Encapsuló uno de sus recuerdos en un alhajero plateado que guardó en un pequeño espacio de su reloj inteligente. Marcó la fecha y la hora que le regresarían al momento en que todo comenzó… Se zambulló en el agua, mientras su ropa se iba convirtiendo en un traje de buzo. Nadó hasta las profundidades. Vio una ostra gigante en cuyo interior brillaba un aparato electrónico dorado.
Se aproximó aún más. Lo tomó entre sus manos, apretó un botón y aquello se convirtió en una nave equipada con una lupa grande que le mostraba el universo y todos los multiversos existentes. Revisó con minuciosidad aquella especie de mapa virtual, expandió y achicó los elementos hasta que lo vio. Allí estaba el planeta C22, con su color tornasolado, con sus laberínticos paisajes, sus aguas sanadoras y sus volcanes dormidos. Dio clic sobre él y fue trasladado con la rapidez de un rayo.
Se desintegró la materia en cada agujero negro por el que tuvo que pasar; por instantes fue tan sólo energía vagando por el espacio y sus diversas galaxias. Cuando hubo llegado, todo recobró su forma. Salió de la nave. Su ropaje se transformó una vez más. Recorrió un camino y otro y otro. Ahí donde la neblina se hacía más espesa, se internó. El lugar era casi igual a como lo recordaba. Prendió su reloj, extrajo de él el alhajero y de éste su recuerdo. Lo lanzó hacia el cielo. Éste se desplegó en forma de holograma. Lo tocó y entró en él.
La escena del pasado volvía a ser un presente eterno: Miró los ojos de su padre. Éste se aferraba a la orilla de aquella boca de volcán. Quiso ayudarle. Lo agarró del brazo. Jaló hacia arriba. Ya estaba por sacarlo cuando sintió cimbrarse la tierra. El volcán estaba despertando… Su padre se le soltó de las manos.
Comprendió que aún con toda la tecnología, el destino no se podía cambiar.
Ana Bertha Bardales
Ana Bertha Bardales (México). Licenciada en Letras Iberoamericanas (egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana), es escritora, correctora de estilo, lectora en voz alta, poeta y entrevistadora. También es creadora y administradora de «Letras a contraluz», al igual que creadora y tallerista del Relax Literario, un taller de lectura en voz alta y de escritura creativa. Ha realizado entrevistas a distintas personalidades de diversos ámbitos en sus Tertulias Literarias dentro de su página «Letras a contraluz». Ha sido publicada en diversas revistas digitales, como: Gatomadre Magazine (Colectivo Cultural), Revista Aion, Revista Literaria Monolito, Revista Palapronta, Revista Marabunta, Revista Nocturnario y Revista Vómito de Letras, así como en la plataforma para escritores: Donatexter, y en varias Antologías realizadas por el Colectivo Diversidad Literaria (España). En 2022, fue publicada en la Antología
«Tinta maldita» con su cuento de terror «Luna roja».
A su vez, es conductora de una sección llamada «Galaxia Ana Bertha», la cual forma parte del programa El 🌍 según Søjē Polcæm (España).
Colaboró como redactora y correctora de estilo en los dos primeros números de la Revista Antidogma y únicamente como correctora de estilo en los números 3, 4 y 5 de esta misma revista. Trabajó como Responsable de contenido en el área de Subdirección de Estrategia Digital del INBAL (Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura). En 2022 participó en el Slam Virtual de Poesía realizado por el IFAL, obteniendo el tercer lugar en esta modalidad.
Apoyó su cabeza sobre la mesa, le gustaba hacer eso mientras ordenaba las piezas en el tablero de ajedrez, le daba perspectiva y se sentía como en los viejos tiempos, cuando comandaba tropas y la gente le hacía caso. Siempre jugaba con las negras. Una de las ventajas de dejar la cabeza apoyada en la mesa era que evitaba girarla a cada segundo para ver la puerta que había a sus espaldas. En realidad la habitación era sencilla, casi absurdamente sencilla, blanca y fría. Tenía solo dos puertas: una adelante, a espaldas de quien ocupara la silla de las blancas, y otra detrás de la silla de las negras. Sabía a donde iba cada puerta, pero nunca había abierto la que estaba detrás. La puerta de adelante era negra y tenía un grabado dorado en forma de cono con la punta hacia abajo, con divisiones y garabatos en latín. Los detalles del grabado y las referencias se hacían infinitas a medida que alguien intentaba leerlas, los nombres aparecían y desaparecían, se movían para hacer espacio a los nuevos y se tachaban cuando dejaban de tener significado. Esa era la “entrada” y cada un tiempo alguien la atravesaba, caminaba por la sala, y salía sin prestarle atención. Del otro lado estaba el infierno.
