por edicionesglasgow | Oct 3, 2024 | Relatos
Mariposa que tejes tu telaraña de lustrosas lentejuelas; derramas lágrimas de Do-MI-La-Sol por causa de esos recién decapitados, esos con cabeza de botones de apesumbradas serpentinas.
A-E-I-O-U
Persisten en sus entrañas, de juguetes de madera, en mis recuerdos; ellos son algodón de azúcar mentolada. Rigor mortis de mis vendadas muñecas. Un abecedario destinado a los ciegos; mis ojos de vidrio, que vislumbran lo invisible y canicas con pasteles marmoleados, te desean un amistoso domingo; pan de firmeza cebada y vino de prudente cereza.
A-E-I-O-U
La serigrafía de estos angelados arcoiris; en tus cosmos de risotadas cadavericas, parten desde el vidente de tus ombligos hacia tus testas desgarradas, con espinas de notas musicales, con peines de pescados.
A-E-I-O-U
La majestad del círculos cardinales de tu lecho, tres tristes tigres mutilados, son noticias en períodicos de otroras refulgentes pasadas vidas y asfaltadas entrevías.
A-E-I-O-U
Soñadora es señal de las avenidas de tus escombros; de velas aromáticas; un roñoso silvano espectro de verbo acusativo. Poseo a las articulaciones sencillas de tus congéneres. Presente, pasado y futuro: en un conjunto de DO-Re-MI-Fa-Sol.
A-E-I-O-U
Un cifrado mensaje escrito en el cristal de una botella de coloridos génesis; de coreolis y sal de mar, de perfilado marfil y ebános sonrojados por las ácidas lluvias. Esas que rompen y recomponen a tu jaula interna; tus ahuesados principescos.
A-E-I-O-U
Quiénes te buscan, encuentran un destino pintoresco.
Bodas de Oro.
Quiénes te buscan, encuentran un destino pintoresco.
Lirios de Plata.
Quiénes te buscan, encuentran un destino pintoresco.
Candelabros de Bronce.
Quiénes te buscan, encuentran un destino pintoresco.
Colmena de Cobre.
Quiénes te buscan, encuentran un destino pintoresco.
Sillones de Acero.
A-E-I-O-U
DO-re-La-SOL
MI-Fa-RE-RE-Si.
FA-fa.
LA-Si-RE-LA.
DO-MI-DO.
Re-Re.
Vuelo de Papagayo.
Trompos de Golondrinas.
Piel de Cordero.
DO.
Re.
Mi
FA.
Sol.
LA.
Mi.
Re.
do.
A-E-I-O-U
Te invitamos a leer más textos de la autora aquí, en el Blog Colaborativo:
Monólogo de hambre
Melodías para Desconocidos y Puertas Dormidas
Pimientas de Niebla; Delfines de Plata
Vanessa Sosa
Mérida, Venezuela (1986). Historiadora del Arte (2018) egresada de la Universidad de Los Andes. Actualmente, ejerce como Bibliotecaria en una institución. Es una escritora que se considera aprendiz y también autodidacta. Inició en el mundo de la escritura en el año de 2018 con pocos microcuentos y microrrelatos, que transformó después, en relatos más extensos. Se especializa en el género fantástico porque es el que más escribe, sin embargo, considera que hay mucho por mejorar.
¡Ediciones Glasgow te invitamos a seguir a Vanessa en sus redes sociales y enterarte de sus próximas publicaciones!
por edicionesglasgow | Oct 3, 2024 | Relatos
Mi mano endiosada sesga la primera línea de la voz, voz que en decoro insta a los ciervos de céramica a pastar en esta primavera que ríe, que se asusta tan sólo al encontrarme frente a los monarcas vestidos de astros con su piel de asno comandada por lustrosos lirios y vírgenes acuarelas; un golpeteo escuda las cuchillas de mis ojos azules y grises. Heterocromia de universales sollozos. Entre tus brazos, noto un renacido lienzo que pinta solitario su propia historia. Entreveo la remembranza de los oseznos que pastan en el entremedio de la mansión que te custodia. Los espectros que se estremecen con la burla de tu presencia.
