Encapsuló uno de sus recuerdos en un alhajero plateado que guardó en un pequeño espacio de su reloj inteligente. Marcó la fecha y la hora que le regresarían al momento en que todo comenzó… Se zambulló en el agua, mientras su ropa se iba convirtiendo en un traje de buzo. Nadó hasta las profundidades. Vio una ostra gigante en cuyo interior brillaba un aparato electrónico dorado.
Se aproximó aún más. Lo tomó entre sus manos, apretó un botón y aquello se convirtió en una nave equipada con una lupa grande que le mostraba el universo y todos los multiversos existentes. Revisó con minuciosidad aquella especie de mapa virtual, expandió y achicó los elementos hasta que lo vio. Allí estaba el planeta C22, con su color tornasolado, con sus laberínticos paisajes, sus aguas sanadoras y sus volcanes dormidos. Dio clic sobre él y fue trasladado con la rapidez de un rayo.
Se desintegró la materia en cada agujero negro por el que tuvo que pasar; por instantes fue tan sólo energía vagando por el espacio y sus diversas galaxias. Cuando hubo llegado, todo recobró su forma. Salió de la nave. Su ropaje se transformó una vez más. Recorrió un camino y otro y otro. Ahí donde la neblina se hacía más espesa, se internó. El lugar era casi igual a como lo recordaba. Prendió su reloj, extrajo de él el alhajero y de éste su recuerdo. Lo lanzó hacia el cielo. Éste se desplegó en forma de holograma. Lo tocó y entró en él.
La escena del pasado volvía a ser un presente eterno: Miró los ojos de su padre. Éste se aferraba a la orilla de aquella boca de volcán. Quiso ayudarle. Lo agarró del brazo. Jaló hacia arriba. Ya estaba por sacarlo cuando sintió cimbrarse la tierra. El volcán estaba despertando… Su padre se le soltó de las manos.
Comprendió que aún con toda la tecnología, el destino no se podía cambiar.
Ana Bertha Bardales
Ana Bertha Bardales (México). Licenciada en Letras Iberoamericanas (egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana), es escritora, correctora de estilo, lectora en voz alta, poeta y entrevistadora. También es creadora y administradora de «Letras a contraluz», al igual que creadora y tallerista del Relax Literario, un taller de lectura en voz alta y de escritura creativa. Ha realizado entrevistas a distintas personalidades de diversos ámbitos en sus Tertulias Literarias dentro de su página «Letras a contraluz». Ha sido publicada en diversas revistas digitales, como: Gatomadre Magazine (Colectivo Cultural), Revista Aion, Revista Literaria Monolito, Revista Palapronta, Revista Marabunta, Revista Nocturnario y Revista Vómito de Letras, así como en la plataforma para escritores: Donatexter, y en varias Antologías realizadas por el Colectivo Diversidad Literaria (España). En 2022, fue publicada en la Antología
«Tinta maldita» con su cuento de terror «Luna roja».
A su vez, es conductora de una sección llamada «Galaxia Ana Bertha», la cual forma parte del programa El 🌍 según Søjē Polcæm (España).
Colaboró como redactora y correctora de estilo en los dos primeros números de la Revista Antidogma y únicamente como correctora de estilo en los números 3, 4 y 5 de esta misma revista. Trabajó como Responsable de contenido en el área de Subdirección de Estrategia Digital del INBAL (Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura). En 2022 participó en el Slam Virtual de Poesía realizado por el IFAL, obteniendo el tercer lugar en esta modalidad.
armo soliloquios sobre las tripas de un amanecer soterrado
viendo las ínfulas de un adormecido viandante que se cree rey del asfalto,
desde el cielo nubes negras pintan el horizonte
como disparando pájaros que bailan en la noche,
tripas amordazan la boca del mendigo mientras una mascarada de ingrávidos cuerpos vuelan sobre la calle esperanza
cuando el destino ha olvidado a los curiosos impertinentes que agarran tinieblas sin siquiera recoger tempestades.
la mente,
mi mente,
da vueltas sobre sí misma
y dentro,
una maraña de hilos dorados se quiebra como la voz de un humilde y muerto cantaor.
ya no puede rugir el león desde su cueva mal iluminada,
tampoco comerá la carne
ni beberá la sangre de un cristo desmembrado e inútil.
tras caer en el asfalto
veo la vida
como una montaña rusa
y yo en ella solo puedo observar
a la muerte de cerca.