La segunda puerta era a la vez más simple y misteriosa. Era completamente blanca y no tenía ningún detalle. Del otro lado estaba el olvido, la nada, todo aquello que representa las más infinitas contradicciones de la mente humana. La nada existía solo durante el instante que la puerta estaba abierta y dejaba de existir cuando se cerraba. Quien la atravesaba no tenía tiempo para caer en la locura porque, una vez dentro, se fundía en lo inexistente.
Deseaba entrar en la puerta más que nada en el mundo. Su espera se había tornado demasiado larga y monótona. No dormía, no comía, solo pensaba. Tampoco necesitaba comer o dormir, realmente no necesitaba nada, solo que pasara el tiempo y que las personas que faltaban entraran por la puerta negra. El problema es que las personas que faltaban eran muy específicas, la puerta se abría constantemente y la gente pasaba por su lado. Llevaba poco más de dos siglos en ese lugar y había visto personas de todas las culturas salir del infierno y entrar al olvido, vestían ropas de distintos momentos históricos y hablaban lenguas vivas y muertas. Una vez vio algo que parecía un cavernícola y que, según le había explicado Pedro, lo era. “Es el que más ha tardado hasta ahora Luisito, no supo cómo funcionaba todo el tema y se demoró de más” había explicado Pedro cuando le preguntó. No había visto nunca a Pedro, solo conocía su voz y las frases cortas que podía decir. Él trabajaba en la parte superior del edificio, que comenzaba en el piso siguiente al suyo. Se llamaban por teléfono, que era el único otro objeto que había en la sala además de la mesa, las sillas y el juego de ajedrez. No necesitaba marcar ningún número porque solo podía comunicarse con el piso superior. Las conversaciones eran cortas porque Pedro tenía demasiado trabajo. Una vez le preguntó cómo era su oficina y se sorprendió por la similitud de la descripción. El piso superior era igual, la única diferencia era que la puerta que estaba frente al escritorio era blanca y la que estaba a espaldas de Pedro era doble, cada hoja estaba hecha de oro macizo y tenía un grabado blanco que mostraba un cono con la punta hacia arriba. El escritorio, a diferencia de su mesa, solo tenía un conjunto de hojas con nombres anotados. Siempre eran las mismas hojas pero con distintos nombres. Pedro tenía un trabajo muy simple, veía entrar gente y tachaba nombres de la lista, nunca había errores, nunca había preguntas y nadie había intentado jamás no anunciarse o negarse a entrar por las puertas.
Su caso era distinto, él no trabajaba en el edificio, solo tenía que ocupar esa mesa y jugar al ajedrez contra un número finito de personas, las había memorizado y se dedicaba a esperarlas. En realidad nunca aprendió los nombres, solo los sabía. Tal vez eso también formaba parte de su tormento. Su castigo era distinto al de los demás. Por un lado, a él no le tocaba estar en el infierno, se lo habían explicado en una carta cuando había entrado, hacía más de doscientos años: “falta de compatibilidad y/o sobrecarga respecto a los pecados existentes”. Nunca lo entendió del todo. La carta desapareció al segundo día y la recordó nuevamente cuando se dio cuenta de cómo funcionaba su castigo.
Las conversaciones con Pedro le habían dado una noción del proceso infernal. Cada persona que entraba recibía una tarea. Cuando la terminaba, podía subir hasta el primer subsuelo (que era donde se encontraba su sala) y atravesar la puerta del olvido. El infierno era terrible y la gente anhelaba el olvido. Nadie sabía muy bien que pasaba, pero todos coincidían en que no podía ser peor que lo anterior. No tenía idea de cómo se veían los pisos inferiores o los superiores a la sala de Pedro, tampoco le interesaba.
