En los engendros persuasivos de la pasión, la cordura pierde su voz ante el desenfreno inmisericorde de la insatisfacción, emprendiendo deleznables y aberrantes acciones, donde la sombra del deseo hace mella en el fauto amor y, por ende, transforma al hombre más ingenuo y dadivoso en el
recipiente expiatorio de dantescos holocaustos.
Mi adoración por mi amada Amapurna nunca será saldada con las incalculables ofrendas e insuficientes dotes que cualquier miserable mortal pudiese costear en el agotador suplicio de sus laboriosas manos. Su muerte, acaecida ante el inclemente paso de un brote de cólera, dejó una fosa profunda en mi alma, y a pesar de mis paupérrimos ingresos y la precaria y aborrecida condición de no-tocable con la cual giraré mi infortunada existencia, mis deudores acordaron correr con los preparativos para llevar la preciada mortaja de mi Amapurna a los escaldados peldaños para su posterior cremación.
Escaso decir la razón perdió en mí el alba de su propósito. Mis abluciones ceremoniales y las incumplidas promesas de mis amadas divinidades enajenaron el derecho de mi felicidad. Amapurna ya no estaba.
Ningún sendero me llevaría a volver a sentir su aroma a duraznos recién cosechados, su voluptuoso y azabache cuerpo ya no estará recostado en nuestro lecho nupcial, aún fragante con el ordeño vespertino de nuestros raquíticos bueyes, ni sentiré sus enriquecidos labios almizclados de jenjibre añejado y miel tostada. Vagué… porque mi vida ya estaba muerta sin ella. Y la noche me depredaría a costa de mi dolor.
La tiniebla era espesa, y la fetidez imperante de todos los difuntos no causó ningun atavío a mi solitario y enlutado peregrinaje en el inmenso follaje de la agitada selva. Los troncos se erguían siniestros como titánicas columnas, donde los macacos maullaban frenéticos con mi atolondrada presencia, y sus ojos como ascuas seguían vigilantes el derrotero de mi fúnebre perdición. El río corría infalible con la complicidad sombría de aves rapaces, a lo lejos varias piras humeantes e improvisadas chozas se dispersaban en la larga desembocadura del caudal. Mientras mis pasos se adentraban entre los espesos helechos de envueltos anatemas, divisé entre la concavidad de unas retorcidas palmeras que daban la impresión de formar un umbral, envueltas con tiras carmesí y envilecidas con los despojos de osamentas, estaba en presencia de un escuálido Sadhú quien venía inhalando un chílam con humeante Kush mientras yacía recostado en la piel desollada de un envejecido tigre. Indiferente a su presencia, no tenía ningún aditivo para aborrecer su repudiable condición: soy igual de repudiable como el estiercol. Mi amada Amapurna era la única rosa que adoraba, y la pira consumió sin miramientos su belleza. Y repentinamente, el excéntrico Sadhú profirió una desvencijada carcajada, sacándome de mi lagrimeante mutismo e inflamando mi herido orgullo:
—¡¿Qué gracía te causa mi pesar, despreciable animal?!
—Aquella que todavía puedes abrazar sin miramientos.
—¿Qué es lo que quieres? No tengo tiempo para tus sandeces.
—Querrás decir “qué es lo que realmente quiero”, mi apesumbrado viudo. No todos los enajenados de su mujer por designio de los dioses llevan sus mortajas invisibles a este basurero de naturaleza despreciable. Y veo que las cenizas de tu amada aún carcomen vuestro corazón con el vívido recuerdo de sus nupcias.
—No te atrevas a blasfemar sobre mi preciada mujer con tus acertijos de santo sucio. ¿Quieres rupias?, ¡helas aquí!, estas míseras dádivas no saldarán mi porvenir ni tu labor de pedigüeño.
—¿Qué tal si te dijera que puedo hacer que tu amada Amapurna vuelva a consumar su eterno amor contigo?
Mi fuero interno osó forzar al Sadhú a una clara explicación de cómo sabía su nombre: mi sangre hervía de estrepitosa furia ante su insolente revelación, y el repulsivo ermitaño, con un dejo de malevolencia bendita, profirió su ensalmada propuesta:
—No deseo nada a cambio de lo que puedo concederte, mi caridad no obedece a enmendar mis pecados, sino que es un ofrecimiento para que tu sufrimiento cese, y el amor de tu amada vuelva a saciarse por entero.
—¡Esto es una burla!