Christian Nieto Tavira
Nacido en Ricote (Murcia, España) en 1998. Es periodista, crítico literario y redactor en diversos medios de comunicación. Tiene publicados los poemarios «Última Bala» (La Fea Burguesía, 2016), «Canto Desgarrado» (Ediciones en Huida, 2018) y «Apuntes para un futuro caos» (Boria Ediciones, 2020). Organiza muchos recitales, siempre benéficos, porque para él la poesía es un arma social.
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Apoyó su cabeza sobre la mesa, le gustaba hacer eso mientras ordenaba las piezas en el tablero de ajedrez, le daba perspectiva y se sentía como en los viejos tiempos, cuando comandaba tropas y la gente le hacía caso. Siempre jugaba con las negras. Una de las ventajas de dejar la cabeza apoyada en la mesa era que evitaba girarla a cada segundo para ver la puerta que había a sus espaldas. En realidad la habitación era sencilla, casi absurdamente sencilla, blanca y fría. Tenía solo dos puertas: una adelante, a espaldas de quien ocupara la silla de las blancas, y otra detrás de la silla de las negras. Sabía a donde iba cada puerta, pero nunca había abierto la que estaba detrás. La puerta de adelante era negra y tenía un grabado dorado en forma de cono con la punta hacia abajo, con divisiones y garabatos en latín. Los detalles del grabado y las referencias se hacían infinitas a medida que alguien intentaba leerlas, los nombres aparecían y desaparecían, se movían para hacer espacio a los nuevos y se tachaban cuando dejaban de tener significado. Esa era la “entrada” y cada un tiempo alguien la atravesaba, caminaba por la sala, y salía sin prestarle atención. Del otro lado estaba el infierno.
La segunda puerta era a la vez más simple y misteriosa. Era completamente blanca y no tenía ningún detalle. Del otro lado estaba el olvido, la nada, todo aquello que representa las más infinitas contradicciones de la mente humana. La nada existía solo durante el instante que la puerta estaba abierta y dejaba de existir cuando se cerraba. Quien la atravesaba no tenía tiempo para caer en la locura porque, una vez dentro, se fundía en lo inexistente.
Deseaba entrar en la puerta más que nada en el mundo. Su espera se había tornado demasiado larga y monótona. No dormía, no comía, solo pensaba. Tampoco necesitaba comer o dormir, realmente no necesitaba nada, solo que pasara el tiempo y que las personas que faltaban entraran por la puerta negra. El problema es que las personas que faltaban eran muy específicas, la puerta se abría constantemente y la gente pasaba por su lado. Llevaba poco más de dos siglos en ese lugar y había visto personas de todas las culturas salir del infierno y entrar al olvido, vestían ropas de distintos momentos históricos y hablaban lenguas vivas y muertas. Una vez vio algo que parecía un cavernícola y que, según le había explicado Pedro, lo era. “Es el que más ha tardado hasta ahora Luisito, no supo cómo funcionaba todo el tema y se demoró de más” había explicado Pedro cuando le preguntó. No había visto nunca a Pedro, solo conocía su voz y las frases cortas que podía decir. Él trabajaba en la parte superior del edificio, que comenzaba en el piso siguiente al suyo. Se llamaban por teléfono, que era el único otro objeto que había en la sala además de la mesa, las sillas y el juego de ajedrez. No necesitaba marcar ningún número porque solo podía comunicarse con el piso superior. Las conversaciones eran cortas porque Pedro tenía demasiado trabajo. Una vez le preguntó cómo era su oficina y se sorprendió por la similitud de la descripción. El piso superior era igual, la única diferencia era que la puerta que estaba frente al escritorio era blanca y la que estaba a espaldas de Pedro era doble, cada hoja estaba hecha de oro macizo y tenía un grabado blanco que mostraba un cono con la punta hacia arriba. El escritorio, a diferencia de su mesa, solo tenía un conjunto de hojas con nombres anotados. Siempre eran las mismas hojas pero con distintos nombres. Pedro tenía un trabajo muy simple, veía entrar gente y tachaba nombres de la lista, nunca había errores, nunca había preguntas y nadie había intentado jamás no anunciarse o negarse a entrar por las puertas.