Su castigo estaba muy cerca del fin, solo le quedaba una persona: Jean. No sabía cómo se veía ni si tenía apellido, pero tampoco importaba. Solo sabía que cuando entrara en la sala se sentaría frente a él y jugaría una partida de ajedrez. Durante los últimos años había aprendido a jugar bastante bien y conocía varias técnicas. Sin embargo, cuando jugaba contra alguien siempre perdía. No era una cuestión de habilidad, era puro simbolismo. Su listado mental incluía varios cientos de personas. Habían ido descontándose lentamente, algunas veces venían varios en un día y otras pasaban meses sin que nadie nuevo apareciera. Los recordaba a todos, los cientos de Pierres y Jeanes, y las decenas de Antonietas, Maries y Paulettes. Había jugado con cada uno de ellos y con cada uno de ellos había perdido. Para sus rivales era el último paso de un castigo, para él era solo una interrupción a la espera casi infinita que representaba el suyo.
Ese día estaba un poco más ansioso de lo normal. Unas mañanas antes lo había llamado Pedro y le había dicho “Luis, el último está terminando”. Eso significaba que Jean, el último Jean, estaba terminando su castigo y jugaría contra él en los próximos días. Y luego de eso podría levantarse y entrar por la puerta del olvido.
Esos días, desde la llamada, había pensado mucho en el día de su muerte. Recordó la masa de gente a las afueras de su casa, las miles de personas que insultaban y gritaban. No había sido una buena persona y sabía que merecía el final que recibió. No estaba muy seguro con respecto a su esposa, tal vez a ella se lo podrían haber dejado fácil, pero algo le decía que todos los castigos estaban expertamente diseñados. No la vio luego de ese día, tal vez pasó antes que él por alguna de las puertas o siguiera en alguno de los pisos. Tampoco le importaba demasiado. Sus muertes habían sido sangrientas, su último recuerdo en vida era la vista de esa multitud y el sonido de la hoja al caer. Después nada, solo despertar en la sala con la carta en la mano. No sabía cuánto tiempo había pasado desde su muerte ni qué había pasado con el resto del mundo. Cuando recordaba aquella multitud, podía ver claramente los rostros de las personas con las que jugaría al ajedrez en los años siguientes. Lo odiaban y él los entendía.
Se paró para estirar las piernas sin levantar la cabeza de la mesa y se sentó unos segundos después, había escuchado un ruido. La puerta negra se abrió y entro un muchacho de pelo dorado apagado, vestido con pantalones gastados y una camisa blanca con olor a harina. Se sentó frente a él sin decir palabra. Observó sus dieciséis piezas negras antes de comenzar su última partida. Movió cada uno de los peones y de los caballos y los vio caer. Sintió cierto dolor cuando perdió a su reina, pero no duró demasiado. Las piezas desaparecieron una a una del tablero y perdió la partida nuevamente. El muchacho se paró y salió por la puerta del olvido.
Decidió tomarse unos minutos para guardar el juego aunque no hiciese falta hacerlo. No habría otra partida luego de esa. Pensó en despedirse de Pedro pero lo descartó porque generaría un momento incómodo que no alegraría a ninguno de los dos. Se paró y tomó su cabeza. Abrió la puerta y dio un paso. Se desvaneció mientras pensaba: “Finalmente, jaque mate al Rey”.
Nicolás Vargas Rossi
Nicolás Vargas nació en 1993 en la Provincia de Mendoza, Argentina. Es Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador y escritor. Su obra se centra en cuentos y novelas. Los primeros son publicados semanalmente en internet a través de la red social Medium y generalmente poseen temáticas realistas, costumbristas o fantásticas. Las novelas se encuentran sin publicar y varían entre la ciencia ficción y la fantasía.
¡Ediciones Glasgow te invitamos a seguir a Nicolás en sus redes sociales y enterarte de sus próximas publicaciones!
Para celebrar Halloween escribiendo, Ediciones Glasgow lanzamos por Instagram un Concurso de microrrelatos de terror que duró dos semanas y cerró con mucho éxito el 15 de octubre. Con una dinámica de Ganadores por Likes, escritores independientes participaron con sus historias, y la comunidad lectora les dio su voto.
¡Te invitamos a conocer los microrrelatos ganadores y a seguir a los autores en sus cuentas de Instagram! Además, puedes apoyarlos GRATIS compartiendo el enlace de esta publicación en tus redes sociales y con todas tus amistades que aman leer terror.
¿Cuál es tu favorito? ¡No dudes en decirnos en los Comentarios!
La puerta blanca | Juan Diego Gutiérrez
Microrrelato ganador con 117 votos
No sabía por qué estaba caminando en este lugar, solo recuerdo que cuando abrí los ojos se encontraba a la par un sujeto muy sonriente y barbudo dándome la bienvenida.
—Ven, acompáñame, alguien quiere verte —por más extraño que me pareciera, decidí seguirlo, pues generaba confianza.
