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Poema del autor Christian Nieto Tavira | Manicomio. 2a Planta

Qué importará que los pies del loco sean blancos como el almidón
si él ya no teme a la muerte
como sí hicieron sus antepasados,
me digo mientras le observo caminar descalzo,
arrastrando los pies por el pasillo del manicomio.
Sus ojos parecen tristes,
todo lo tristes que pueden ser los ojos de quien ya lo ha perdido todo y no le queda nada.
Ni siquiera la cordura.
Aquí me siento como un mero retratista de un paisaje de naturalezas muertas,
un pintor de los sueños rotos de otros,
el que intenta coger un enjambre con sus manos
sin temer al dolor del aguijón
ni al veneno que recorrerá su sangre.
El loco me mira y yo levanto los ojos de mi cuaderno,
hace una mueca con sus dientes amarillos,
estragos del tabaco.
La sonrisa del loco es como una calma que precede a la tormenta.

Christian Nieto Tavira Escritor

Christian Nieto Tavira

Nacido en Ricote (Murcia, España) en 1998. Es periodista, crítico literario y redactor en diversos medios de comunicación. Tiene publicados los poemarios «Última Bala» (La Fea Burguesía, 2016), «Canto Desgarrado» (Ediciones en Huida, 2018) y «Apuntes para un futuro caos» (Boria Ediciones, 2020). Organiza muchos recitales, siempre benéficos, porque para él la poesía es un arma social.

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Relato del autor José Miguel Rincón Benítez | La Ráksasa

En los engendros persuasivos de la pasión, la cordura pierde su voz ante el desenfreno inmisericorde de la insatisfacción, emprendiendo deleznables y aberrantes acciones, donde la sombra del deseo hace mella en el fauto amor y, por ende, transforma al hombre más ingenuo y dadivoso en el
recipiente expiatorio de dantescos holocaustos.

Mi adoración por mi amada Amapurna nunca será saldada con las incalculables ofrendas e insuficientes dotes que cualquier miserable mortal pudiese costear en el agotador suplicio de sus laboriosas manos. Su muerte, acaecida ante el inclemente paso de un brote de cólera, dejó una fosa profunda en mi alma, y a pesar de mis paupérrimos ingresos y la precaria y aborrecida condición de no-tocable con la cual giraré mi infortunada existencia, mis deudores acordaron correr con los preparativos para llevar la preciada mortaja de mi Amapurna a los escaldados peldaños para su posterior cremación.

Escaso decir la razón perdió en mí el alba de su propósito. Mis abluciones ceremoniales y las incumplidas promesas de mis amadas divinidades enajenaron el derecho de mi felicidad. Amapurna ya no estaba.

Ningún sendero me llevaría a volver a sentir su aroma a duraznos recién cosechados, su voluptuoso y azabache cuerpo ya no estará recostado en nuestro lecho nupcial, aún fragante con el ordeño vespertino de nuestros raquíticos bueyes, ni sentiré sus enriquecidos labios almizclados de jenjibre añejado y miel tostada. Vagué… porque mi vida ya estaba muerta sin ella. Y la noche me depredaría a costa de mi dolor.

La tiniebla era espesa, y la fetidez imperante de todos los difuntos no causó ningun atavío a mi solitario y enlutado peregrinaje en el inmenso follaje de la agitada selva. Los troncos se erguían siniestros como titánicas columnas, donde los macacos maullaban frenéticos con mi atolondrada presencia, y sus ojos como ascuas seguían vigilantes el derrotero de mi fúnebre perdición. El río corría infalible con la complicidad sombría de aves rapaces, a lo lejos varias piras humeantes e improvisadas chozas se dispersaban en la larga desembocadura del caudal. Mientras mis pasos se adentraban entre los espesos helechos de envueltos anatemas, divisé entre la concavidad de unas retorcidas palmeras que daban la impresión de formar un umbral, envueltas con tiras carmesí y envilecidas con los despojos de osamentas, estaba en presencia de un escuálido Sadhú quien venía inhalando un chílam con humeante Kush mientras yacía recostado en la piel desollada de un envejecido tigre. Indiferente a su presencia, no tenía ningún aditivo para aborrecer su repudiable condición: soy igual de repudiable como el estiercol. Mi amada Amapurna era la única rosa que adoraba, y la pira consumió sin miramientos su belleza. Y repentinamente, el excéntrico Sadhú profirió una desvencijada carcajada, sacándome de mi lagrimeante mutismo e inflamando mi herido orgullo:

—¡¿Qué gracía te causa mi pesar, despreciable animal?!
—Aquella que todavía puedes abrazar sin miramientos.
—¿Qué es lo que quieres? No tengo tiempo para tus sandeces.
—Querrás decir “qué es lo que realmente quiero”, mi apesumbrado viudo. No todos los enajenados de su mujer por designio de los dioses llevan sus mortajas invisibles a este basurero de naturaleza despreciable. Y veo que las cenizas de tu amada aún carcomen vuestro corazón con el vívido recuerdo de sus nupcias.
—No te atrevas a blasfemar sobre mi preciada mujer con tus acertijos de santo sucio. ¿Quieres rupias?, ¡helas aquí!, estas míseras dádivas no saldarán mi porvenir ni tu labor de pedigüeño.
—¿Qué tal si te dijera que puedo hacer que tu amada Amapurna vuelva a consumar su eterno amor contigo?