Su caso era distinto, él no trabajaba en el edificio, solo tenía que ocupar esa mesa y jugar al ajedrez contra un número finito de personas, las había memorizado y se dedicaba a esperarlas. En realidad nunca aprendió los nombres, solo los sabía. Tal vez eso también formaba parte de su tormento. Su castigo era distinto al de los demás. Por un lado, a él no le tocaba estar en el infierno, se lo habían explicado en una carta cuando había entrado, hacía más de doscientos años: “falta de compatibilidad y/o sobrecarga respecto a los pecados existentes”. Nunca lo entendió del todo. La carta desapareció al segundo día y la recordó nuevamente cuando se dio cuenta de cómo funcionaba su castigo.
Las conversaciones con Pedro le habían dado una noción del proceso infernal. Cada persona que entraba recibía una tarea. Cuando la terminaba, podía subir hasta el primer subsuelo (que era donde se encontraba su sala) y atravesar la puerta del olvido. El infierno era terrible y la gente anhelaba el olvido. Nadie sabía muy bien que pasaba, pero todos coincidían en que no podía ser peor que lo anterior. No tenía idea de cómo se veían los pisos inferiores o los superiores a la sala de Pedro, tampoco le interesaba.
Su castigo estaba muy cerca del fin, solo le quedaba una persona: Jean. No sabía cómo se veía ni si tenía apellido, pero tampoco importaba. Solo sabía que cuando entrara en la sala se sentaría frente a él y jugaría una partida de ajedrez. Durante los últimos años había aprendido a jugar bastante bien y conocía varias técnicas. Sin embargo, cuando jugaba contra alguien siempre perdía. No era una cuestión de habilidad, era puro simbolismo. Su listado mental incluía varios cientos de personas. Habían ido descontándose lentamente, algunas veces venían varios en un día y otras pasaban meses sin que nadie nuevo apareciera. Los recordaba a todos, los cientos de Pierres y Jeanes, y las decenas de Antonietas, Maries y Paulettes. Había jugado con cada uno de ellos y con cada uno de ellos había perdido. Para sus rivales era el último paso de un castigo, para él era solo una interrupción a la espera casi infinita que representaba el suyo.
Ese día estaba un poco más ansioso de lo normal. Unas mañanas antes lo había llamado Pedro y le había dicho “Luis, el último está terminando”. Eso significaba que Jean, el último Jean, estaba terminando su castigo y jugaría contra él en los próximos días. Y luego de eso podría levantarse y entrar por la puerta del olvido.
Esos días, desde la llamada, había pensado mucho en el día de su muerte. Recordó la masa de gente a las afueras de su casa, las miles de personas que insultaban y gritaban. No había sido una buena persona y sabía que merecía el final que recibió. No estaba muy seguro con respecto a su esposa, tal vez a ella se lo podrían haber dejado fácil, pero algo le decía que todos los castigos estaban expertamente diseñados. No la vio luego de ese día, tal vez pasó antes que él por alguna de las puertas o siguiera en alguno de los pisos. Tampoco le importaba demasiado. Sus muertes habían sido sangrientas, su último recuerdo en vida era la vista de esa multitud y el sonido de la hoja al caer. Después nada, solo despertar en la sala con la carta en la mano. No sabía cuánto tiempo había pasado desde su muerte ni qué había pasado con el resto del mundo. Cuando recordaba aquella multitud, podía ver claramente los rostros de las personas con las que jugaría al ajedrez en los años siguientes. Lo odiaban y él los entendía.
Se paró para estirar las piernas sin levantar la cabeza de la mesa y se sentó unos segundos después, había escuchado un ruido. La puerta negra se abrió y entro un muchacho de pelo dorado apagado, vestido con pantalones gastados y una camisa blanca con olor a harina. Se sentó frente a él sin decir palabra. Observó sus dieciséis piezas negras antes de comenzar su última partida. Movió cada uno de los peones y de los caballos y los vio caer. Sintió cierto dolor cuando perdió a su reina, pero no duró demasiado. Las piezas desaparecieron una a una del tablero y perdió la partida nuevamente. El muchacho se paró y salió por la puerta del olvido.