—Si nos llaman come-muertos las lenguas malhabidas, ¡imagina qué otras cosas nos llamarán ante lo que voy a hacer por usted, enlutado esposo!
—Habla… ¿qué hay que hacer para acabar con tu jugarreta?
—Usa la calavera de tu amada como cuenca para recoger lo que quedó de sus cenizas. Tráela, y verás que incluso los dioses no interpondrán ningún reproche para que vuelvas a abrazar a tu mujer.
Atolondrado por su petición, mi solo propósito de volver a retozar en los brazos de mi amada Amapurna avivó la flama de mi ímpetu. Cometí la execrable tarea como me lo pidió el excéntrico Sadhú, con el acongojado sufrimiento de que atentaría contra la ley de los dioses, pero eso no importaba ahora. Solo quería volver a besar y abrazar a mi amada Amapurna. El Sadhú, difumando su fantasmagórica oración a aquel cuyo poderío ponía a la muerte a su merced, se limitó a amasar su oficio de hacedor siniestro. La fragancia de Kush y difunta putrefacción ambientaban el ensalmado ritual de nigromancía. Y al terminar, mi corazón latía de furia al no ver a mi amada en carne y hueso, ante lo cual el maldito santo exclamó:
—Si te preguntas por qué tu mujer no apareció aquí, es porque ella te espera en tu humilde choza, aguardando el lecho para tu recibimiento.
—Espero que no sea una burla, porque si no, volveré a despojarte de tus ojos con mis propias manos.
—No será necesario, tu amada Amapurna ansía saciarse de tu amor.
Corrí como una fiera salvaje, atravesando la execrable jungla, mi corazón batía para llegar pronto a mi hogar. ¿Me habrá timado ese engendro de asceta? ¡Las luces de mi choza estaban encendidas, no puede ser! ¡¡Amapurna… Amapurna… estaba ahí… con vida!!
—Mi amado, ¿dónde estabas?, te ansiaba tanto. No puedo vivir sin tí.
Estaba más bella que nunca, y anonadado con su belleza, me entregué en su regazo llorando de alegría y frenesí. Ella me estaba acariciando sin cesar, su cuerpo emanaba los perfumes de nuestra entrega. Era mía nuevamente. Sus ojos tiernos y negros como la noche me estrujaban el alma por su amor.
—Mi amado esposo, no quiero que me dejes de nuevo.
—Jamás, mi preciosa Amapurna, jamás me apartaré de tí.
Me abrazó con una fuerza descomunal, y de sus satinadas manos afloraron las filosas zarpas de una pantera hambrienta… Mi cuerpo estaba siendo desgarrado y mancillado en frenético clímax.
No me importó, sus últimos besos arrancaron los despojos de mi degollado cuello, y la sangre brotó como una fuente inagotable de tendones y vísceras desperdigadas. Verla digerir mis entrañas me llevó al paroxismo del Nirvana, porque mi amada Amapurna renació de sus cenizas por obra y gracia de mi sacrilegio, y volvió como una lujuriosa demonio para inmolarse en mi carne.
Y nuestro humilde hogar ardió furiosamente, en el silencio demencial de la noche.
José Miguel Rincón Benitez
3 de Marzo de 2022

José Miguel Rincón Benítez
Cuyo seudónimo es «José de Noche», nace en la ciudad de Maracaibo, Venezuela, 1984. Un día jueves 15 de Noviembre. Es Ingeniero de Sistemas del Instituto Universitario Politécnico Santiago Mariño y fue docente enlace universitario del Colegio Universitario de Caracas y la Universidad Autónoma Rafael María Baralt.
Fue miembro del Círculo Literario de Cabimas, adscrito a la Asociación de Escritores del Estado Zulia (2004), invitado en diversas tertulias poéticas en la Asociación Casa de la Poesía, y actualmente es miembro titular honorífico del Centro de Escritores Zulianos desde el 2021, siendo partícipe de múltiples actividades de índole poética.
José ha participado en diversas publicaciones y antologías poéticas, entre ellas Esfigie de Tinta (2005), siendo su participación debut en conjunto con los escritores del Círculo Literario de Cabimas, Antología Casa de la Poesía (2010), Revista Literaria la Noche de las Letras – 2da Edición (2011), y Santuario Nocturno – Memorias del Nocturno Dolor (2012).
A su vez posee algunas obras de poesía de carácter inéditas, siendo estas: «Trigémino con Moccacino», «Velos de mi Mar, Sombra de mi Luna», y un poemario sin título.
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