su talento para imaginar mundos futuristas, personajes y tramas sorprendentes. A través de su narrativa, Randy es capaz de llevar al lector en un viaje emocionante y lleno de giros inesperados que lo mantienen pegado a las páginas hasta el desenlace final.
Además de su destreza como escritor, Randy se distingue por ilustrar cada relato con un estilo personal que le da una identidad única y los hace aún más atractivos para el lector. En resumen, Randy es un escritor talentoso, creativo y con una voz propia en la literatura contemporánea. Sus relatos son una muestra de su habilidad para llevar al lector a lugares insospechados y para mantenerlo en vilo hasta el final. Sin duda, un autor costarricense que vale la pena seguir de cerca.
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