Decidió tomarse unos minutos para guardar el juego aunque no hiciese falta hacerlo. No habría otra partida luego de esa. Pensó en despedirse de Pedro pero lo descartó porque generaría un momento incómodo que no alegraría a ninguno de los dos. Se paró y tomó su cabeza. Abrió la puerta y dio un paso. Se desvaneció mientras pensaba: “Finalmente, jaque mate al Rey”.
Nicolás Vargas Rossi
Nicolás Vargas nació en 1993 en la Provincia de Mendoza, Argentina. Es Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador y escritor. Su obra se centra en cuentos y novelas. Los primeros son publicados semanalmente en internet a través de la red social Medium y generalmente poseen temáticas realistas, costumbristas o fantásticas. Las novelas se encuentran sin publicar y varían entre la ciencia ficción y la fantasía.
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La puerta blanca | Juan Diego Gutiérrez
Microrrelato ganador con 117 votos
No sabía por qué estaba caminando en este lugar, solo recuerdo que cuando abrí los ojos se encontraba a la par un sujeto muy sonriente y barbudo dándome la bienvenida.
—Ven, acompáñame, alguien quiere verte —por más extraño que me pareciera, decidí seguirlo, pues generaba confianza.
Las razones y preocupaciones que abundaban en mi cabeza se estaban desvaneciendo, ya daba igual, solamente lo estaba siguiendo. Este lugar era todo blanco y dorado, y la música que se oía mientras caminaba junto al señor era muy… celestial; por una ventana, noté al caminar un jardín bellísimo, me dio un sentimiento de tranquilidad.
Dentro del lugar veía otras puertas, de donde salían personas algo peculiares. La verdad, no sabría cómo describirlas pero, de igual forma que con el señor de prominente barba, me generaron un sentimiento de serenidad.
Dentro del pasillo notaba muchas ventanas, observé cierta cantidad de personas de buen vestir en las afueras del jardín, por lo que concluí que dicho lugar debía ser muy grande. Me pareció extraño, pero vi a alguien que me pareció conocido, pero esto no podría ser cierto porque…
—Ya llegamos, alguien te espera —oí que me decía el señor, provocando que se me fuera el pensamiento. Decido extender el brazo hacia la puerta, soltando una sonrisa, lo que por alguna razón me provocó tranquilidad.
—¿Quién me espera? —le pregunté perpleja ante esa extraña invitación.
—Lo sabrás cuando entres.
No sabía quién se encontraba detrás de esa puerta blanca, pero por alguna razón sentía curiosidad por entrar, solo que cuando pretendí no pude, me empecé a sentir diferente, todo el lugar se revolvía a mi alrededor, volví a ver al señor barbudo, debo reconocer que un poco asustada, empezaba a cerrar los ojos.
—Tranquila, hija mía, vendrás de nuevo cuando estés preparada.
Volví a abrir los ojos, me encontraba postrada en una cama, rodeada de una buena cantidad de doctores, no podía hablar todavía, pero sí me era fácil escucharlos.
—Señorita —dijo el más alto de ellos— soy el doctor Ramírez, debo indicarle que usted sufrió un accidente que la mantuvo muerta por 2 minutos. Para su suerte, logramos estabilizarla, por dicha se encuentra estable.
Aquel día parecía distinto, el aire olía dulce, los pájaros cantaban tristes.
Se preparó como siempre lo hacía, dio un beso a su madre y se marchó hacia la escuela.
En el caminó recordó su vida, pensó en sus familiares, y una última lágrima recorrió su rostro. Este era el punto de no retorno, un oasis de paz entre tanto sufrir… las burlas y el acoso habían destruido su alma.
Cargó su rifle, abrió las puertas del colegio y al fin… les despertó.
Era ella, la mujer más bella. Su piel tan suave como la seda y cabello oscuro como la noche, sus labios de carmín me hicieron soñar con sus besos, con su tacto.
Me miró, y nuestros ojos se encontraron, me sonrió y pude ver entonces su expresión de asombro al observar el puñal en mi mano. Lo intenté, quise perdonarle la vida… pero no pude, era la mujer más bella y tenía que poseerla.