Mi fuero interno osó forzar al Sadhú a una clara explicación de cómo sabía su nombre: mi sangre hervía de estrepitosa furia ante su insolente revelación, y el repulsivo ermitaño, con un dejo de malevolencia bendita, profirió su ensalmada propuesta:

—No deseo nada a cambio de lo que puedo concederte, mi caridad no obedece a enmendar mis pecados, sino que es un ofrecimiento para que tu sufrimiento cese, y el amor de tu amada vuelva a saciarse por entero.
—¡Esto es una burla!
—Si nos llaman come-muertos las lenguas malhabidas, ¡imagina qué otras cosas nos llamarán ante lo que voy a hacer por usted, enlutado esposo!
—Habla… ¿qué hay que hacer para acabar con tu jugarreta?
—Usa la calavera de tu amada como cuenca para recoger lo que quedó de sus cenizas. Tráela, y verás que incluso los dioses no interpondrán ningún reproche para que vuelvas a abrazar a tu mujer.

Atolondrado por su petición, mi solo propósito de volver a retozar en los brazos de mi amada Amapurna avivó la flama de mi ímpetu. Cometí la execrable tarea como me lo pidió el excéntrico Sadhú, con el acongojado sufrimiento de que atentaría contra la ley de los dioses, pero eso no importaba ahora. Solo quería volver a besar y abrazar a mi amada Amapurna. El Sadhú, difumando su fantasmagórica oración a aquel cuyo poderío ponía a la muerte a su merced, se limitó a amasar su oficio de hacedor siniestro. La fragancia de Kush y difunta putrefacción ambientaban el ensalmado ritual de nigromancía. Y al terminar, mi corazón latía de furia al no ver a mi amada en carne y hueso, ante lo cual el maldito santo exclamó:

—Si te preguntas por qué tu mujer no apareció aquí, es porque ella te espera en tu humilde choza, aguardando el lecho para tu recibimiento.
—Espero que no sea una burla, porque si no, volveré a despojarte de tus ojos con mis propias manos.
—No será necesario, tu amada Amapurna ansía saciarse de tu amor.

Corrí como una fiera salvaje, atravesando la execrable jungla, mi corazón batía para llegar pronto a mi hogar. ¿Me habrá timado ese engendro de asceta? ¡Las luces de mi choza estaban encendidas, no puede ser! ¡¡Amapurna… Amapurna… estaba ahí… con vida!!

—Mi amado, ¿dónde estabas?, te ansiaba tanto. No puedo vivir sin tí.

Estaba más bella que nunca, y anonadado con su belleza, me entregué en su regazo llorando de alegría y frenesí. Ella me estaba acariciando sin cesar, su cuerpo emanaba los perfumes de nuestra entrega. Era mía nuevamente. Sus ojos tiernos y negros como la noche me estrujaban el alma por su amor.

—Mi amado esposo, no quiero que me dejes de nuevo.
—Jamás, mi preciosa Amapurna, jamás me apartaré de tí.

Me abrazó con una fuerza descomunal, y de sus satinadas manos afloraron las filosas zarpas de una pantera hambrienta… Mi cuerpo estaba siendo desgarrado y mancillado en frenético clímax.

No me importó, sus últimos besos arrancaron los despojos de mi degollado cuello, y la sangre brotó como una fuente inagotable de tendones y vísceras desperdigadas. Verla digerir mis entrañas me llevó al paroxismo del Nirvana, porque mi amada Amapurna renació de sus cenizas por obra y gracia de mi sacrilegio, y volvió como una lujuriosa demonio para inmolarse en mi carne.

Y nuestro humilde hogar ardió furiosamente, en el silencio demencial de la noche.

José Miguel Rincón Benitez
3 de Marzo de 2022

José Miguel Rincón Benítez

Cuyo seudónimo es «José de Noche», nace en la ciudad de Maracaibo, Venezuela, 1984. Un día jueves 15 de Noviembre. Es Ingeniero de Sistemas del Instituto Universitario Politécnico Santiago Mariño y fue docente enlace universitario del Colegio Universitario de Caracas y la Universidad Autónoma Rafael María Baralt.

Fue miembro del Círculo Literario de Cabimas, adscrito a la Asociación de Escritores del Estado Zulia (2004), invitado en diversas tertulias poéticas en la Asociación Casa de la Poesía, y actualmente es miembro titular honorífico del Centro de Escritores Zulianos desde el 2021, siendo partícipe de múltiples actividades de índole poética.