Juegan con agudos maromas, sus preseas de rocío bañan con husos horarios el centro de mis guirnaldas de piedra; ¿qué es un sinónimo de capullo sino es una flor de tomate de árbol? Un río de mensajes revienta las entrañas repletas de pasteles de carnes y verduras arropadas por tus dedos.
Trino en ultramar, y, respondes desde la lejanía con una canción que no es canción sino magma de juguetes con sabores a pimienta y atardeceres diurnos. Jazmín e Hibiscos plurales, emerguen desde mis uñas depuestas de revés.
Mis denarios de aborígenes labrados con muñecos de construcciones etéreas, pernoctan en el rito del alba que me impulsan a parir una idea plateada, libros de violáceos abismos; cicatrices de carmín de desangelado oro en mis arquitecturas fantasiosas.
Los ejes de mis cabezas duelen, los cuatro puntos cardinales gobiernan mis principios y mis fines. Turnos regentes troceados al cantar rosados poemas tejidos; cubos de tela con los que edifico oraciones de agraciadas novenas.
Quisiera ser un pájaro para sanar las heridas con aroma a dolores solariegos, que entablan el zigzagueo de tus colas, el zigzagueo de tus colas. Una, dos, nueces veces nueve. Un pergamino halado convida la historia interminable de mi familia, esa con aroma a salvaje a decorosa rosa. Esa rosa con pétalos virgenes que nos llama cada día desde un planeta árbol vivo. Una luna de hueso, un vestido, un vestido, un vestido de significados de primigenias cejas.
Soy.
Soy.
Soy.
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Vida por Vida
Monólogo de hambre
Melodías para Desconocidos y Puertas Dormidas
Vanessa Sosa
Mérida, Venezuela (1986). Historiadora del Arte (2018) egresada de la Universidad de Los Andes. Actualmente, ejerce como Bibliotecaria en una institución. Es una escritora que se considera aprendiz y también autodidacta. Inició en el mundo de la escritura en el año de 2018 con pocos microcuentos y microrrelatos, que transformó después, en relatos más extensos. Se especializa en el género fantástico porque es el que más escribe, sin embargo, considera que hay mucho por mejorar.
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por edicionesglasgow | Oct 3, 2024 | Relatos
«Esta rosa del desierto llama a la lluvia. Quien venera su presencia, acude como un condenado a sus melodías. Cada uno de los pasos que lo acercan a mí es una llamada de paraísos primigenios pese a que desconozco si lograré encontrarlo entre mis brazos para siempre. Aún perdura su estampa en este corazón que arrastra todas mis ilusiones. Mis huellas a ópera silente; porque no hay espíritu que lo pueda invocar y traerlo hasta mí».
Sus palabras susurran delineados a sol de invierno y nieve de verano. La habitación produce que su corazón latiera y lagrimeara, sin derramar una lágrima alguna. Reparte una caricia entre los barrotes; la jaula no está oxidada pero reposa en matiz bronce. Ahí perduran sus memorias. El cofre en que las ha sepultado resuena música. Melodías que silban una La crecida, que delinean un Re escrito con hilares de lana. Las Mi que hechizan los dedos que tocan sus hoscos rostros; esos revestidos con vidrioso orégano y laureles circunspectos. Delimita una forma de prestarle los ojos de sus manos. Vislumbra las alineaciones de los astros que pecan de inocentes.
El abrigo de sus rezos calma los sollozos del genuino imberbe con aroma a condenado; él matiza la arena con la que le calienta los pies. El orgullo de sus crímenes, signos de bosques y triadas de metal, esos que esgrimen una venía a sus denarios de dientes de leche y huesos de cimitarras; pigmentados con tinta indeleble para siempre en un pozo de ríos de paraísos sin final.
Él presta a callar sus sentires; él imprime sus huellas dactilares en un esbozo que musita un esgrimido de hazañas y recodos de piedras en el centro de su vesícula. Tiene hambre y viste de espejismos y cayenas. Ofrece café de uvas; pastel de zanahorias y ciruelas pasas que pastan con el rencor de las palabras mudas que se elevan, se elevan, se elevan con el futuro de los céfiros y el humo de adviento que hace el Amor con sus delicadas promesas.