Las razones y preocupaciones que abundaban en mi cabeza se estaban desvaneciendo, ya daba igual, solamente lo estaba siguiendo. Este lugar era todo blanco y dorado, y la música que se oía mientras caminaba junto al señor era muy… celestial; por una ventana, noté al caminar un jardín bellísimo, me dio un sentimiento de tranquilidad.
Dentro del lugar veía otras puertas, de donde salían personas algo peculiares. La verdad, no sabría cómo describirlas pero, de igual forma que con el señor de prominente barba, me generaron un sentimiento de serenidad.
Dentro del pasillo notaba muchas ventanas, observé cierta cantidad de personas de buen vestir en las afueras del jardín, por lo que concluí que dicho lugar debía ser muy grande. Me pareció extraño, pero vi a alguien que me pareció conocido, pero esto no podría ser cierto porque…
—Ya llegamos, alguien te espera —oí que me decía el señor, provocando que se me fuera el pensamiento. Decido extender el brazo hacia la puerta, soltando una sonrisa, lo que por alguna razón me provocó tranquilidad.
—¿Quién me espera? —le pregunté perpleja ante esa extraña invitación.
—Lo sabrás cuando entres.
No sabía quién se encontraba detrás de esa puerta blanca, pero por alguna razón sentía curiosidad por entrar, solo que cuando pretendí no pude, me empecé a sentir diferente, todo el lugar se revolvía a mi alrededor, volví a ver al señor barbudo, debo reconocer que un poco asustada, empezaba a cerrar los ojos.
—Tranquila, hija mía, vendrás de nuevo cuando estés preparada.
Volví a abrir los ojos, me encontraba postrada en una cama, rodeada de una buena cantidad de doctores, no podía hablar todavía, pero sí me era fácil escucharlos.
—Señorita —dijo el más alto de ellos— soy el doctor Ramírez, debo indicarle que usted sufrió un accidente que la mantuvo muerta por 2 minutos. Para su suerte, logramos estabilizarla, por dicha se encuentra estable.
Aquel día parecía distinto, el aire olía dulce, los pájaros cantaban tristes.
Se preparó como siempre lo hacía, dio un beso a su madre y se marchó hacia la escuela.
En el caminó recordó su vida, pensó en sus familiares, y una última lágrima recorrió su rostro. Este era el punto de no retorno, un oasis de paz entre tanto sufrir… las burlas y el acoso habían destruido su alma.
Cargó su rifle, abrió las puertas del colegio y al fin… les despertó.
Era ella, la mujer más bella. Su piel tan suave como la seda y cabello oscuro como la noche, sus labios de carmín me hicieron soñar con sus besos, con su tacto.
Me miró, y nuestros ojos se encontraron, me sonrió y pude ver entonces su expresión de asombro al observar el puñal en mi mano. Lo intenté, quise perdonarle la vida… pero no pude, era la mujer más bella y tenía que poseerla.
Al pequeño Henry le gustaba caminar por el pueblo y pasó por un viejo parque, de repente escuchó un melodioso canto: Henry, ven a jugar, Henry, ven a jugar.
Henry no veía a nadie en el parque, se sentó en uno de los columpios y empezó a balancearse. Henry se voltea y escucha los demás columpios moverse. No estaba solo, estaba rodeado de muchos niños. Eran los duendes. Henry nunca volvió a casa y su madre aún lo espera en los columpios.
Encerrado en el armario de su habitación el niño escuchaba, se tapaba los oídos, pero de nada servía. Su miedo y ansiedad jamás le dejarían, se sentía solo, triste y rechazado, envuelto entre las sombras, las voces que clamaban por su alma.
—¡O vienes con nosotros o me llevo a nuestro hijo! —dijo la madre, llorando—. ¡Te digo que hay un fantasma en el armario!
El desesperado hombre corría a toda prisa, agitado miraba hacia atrás en busca de aquello que se había llevado a sus amigos. Sus piernas cansadas no podían dar un paso más, el oscuro bosque se le echaba encima. Se secó el sudor de la frente y decidió continuar.
—¡Señor, ayúdame! —exclamó.
Escuchó un sonido agudo, sus tímpanos casi a reventar. Levantó la mirada y pudo ver aquella nave de metal, abrió su compuerta y la luz se lo llevó también.
