El miedo ha huido desde la vergonzosa y desesperanzadora oportunidad de sentirse amado. Su ilusión ha sido negada y abnegada por que ha sido el más desentendido del mundo mundial. El miedo no nació en las pléyades, no llegó con los anunnakis o con el hoyo negro del caos en el universo, no llegó con la mano de Dios o los mitos griegos; el miedo no se formó en un cubo infinito, no nació, se reprodujo y murió, no, el miedo no llegó en el meteoro que destruyó a los dinosaurios, no lo mandaron de Narnia o lo exiliaron de Asgard.
No, no señores ni señoritas, el miedo solo está ahí en medio de lo eterno y lo invisible, entre la muerte y su hoz, entre Afrodita y sus caderas se coló, entre la esfera de la tierra, si esta es redonda o plana, o si solo está en el cosmos. Pero NO, no lo trajeron los elfos mágicos o los nomos o hadas, no lo inventaron los hobbits o enanos, no lo crearon los primeros humanos o seres de luz, no lo consagraron los halados o los negados…
NO, señores ni señoras, no, niños o niñas, el miedo es una conformación mágica del desasosiego del fuego y las cenizas de quien ya no está, el miedo existe en la realidad en el microsegundo que se dualiza sin pena ni gloria, y aun cuando lo juzgan y lo hieren, sin saber por qué o cómo, lo asesinan y lo frustran, lo desvalijan y condenan repetidamente en cada siglo, en cada época fue exiliado como en el oscurantismo, aun con el Renacimiento, no tuvo paz. Lo bailan en los tabúes de los que sueñan despiertos y lo atañen al siniestro momento de la verdad del ser. Lo crucifican mil veces más que al buen Jesús, y late fuerte como Hitler en su moralidad.
La verdad no los hará libres, porque el mundo teme al miedo y a su antónimo, la bondad; aquella que se posa y mofa del ser, del humanismo poseído por creencias condicionadas por los antecesores del conductismo o la prosa negra que sangra petróleo y finge ante el humor. El miedo suma instantes que ruegan silencios, que frenan el hambre de quien conquista y de quien muere respirando desordenadamente. El miedo es de quien se ahoga en su saliva de ego fino y entre orgullo y culpa fingida solo infringe un teatro desmenuzado por su victimismo.
El miedo ha conectado por aires de sombras que se bañan de marineros y sirenas, un combo que se estrella en los pinches tiranos que asechan los egos de los más poderosos y desafiantes borrachos de miel y flor picante. El miedo erupciona entre sombras de vampiros albinos, y monjas en rojo telón. Su impresión no es de gordo o delgado, de fea o bella, de hombre o mujer, no es hetero, homo, bi, pan, asexual o gay, no es rojo, negro, blanco o miel, carbón, jazmín, cobalto o alelí, no es de oro, plata, esmeralda, rubí o zafiro, solo es precioso, y aunque asusta, les diré que solo teme y huye como presa ahuyentada al ser abatida, esperando su muerte por toda la eternidad y con un purgatorio infinito colgando en su sed insaciado y en su juventud de alma envejecida.
El miedo esta tatuado con agua en pieles secas y sus llagas perforan presentes, generando ese tartamudeo excepcional de música gregoriana roncando entre tumbas templarias que asedian milongas y tangos, cumbias y bambucos, vallenatos y calipsos, perdidos, solos e idos al vacío del fin del mundo, allá en la Antártida donde no entra nada, donde no sabemos nada, donde no encontramos nada, donde el miedo es nada.
El miedo, les digo, es un testigo creado por el impulso de la amígdala cerebral que acrecienta temores y nos hace correr desnudos pero vacíos, de nuestra pena y congoja por el sereno producido que nos crece en el orgullo. Es una fábula de pícaras asonantes que se distraen con triptongos ebrios de vodka y caña, sus palabras enmudecen el silencio al filo de cenizas que nadan con mariposas y espinas, navegando entre sangres calvas sin rimas.
Lo odiamos, lo arrinconamos en un triángulo isósceles de psicópatas que migran entre eras bisiestas, tragando muertes en trozos achocolatadas que riegan arpías lepras en sus pieles ajenas. Lo marcamos con la flecha robada de Cupido, escupimos sus prendas y una vez más desatamos el Big Bang del último puesto de los músicos olvidades, aquellos de la generación del 27, donde el miedo fue protagonista y tambien el antagonista, allí donde las artes y la filosofía de Aristóteles dudaron por Sócrates y envidiaron a Platón, donde las cruzadas protegieron al miedo por temor a una creencia y religión.
El miedo progresivo o alternativo, libre o preso, siempre fue munición de cada era y su fusión de emociones rompe el trueno que abre la luz del Vaticano, no por su grandeza o riqueza, sino por la diosa del inframundo que da su nombre hasta el luto que nadie sabe. El miedo goza momentos cuando la confusión llega a las mentes lentas, pero luego entra en el insomnio de las décadas sinvergüenza y el ocaso de vino tinto que es bebido sin parar, que alcoholiza a sobrios y envenena como romanos a sus emperadores con odio.
El miedo, amigos míos, es solo la pureza en una transparencia de hielo gelatinoso que, aunque borroso, ronca los gritos perdidos de sus enemigos, aquellos que han sabido vanagloriarse de su locura y su vanidad. De ese estilo de fuerza absurda que usan los críticos para negar la huella de vida y podrir el tiempo que ya jamás, para el miedo, terminará. Somos el virus que convive con el miedo en la paradoja de nuestro existir, eterno infante de risa nunca vista, ha sido intimidado hasta los huesos que no le encallan, porque su carne no es real, no como la de los dioses griegos o como la del libertador, no como la carne de matadero los domingos en la plaza, o como los plutarcos insaciables de gula al atardecer…
El miedo, les digo, solo es miedo, un nombre, pero no de erudito o político, de filántropo o abogado, NO, solo es un nombre que aplaudimos para defender nuestra razón y errores infinitos que repetimos y combatimos por la gloria de aquellos intereses que se ciegan entre lazos de fuego que queman el ser impuro y que, tras regresiones y guerras olvidadas, sigue su curso infeliz y como zombie pordiosero su hambre de oro perturba las mil y una noches en la estrellada de van Gogh. El miedo está aquí y ahora, está lleno de ti y de mí, y de todos los fusileros que nos disparan sin parar.
Miedo hoy, mañana y siempre, desde el fin del mundo y hasta la encerrona de la cuarta dimensión será el destino o el camino para cada uno de nuestro destiempo.

Joan Manuel Valbuena
Poeta y escritor colombiano, amante de las letras, la psique y las buenas vibraciones. Ha participado en más de 15 libros de poesía y microrrelatos, siendo finalista en los últimos 7 tomos, donde ha abarcado temas de ciencia ficción, thriller psicológico, policíaco, entre otros.
Escritor del libro Oda a la tristeza, editado por Ediciones Glasgow, y entre su próximos proyectos vienen una novela, un libro de poesía y microrrelatos.
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