Él abre la jaula. No persiste el juicio que lo condenó a vagar en la realidad sin siquiera moverse. Sus dedos se mueven, tejen un lagrimeo de lilas y árboles de lima. Las naranjas que crecen en su interior, que pare de vez en vez, de vez en vez, de vez en vez retienen los rostros infantiles de sus vástagos. Edifican pilares, consciencia con aroma a popurrí. Seda de huesos de besos. Desde el secuestro escriben una historia interminable; venenos y antídotos han trinado y sesgado a sus dominios; derrite a la razón de sus suspiros. Retira la sentencia en las nocturnas haladas que pregonan juntos; cada vez que abren las alas. Cada vez que fotografía su anatomía y la borda en el centro de su ombligo.
Cada tanto que cuenta el tiempo que anda y, con anhelantes rezos, describe a la fantasía justo a su sangre y altares. A él acude cada vez que se equivoca en las lecciones. A él confiesa sus dolencias; la magia punza y retiene lo poco de cordura que les queda. Comparten el lecho de plumas y piojos de ganso. Sobre ellos crecen flores cristalinas; la fiereza de sus voces al llamarse sin palabras hiere a sus engaños. Jamás se abandonarán el uno al otro, el otro al uno, el uno al dos.
Ambos son prisioneros y verdugos de su Amor, melodía decorosa que viste a la tumba de sus hilos rojos del Destino y muñecas con aroma a Sol. El otoño crece entre sus ramas: un firmamento anhelante de sal de mar. Un sueño que repite su ciclo de principio a fin con vestigios de cisnes y cigüeñas hechas de tejidos de papel. Hiela una brizna y recita la buena nueva de su historia en estos aquí y estos ahora.
Amor y dolor. Duermen y sueñan con ellos mismos; sueños de dulces cunas. Se anhelan, se quieren, con etéreo valor. Se anhelan, se quieren, con etéreo valor. Se anhelan, se quieren, con etéreo valor. Un lamento de sus ecos alcanza a rasgar el silencio que escuda sus penas que aguardan ante como monolitos colgantes de pies descalzos; ellos se abrazan, aún en la distancia. Ellos hacen el Amor siempre entre desnudadas pérdidas y reencuentros de crueldades magnánimas, tan sólo son dos soñadores radicales que se anhelan; tan sólo el firmamento y el mar que se llaman entre los bordes del tiempo. Están ahí, y se desmoronan, similares a un leve susurro; a un encanto. Un sagrado sueño que los unifica y en el que se buscan sin siquiera conocer sus nombres verdaderos.
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El heredero y el hijo
Vida por vida
Monólogo de hambre
Vanessa Sosa
Mérida, Venezuela (1986). Historiadora del Arte (2018) egresada de la Universidad de Los Andes. Actualmente, ejerce como Bibliotecaria en una institución. Es una escritora que se considera aprendiz y también autodidacta. Inició en el mundo de la escritura en el año de 2018 con pocos microcuentos y microrrelatos, que transformó después, en relatos más extensos. Se especializa en el género fantástico porque es el que más escribe, sin embargo, considera que hay mucho por mejorar.
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por edicionesglasgow | Sep 11, 2024 | Relatos
En esta celda en la que repaso tus huesos, tu carne astada, una rueca hila mis sentencias y cascadas. De benevolentes pieles de estrellas.
El gusano jugó conmigo una carantoña etérea, con ella hendí mi propio abismo, urdí un grimorio y te vi, sin una de tus cabezas depuestas.
La bala atraviesa su piel en el perfil del escamado corazón. La bala entona una balada de ídolos taciturnos.
Sumisa perla en la que pasto tus mejillas, dosificados pensares, medicinas endulzadas con hiel de menta, veneno para las hadas; colgada su piel desde la cintura de verídicos poemas.
Un Sumidero invoca mi nombre; no puedo derrotarlo a la distancia. La caja de música en la que reposo y bailo, envuelve la morada de la pulga a la que sirvo.