Abrió los ojos, y lo rodeaba la oscuridad. Respiró aliviado, pues notó que se encontraba acostado. «Una pesadilla» pensó, recordando su fiebre, su dolor, su familia llorando mientras el sacerdote daba las honras fúnebres. Intentó moverse, pero no pudo… aún se encontraba dentro del ataúd.
No veía a sus amigos desde la secundaria y planearon hacer una acampada. Siempre había acampado allí con su familia, le divertía contar historias de miedo alrededor de una hoguera y asustar a algún ingenuo que se uniera. Ya iba a acostarse cuando le llamaron desde afuera de su tienda.
Vio a una niña pequeña, le hacía señas para que la siguiera. Caminaron por el oscuro bosque hasta llegar a un llano escarpado. Al fondo, pudo divisar una osamenta, la niña se había asustado tanto de sus historias que en su ánimo de escapar había quedado perdida entre las sombras.
Era su momento más esperado del día, ponía el agua a calentar para el té y buscaba sus galletas favoritas. Sentada en un extremo de la mesa, parecía estar viviendo una película, mientras unas manos arrugadas la guiaban por recuerdos y memorias antiguas.
Es otra puta mañana en la vida de Harold, otra vez suena pintálo de negro en la radio, y él detesta despertar. Revolea su borcego militar al radiodespertador, y lo calla a la fuerza (voló en mil pedazos).
Es una nueva bella mañana en New York, pero él recuerda como en esta misma fecha, Steve volaba por los aires al pisar esa maldita granada de piso que plantó el Vietcom, en esa aldea en Hanói. Otra vez las remembranzas que alteran su cabeza; Se dirige al baño, moja su cara y espera que todo pasé; pero no! El recuerdo tortura nuevamente su mente.
Toma las pastillas que recetó el doctor Mc Bride; se toma tres comprimidos para anestesiar un poco su dolor. Para olvidar por lo menos por hoy a Vietnam, todos sus horrores; a Hanói y todos sus muertos.
Juan Espinosa
Mi nombre es Juan Paulo Espinosa, escribo desde 1997, estoy en las redes desde el 2012 aproximadamente. Estoy presente en tres redes sociales: en Facebook como El Caminante comunidad, en Wattpad como usuario JPE1918, y por último en Instagram como el_caminante_18 El Caminante de tus sombras. Tanto en Facebook como Instagram tiene contenido de escritos o poemas, y algunos microrrelatos. En Wattpad puede encontrar Cuentos cortos, microrrelatos y algunas poesía eróticas. Por el momento no tengo libro debido a que los costos son sumamente caros e inalcanzables por mi economía del momento. Pero a futuro me gustaría realizar una tira de libros con mis escritos. Mi fuente de inspiración es variable, voy de lo cotidiano a lo social, los microrrelatos dentro de lo que es ficción o a veces en hechos reales.
Mariano se despertó con el ruido del celular vibrando en la mesa de luz. Había intentado ignorarlo, pero entre las llamadas constantes y el ruido de algo que parecía un helicóptero, no pudo soportar más.
— ¿Qué pasa?
— Mariano hace una hora te estoy llamando.
— Llegué tarde anoche Sofía, ¿qué querés?
— Es la abuela…
— ¿Qué pasó con la abuela? ¿Está bien? ¿Cómo no me llamaste antes?
— ¡Hace una hora te estoy llamando!
— Pero respóndeme nena, ¿qué pasó con la abu?
— Mirá, necesito que te levantes y te prepares unos mates. Sentate en el sillón.
— Dale Sofi…
— Te llamo en quince, hacé eso.
Mariano vio la pantalla de su celular con la llamada finalizada, puso a calentar el agua y se tomó una aspirina para ver si le solucionaba la resaca. A veces un vaso de agua en el desierto no es mucho, pero es algo. Cuando vio que el agua demoraba y su hermana no lo llamaría en unos minutos, marcó el número de su padre.
— Pa, me acaba de llamar Sofi para decirme algo de la abuela, pero no me dijo nada.
— Hablá con ella, yo estoy con cosas, después te explico… o no, que te diga Sofía directamente.
— Pero papá… ¿hola?, ¿me cortaste?
Cuando el agua estuvo a punto, Mariano apagó la hornalla. Pasó el agua a un termo y se sentó en el sillón que estaba enfrente del televisor. Dejó las cosas arriba de la mesa ratona y esperó a que el celular sonara.
— Sofi, ya me hice el mate, explícame por favor.
— Bueno, pero no te vayas a asustar, ¿sí?
