El sabor metálico de la sangre que salpicó en su cara al apuñalar el cuerpo de él 73 veces, siempre iba a estar presente en sus labios y en su recuerdo.
73 veces. La primera en el cuello, preciso y certero. 50 veces en el corazón. 50 veces por cada una que cruzó el límite innombrable con ella. El resto por inercia, por odio, por venganza.
Consuelo recuerda con fuerza la ira al décimo día de no menstruar. Era su semilla germinando, creciendo dentro de ella. Esa semilla le dio fuerzas. Con lágrimas corriendo por dentro de su alma se hizo del cuchillo de la cocina, sin que nadie la notara.
Nadie nunca la veía desde que aquello había empezado. Nadie la veía pues se hacía realidad lo que ellas también habían vivido. Sus hermanas, su madre, su abuela. Invisibles entre ellas.
Escondió el cuchillo bajo su almohada y aguardó.
Ese día amaneció muy caluroso, era martes. Los martes en que quedaba sola, a merced de su verdugo; ese que la acuchillaba por dentro mientras su sudor ácido le caía en los ojos cerrados. El que luego de un gemido asqueroso se iba, dejándola sola, desnuda, ardiendo en las llamas del mismísimo averno.
Fingió estar dormida, como siempre. No rezó, no se persignó, como hacía al principio, cuando aún creía que dios podía salvarla, ¿Cómo no iba a salvarla? Lo decía el padre en misa, lo decía la abuela en el rosario. Ten piedad de nosotros.
El se acomodó encima de ella, tosco, con fuerza. Fingió aferrarse a su almohada como tantas veces. Lo que sigue está borroso, indeleble en la memoria, pero ilegible a sus ojos. La memoria se hace más clara cuando quitó el cuerpo de él, inerte y sudoroso de encima suyo, y sonrió. Se había acabado. Para siempre.
La fuerza de cargar sacos y palear tierra en la finca pagó con creces; levantó el cuerpo en una sábana con facilidad, lo arrastró al patio y con meticuloso afán lo enterró debajo del árbol de mango. Ese árbol donde jugaba con él a atrapar luciérnagas, antes de la pesadilla, antes de que él viera la mujer en ella.
Se bañó largo rato en el río, con un trapo viejo limpió el piso, tiró la sábana manchada en el horno de leña. Esa sábana manchada de sangre, de sudor que ardía en los ojos, de pecado silencioso, de gruñidos asquerosos, de su inocencia perdida.
Por primera vez acarició a la semilla en su vientre, la miró con la ternura de quien perdona a quien nunca tuvo culpa. El sacrificio no-voluntario de su creador le lavó el pecado.
A las seis de la tarde, volvieron ellas. Las invisibles. Todas adivinaron lo que pasó al encontrarla a ella durmiendo plácidamente en calzones en una hamaca. Nadie nunca podía hacer eso sin miedo. Nadie preguntó por él. Nadie lo extrañó.Pero como todo en esa casa, no se hablaba de lo que se podía hacer real.
Esa noche las invisibles se miraron. La abuela les hizo atol, como antes. La madre las peinó antes de dormir, como antes. Las hermanas se acurrucaron en una sola cama, como antes. Ella volvió a dormir, hasta los martes, como antes.

Gabriela Vindas
Gabriela Vindas (Costa Rica).
Estudió Publicidad, Enseñanza del Inglés y algo de Psicología, sin embargo no ejerce ninguna de sus carreras porque la vida toma rumbos a veces misteriosos y lleva los últimos 20 años desempeñandose como líder en una transnacional. Se dice que quiere ser escritora publicada, fue poeta y es ávida lectora. Publicó poesía erótica en La Delta de Venus, cortitos poéticos cotidianos en Taquitos de Queso, ambos blogs personales; y una columna en la revista digital Dele Bimba.
Actualmente escribe relatos cortos de temática oscura y de suspenso en Wattpad, y se encuentra trabajando en lo que sería su primer libro, una novela de realismo llena de personajes con personalidades peculiares y un pasado misterioso.