Al pequeño Henry le gustaba caminar por el pueblo y pasó por un viejo parque, de repente escuchó un melodioso canto: Henry, ven a jugar, Henry, ven a jugar.
Henry no veía a nadie en el parque, se sentó en uno de los columpios y empezó a balancearse. Henry se voltea y escucha los demás columpios moverse. No estaba solo, estaba rodeado de muchos niños. Eran los duendes. Henry nunca volvió a casa y su madre aún lo espera en los columpios.
Encerrado en el armario de su habitación el niño escuchaba, se tapaba los oídos, pero de nada servía. Su miedo y ansiedad jamás le dejarían, se sentía solo, triste y rechazado, envuelto entre las sombras, las voces que clamaban por su alma.
—¡O vienes con nosotros o me llevo a nuestro hijo! —dijo la madre, llorando—. ¡Te digo que hay un fantasma en el armario!
El desesperado hombre corría a toda prisa, agitado miraba hacia atrás en busca de aquello que se había llevado a sus amigos. Sus piernas cansadas no podían dar un paso más, el oscuro bosque se le echaba encima. Se secó el sudor de la frente y decidió continuar.
—¡Señor, ayúdame! —exclamó.
Escuchó un sonido agudo, sus tímpanos casi a reventar. Levantó la mirada y pudo ver aquella nave de metal, abrió su compuerta y la luz se lo llevó también.
Abrió los ojos, y lo rodeaba la oscuridad. Respiró aliviado, pues notó que se encontraba acostado. «Una pesadilla» pensó, recordando su fiebre, su dolor, su familia llorando mientras el sacerdote daba las honras fúnebres. Intentó moverse, pero no pudo… aún se encontraba dentro del ataúd.
No veía a sus amigos desde la secundaria y planearon hacer una acampada. Siempre había acampado allí con su familia, le divertía contar historias de miedo alrededor de una hoguera y asustar a algún ingenuo que se uniera. Ya iba a acostarse cuando le llamaron desde afuera de su tienda.
Vio a una niña pequeña, le hacía señas para que la siguiera. Caminaron por el oscuro bosque hasta llegar a un llano escarpado. Al fondo, pudo divisar una osamenta, la niña se había asustado tanto de sus historias que en su ánimo de escapar había quedado perdida entre las sombras.
Era su momento más esperado del día, ponía el agua a calentar para el té y buscaba sus galletas favoritas. Sentada en un extremo de la mesa, parecía estar viviendo una película, mientras unas manos arrugadas la guiaban por recuerdos y memorias antiguas.
Es otra puta mañana en la vida de Harold, otra vez suena pintálo de negro en la radio, y él detesta despertar. Revolea su borcego militar al radiodespertador, y lo calla a la fuerza (voló en mil pedazos).
Es una nueva bella mañana en New York, pero él recuerda como en esta misma fecha, Steve volaba por los aires al pisar esa maldita granada de piso que plantó el Vietcom, en esa aldea en Hanói. Otra vez las remembranzas que alteran su cabeza; Se dirige al baño, moja su cara y espera que todo pasé; pero no! El recuerdo tortura nuevamente su mente.
Toma las pastillas que recetó el doctor Mc Bride; se toma tres comprimidos para anestesiar un poco su dolor. Para olvidar por lo menos por hoy a Vietnam, todos sus horrores; a Hanói y todos sus muertos.
Juan Espinosa
Mi nombre es Juan Paulo Espinosa, escribo desde 1997, estoy en las redes desde el 2012 aproximadamente. Estoy presente en tres redes sociales: en Facebook como El Caminante comunidad, en Wattpad como usuario JPE1918, y por último en Instagram como el_caminante_18 El Caminante de tus sombras. Tanto en Facebook como Instagram tiene contenido de escritos o poemas, y algunos microrrelatos. En Wattpad puede encontrar Cuentos cortos, microrrelatos y algunas poesía eróticas. Por el momento no tengo libro debido a que los costos son sumamente caros e inalcanzables por mi economía del momento. Pero a futuro me gustaría realizar una tira de libros con mis escritos. Mi fuente de inspiración es variable, voy de lo cotidiano a lo social, los microrrelatos dentro de lo que es ficción o a veces en hechos reales.