— Dale, estoy preocupado, ¿le pasó algo?, ¿voy al hospital?, ¿en cuál está?
— Mariano, primero decime que no te vas a asustar.
— No me voy a asustar.
— ¿Te acordás de cuando se murió el abuelo?
— Sí… no me digás… pero la abuela no fumaba, estaba re bien… ¿qué le paso?
— Dejame terminar si querés saber…
— Es que la hacés re larga.
— Callate por favor, escuchá, la abuela está bien, no está muerta.
— ¿Entonces para qué me decís eso del abuelo?
— Porque es más complejo, ¿te acordás lo que hizo la abuela después de lo del abuelo?
— Se cambió al departamento.
— No, antes de eso.
— Se fue de viaje a México.
— Bueno, sí, el viaje, pero se fue a Colombia.
— Sí, me acuerdo de eso, dale apurate… ¿qué carajo pasó?
— Bueno… es más fácil que lo veas… prendé el televisor.
— ¿El televisor?
— Sí, el televisor… dale.
— Acá está, están dando el partido del torneo.
— Poné el noticiero.
— Ahora… pará qué es eso, es el departamento de la abuela…
— Mariano, ahí te llamo, está la policía en la puerta de la casa… si te llama mamá no le atiendas, está insoportable.
El noticiero mostraba la imagen de un departamento en un piso alto del centro, apenas a unas cuadras de donde vivía Mariano. En la esquina superior derecha, debajo de las cifras que mostraban “14:23” y “22 °C”, se podía leer “En vivo”. La placa inferior decía, en letras mayúsculas y sobre un fondo rojo, “ESTELITA ATRINCHERADA”. Mariano tardó unos segundos en salir de su aturdimiento y prestar atención a la voz de la periodista: “…parece que Estela está atrincherada desde hace varias horas… no quiere salir del departamento y se ha negado a negociar con la policía, además…”.
Mariano silenció el televisor cuando vio que su celular se iluminaba y aparecía una llamada entrante de su madre. Pensó en el consejo de su hermana, pero cualquier dato era mejor que nada.
— Ma…
— Viste que esa vieja era una turra… eso fue un plus de divorciarme de tu padre. No me la tengo que aguantar más… viste que yo decía que tu primo no tenía forma de comprarse ese auto sin andar en una… ahora no estoy tan loca, ¿no?
— Mamá no tengo idea de qué me decís…
— Tu primo te digo, eso de que apareció con ese camionetón de un día para el otro, bueno seguro fue la Estelita.
— Sí eso sí, pero qué es eso de la abuela, me acabo de despertar y…
— Ay nene no me digás que no sabés nada… ves, tu padre no puede hacer ni eso…
— A ver mamá, ahí te llamo que me está llamando mi hermana — Mariano cortó una llamada y atendió la otra.
— Sofi, no entiendo nada…
— Se acaba de ir la policía, se lo llevaron a papá, el tío no aparece…
— Pero qué pasó, nadie me dice nada… ¿Cómo que se llevaron a papá?
— ¿No pusiste el noticiero?
— Sí, pero justo me llamó la mamá…
— Te dije que no le contestaras, está insoportable…
— Pero qué pasó, qué es eso del primo Santi, lo de la camioneta…
— Ah sí, a Santi lo agarraron esta mañana en el taller.
— ¿En qué taller? Si Santi no labura ni a palos…
— Claro, no labura de laburar, pero está con los negocios de la abu.
— Pero la abuela tampoco labura, a ver, tenía la fábrica de pastas, pero ya no… uy pará, ahí cambiaron la placa del noticiero “LA CAPA DE LOS RAVIOLES”. ¿Qué carajo significa eso?, Sofi.
— Nene vos tampoco sumás dos y dos…
— Es que la abuela hace unas pastas increíbles… pero no sé qué tiene que ver eso con…
— Vende droga, Mariano, la abuela vende droga… o sea “ravioles”.
— Nena qué decís, ¿cómo va a vender droga?
— Mariano, no importa eso… necesito saber algo, ¿la abuela te dio algo para firmar hace unas semanas?
— ¿Cómo que no importa? Nena estás diciendo cualquier cosa.
— Para pendejo, callate y responde.
— Es que no tiene sentido…
— La abuela se va todos los años de crucero, se compró un piso completo en pleno centro, me pagó la carrera y me regaló el auto cuando me recibí… No seas salame y respondeme.