Tú, en cambio, bailarina de papel de seda, fosforecencia con aroma a incienso y lustrillo, susurras lo mucho que te amo. Entonces vislumbro tus ojos de botones de esmeraldas, y, con impulso férreo, recito polen y gamuza ante tus manos; produzco la tersura de tus rostros.
El hambre, la sangre que pulsa dormida en mis venas, me insta a parlar con soliloquios pues en mis más excelsos sueños de suelos de cantos rodados, sueño con abrirte como una flor.
Y devorarte.
Vanessa Sosa
Mérida, Venezuela (1986). Historiadora del Arte (2018) egresada de la Universidad de Los Andes. Actualmente, ejerce como Bibliotecaria en una institución. Es una escritora que se considera aprendiz y también autodidacta. Inició en el mundo de la escritura en el año de 2018 con pocos microcuentos y microrrelatos, que transformó después, en relatos más extensos. Se especializa en el género fantástico porque es el que más escribe, sin embargo, considera que hay mucho por mejorar.
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por edicionesglasgow | Sep 10, 2024 | Relatos
Fidel Preto camina hacia el cadalso. Encadenado de pies y manos, da pasos cortos debido a la estrechez que hay en la separación de sus piernas. Va escoltado por seis guardias y un sacerdote, quienes llevan el ritmo de una procesión. Solo se escucha en el recinto sepulcral de ejecuciones, los pasos arrastrados del condenado y el sonido de las cadenas que lo sujetan.
El traje de color naranja que lleva, se ve pulcro y planchado. Su cara recién afeitada luce serena y parece no sentir ningún temor ni remordimiento.
Al subir a la plataforma, el verdugo vestido de negro con una máscara del mismo color, lo agarra de un brazo para ubicarlo en el centro del lugar.
El sacerdote con la biblia en la mano se acerca, lee el versículo Isaías 41:10, reza un Padre Nuestro y un Ave María. Al concluir, moja su pulgar con el aceite que lleva en un frasco pequeño para frotarlo sobre la frente del condenado.
Fidel al sentir el líquido aceitoso en la frente, cambia la expresión de su rostro, comienza a sudar a chorros y sus piernas flaquean. En ese instante, los rostros con expresiones de terror de las 53 mujeres que había asesinado giran a su alrededor. Una dosis de remordimiento proveniente de una nube negra, penetra como un rayo en su cabeza para apoderarse de él. Una buchada del mejor desayuno que había ingerido en su vida se incrusta en su garganta, impidiéndo el paso de aire hacia los pulmones.
Su cara toma un color violeta, sus ojos enrojecidos salen de sus órbitas y por la asfixia que sufre, dobla su torso para caer al piso convulsionando, al tratar de expulsar lo que le impide respirar. No hubo tiempo, para que el hombre de negro cubriera con una capucha ciega la cabeza de Fidel, enlazara su cuello con la soga anudada, abriera a la hora establecida la compuerta sobre la que lo paró, y así, causar su muerte por ahorcamiento al caer de manera brusca al vacío.
Acostado en el piso del cadalso, el médico que debía certificar su muerte se le acerca para examinarlo. Toca su yugular para medir el pulso. No hubo respuesta, el corazón había dejado de latir.
El condenado no murió ahorcado, murió ahogado por la venganza de las 53 almas que vinieron desde el más allá para reclamar su muerte, sin que ninguno de los presentes lo notara.
Oscar Sanguinetti
Oscar Sanguinetti (1962). Barinas, Venezuela. Egresado de un Instituto Universitario de Tecnología. Escritor autodidacta, que descubrió su interés por las letras en 2009, cuando se acercaba la hora de retirarse del ejercicio profesional. Comenzó escribiendo cuentos cortos. Luego escribió su primera novela, y una segunda obra donde relata a manera de ficción todo lo que experimentó en su última experiencia laboral. Hoy día, es miembro del foro chat de Corrección Perpetuum escuela de escritores de Caracas. Todavía se considera un aprendiz de escritor.
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