— Sí, me dio unos papeles…
— Ay, no me digás que los firmaste…
— No, o sea los iba a firmar pero los quería leer y ella me estaba apurando… me hice medio el gil y me los llevé. Pero pensé que era eso de que me quería como diseñador para la fábrica de pastas, ¿te acordás que me dijo que quería ponerlo en redes sociales y eso?… pero no quiero cobrarle nada a la abu y le dije que se lo hacía gratis…
— Bueno, no, seguro que no era eso… a ver, sí te quería de diseñador, pero esos papeles eran de otra cosa… decime que no firmaste nada…
— No sé ni dónde están, ahí los busco…
— Mirá, Mariano, quemalos directamente, por ahí vos te safás porque nadie te metió nunca en nada…
— Pero pará, ¿vos también?
— Es que no conseguía trabajo y me enteré lo de la abuela porque justo escuché a papá hablando con el tío…
— Pero ¿vas a ir presa?
— No sé, por ahí no… bancame que me está llamando el abogado… no digás nada de lo que te dije.
Mariano se quedó con el celular en la mano y volvió a poner volumen en el televisor. “Miles de ciudadanos reunidos alrededor del departamento de Estelita, la capa de los ravioles. Conectamos con el móvil en la zona”. La pantalla cambió del estudio del noticiero a un periodista que se encontraba en la manifestación. “Nos encontramos entre la multitud de gente que se ha concentrado para pedir por la exoneración de Estelita, vamos a escuchar algunas de las opiniones de las personas que hay acá”. Mariano observaba, incrédulo, como el televisor mostraba a miles de personas en la calle frente al departamento de su abuela. La mayoría eran personas mayores. El periodista pidió su opinión a varios de ellos, ahora estaba entrevistando a un hombre de unos ochenta años: “Cuarenta años trabajé para este país y no tengo un mango, esta mujer es una heroína”, luego de la última palabra dejó escapar una risita celebrando la ironía. Los demás entrevistados seguían esa línea. “Es un modelo a seguir, una empresaria”, “… y qué importa si está mal… noventa y dos años tiene la señora… déjenla en paz”, “pobre señora… quiso hacer algo con el tiempo libre y le fue bien, es una emprendedora…”, “… y ahora le están mandando helicópteros llenos de policías al departamento, pero cuando te afanan en la parada del micro no hay nadie…”.
Mariano apagó el televisor y buscó los papeles, cuando los encontró, debajo de una pila de ropa sin planchar, los leyó. Al parecer, su abuela quería poner a su nombre una parte del negocio, “Los ravioles de la abuela Estela”. El muchacho sacó mentalmente la cuenta del valor que tenía la porción que su abuela le estaba dejando y quemó el papel con los ojos llenos de lágrimas. Con los papeles reducidos a una pila de cenizas, fue a abrir la ventana de su departamento y comprobó que a varias cuadras un helicóptero volaba cerca del edificio donde vivía su abuela. Sintió su celular vibrando en la mesa y atendió.
— Mamá, ¿qué pasa ahora?
— ¿Te contó tu hermana?
— Sí, me contó… pero vos la odias a la abuela desde antes.
— Pero tenía razón entonces…
— Escuchame, ma, qué es eso que me decía Sofi del viaje de la abuela hace como veinte años.
— Ah eso, sí, parece que se hizo amiga de unos narcos cuando fue a Colombia y los tipos le pusieron la plata para la fábrica de pastas si la dejaban usarla como frente para vender…
— Entonces la abuela no hizo nada, o sea, trabajaba para ellos… puede entregarlos y listo…
— Esperá nene, no interrumpás. Tu abuela, cuando vio lo que ganaban esos tipos, cortó relación y se puso una cocina acá… ¿te acordás que tu abuelo tenía el taller?
— Sí, ahí saliendo de la ciudad, en el medio de la nada…
— Claro, estaba mal posicionado para los autos, pero atendía a los camiones cerca de la ruta…
— Sí, ya sé… el Nono siempre estaba tomando mates con ellos…
— Bueno, tu abuela aprovechó, convirtió el subsuelo del taller en cocina y agarró a los amigos camioneros de tu abuelo y los puso a distribuir por todo el país…
— ¿Y el primo Santi?
— Siempre fue un inútil, pero tu abuela necesitaba alguien que pusiera la cara para algunas cuestiones…
— Ahí me está llamando Sofi, ya te llamo…
Mariano cortó la llamada. En realidad, su hermana le había mandado un mensaje de texto, pero sabía que cuando su madre mencionaba a Santiago se dedicaba a insultarlo media hora. Abrió el mensaje de su hermana y leyó “haceme una videollamada desde la compu, creo que me intervinieron la línea”. Cuando el rostro de su hermana apareció en la pantalla, Mariano notó que estaba nerviosa.
— Creo que no safo, Mariano, firmé muchas cosas y no puedo justificar ni la mitad de mis gastos, no me van a creer que no sabía nada. ¿Quemaste lo que te dije?
— Sí Sofi, ¿pero estás segura?
— No te preocupés, estábamos jugando con fuego y nos quemamos… ¿viste esto?
Mariano abrió el link que su hermana había enviado por el chat. Abrió los ojos muy grandes y Sofía dejó escapar una risa.
— Tu cara es impagable Mariano.
— Esto es increíble “#ExonerenAEstelita”. No lo puedo creer…
— Uy, pará, poné la tele ya…
Mariano prendió el televisor, tirándose medio mate hirviendo arriba de la pierna en el proceso.
— Sofía, qué está haciendo la abuela…
— Salió al balcón, parece que está insultando a los policías del helicóptero…
— ¿No tendrá frío con un camisón nada más? Se va a resfriar…
— Claro, eso es lo preocupante en este momento, que se resfríe.
— No, ya sé, pero igual es grande…
— Mariano, mirá lo que tiene en la mano la abuela…
— ¿Qué es? No llego a ver… parece una pera.
— Es una granada, Mariano… no, no, no, no…
— Uy, se la largó al helicóptero.
Por la ventana, Mariano vio como a varias cuadras de distancia se levantaba una columna de humo.
Nicolás Vargas Rossi
Nicolás Vargas nació en 1993 en la Provincia de Mendoza, Argentina. Es Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador y escritor. Su obra se centra en cuentos y novelas. Los primeros son publicados semanalmente en internet a través de la red social Medium y generalmente poseen temáticas realistas, costumbristas o fantásticas. Las novelas se encuentran sin publicar y varían entre la ciencia ficción y la fantasía.
¡Ediciones Glasgow te invitamos a seguir a Nicolás en sus redes sociales y enterarte de sus próximas publicaciones!
Me acerqué lentamente al espejo que permanecía olvidado en aquel rincón de mi habitación, lo despojé de la sábana amarillenta a causa del tiempo que lo cubría, ya no recuerdo la última vez que me vi reflejada en él, ya ni recuerdo quién era la persona de antes…
Me senté en la silla que en su día compré a juego con el espejo y observé detenidamente lo que aún quedaba de mí. Lo primero en lo que me fijé fueron las ojeras acentuadas que mostraban cada una de las noches que llevo sin dormir, mis ojos hinchados, apenas podía apreciar el tono marrón avellana de éstos, ya solo quedaba tristeza en ellos.
Había perdido peso, y eso también me lo mostró aquel espejo, mi pelo enmarañado recogido en algo parecido a un moño, me recordaba al caos que había en mi interior…
¿En qué momento llegué a este punto? De nuevo las lágrimas comenzaron a caer, reconociendo fielmente su camino por mi rostro que tan bien conocían.
Ya no recuerdo cómo era mi rostro antes de que toda esta pesadilla comenzará, sé que sonreía y que disfrutaba de todo aquello que el mundo estaba dispuesto a ofrecerme, pero llegó el día en el que perdí todo. Desde entonces, mi vida se basa en una lucha incansable contra mí misma y mi mente. Sintiendo, cada día que pasa, que cada vez estoy más cansada, agotada, sin fuerzas…
Volví a tapar aquel espejo, esa no era yo. No me reconocía, pero yo misma he permitido que mi esencia se disipara.
Solo yo…
Nadie más…
Cristina Martínez Vázquez
Escritora novel nacida en Madrid, 1987. Una vez finalizados sus estudios de Bachillerato de Ciencias Sociales y Humanidades, encaminó su carrera hacía el sector sanitario. Apasionada de la lectura y escritura desde pequeña, nunca dejó de luchar por alcanzar su sueño.
En marzo de 2022, salió a la luz su primera novela “En busca de la felicidad”.
En abril de 2023, publica su primer cuento infantil “Gabriela quiere hacerse mayor”.
En septiembre de 2022, colabora en el libro “Antología de relatos y poemas” de la autora Elena Cardenal.
¡Ediciones Glasgow te invitamos a seguir a Cristina en sus redes sociales y enterarte de sus próximas publicaciones!