José ha participado en diversas publicaciones y antologías poéticas, entre ellas Esfigie de Tinta (2005), siendo su participación debut en conjunto con los escritores del Círculo Literario de Cabimas, Antología Casa de la Poesía (2010), Revista Literaria la Noche de las Letras – 2da Edición (2011), y Santuario Nocturno – Memorias del Nocturno Dolor (2012).

A su vez posee algunas obras de poesía de carácter inéditas, siendo estas: «Trigémino con Moccacino», «Velos de mi Mar, Sombra de mi Luna», y un poemario sin título.

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Revista Literaria y Poética La noche de las Letras

Poema de la autora Natalia Aramburu

Alguien
me dijo que hablo con mi reflejo
en mi espejo escribo mi poema,
Dejo plasmado en letras
así se convierte en tema.
Mis versos se abren para mi otro yo,
Este me mira con atención,
en el papel me veo tal cual soy,
Sin ninguna clase de corrección.
Mis pensamientos, mis sueños, mi dolor,
Mis miedos, mis alegrías, mi pasión,
Cuando escribo, se hace mi conexión.

Natalia Aramburu

Escritora argentina en Trelew, Chubut. Me considero receptiva, me gusta escuchar a las personas y ayudar en lo que esté a mi alcance. Amo leer, me adapto a las situaciones y soy frontal. Prefiero siempre decir lo que pienso.

Aspiro a que la gente se sienta identificada con mis poemas, que comprenda los mensajes que doy en ellos y que entiendan que, si yo pude, ellos también pueden.

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Relato del autor Joan Manuel Valbuena | La suma de tus miedos

El miedo ha huido desde la vergonzosa y desesperanzadora oportunidad de sentirse amado. Su ilusión ha sido negada y abnegada por que ha sido el más desentendido del mundo mundial. El miedo no nació en las pléyades, no llegó con los anunnakis o con el hoyo negro del caos en el universo, no llegó con la mano de Dios o los mitos griegos; el miedo no se formó en un cubo infinito, no nació, se reprodujo y murió, no, el miedo no llegó en el meteoro que destruyó a los dinosaurios, no lo mandaron de Narnia o lo exiliaron de Asgard.

No, no señores ni señoritas, el miedo solo está ahí en medio de lo eterno y lo invisible, entre la muerte y su hoz, entre Afrodita y sus caderas se coló, entre la esfera de la tierra, si esta es redonda o plana, o si solo está en el cosmos. Pero NO, no lo trajeron los elfos mágicos o los nomos o hadas, no lo inventaron los hobbits o enanos, no lo crearon los primeros humanos o seres de luz, no lo consagraron los halados o los negados…

NO, señores ni señoras, no, niños o niñas, el miedo es una conformación mágica del desasosiego del fuego y las cenizas de quien ya no está, el miedo existe en la realidad en el microsegundo que se dualiza sin pena ni gloria, y aun cuando lo juzgan y lo hieren, sin saber por qué o cómo, lo asesinan y lo frustran, lo desvalijan y condenan repetidamente en cada siglo, en cada época fue exiliado como en el oscurantismo, aun con el Renacimiento, no tuvo paz. Lo bailan en los tabúes de los que sueñan despiertos y lo atañen al siniestro momento de la verdad del ser. Lo crucifican mil veces más que al buen Jesús, y late fuerte como Hitler en su moralidad.

La verdad no los hará libres, porque el mundo teme al miedo y a su antónimo, la bondad; aquella que se posa y mofa del ser, del humanismo poseído por creencias condicionadas por los antecesores del conductismo o la prosa negra que sangra petróleo y finge ante el humor. El miedo suma instantes que ruegan silencios, que frenan el hambre de quien conquista y de quien muere respirando desordenadamente. El miedo es de quien se ahoga en su saliva de ego fino y entre orgullo y culpa fingida solo infringe un teatro desmenuzado por su victimismo.

El miedo ha conectado por aires de sombras que se bañan de marineros y sirenas, un combo que se estrella en los pinches tiranos que asechan los egos de los más poderosos y desafiantes borrachos de miel y flor picante. El miedo erupciona entre sombras de vampiros albinos, y monjas en rojo telón. Su impresión no es de gordo o delgado, de fea o bella, de hombre o mujer, no es hetero, homo, bi, pan, asexual o gay, no es rojo, negro, blanco o miel, carbón, jazmín, cobalto o alelí, no es de oro, plata, esmeralda, rubí o zafiro, solo es precioso, y aunque asusta, les diré que solo teme y huye como presa ahuyentada al ser abatida, esperando su muerte por toda la eternidad y con un purgatorio infinito colgando en su sed insaciado y en su juventud de alma envejecida.

El miedo esta tatuado con agua en pieles secas y sus llagas perforan presentes, generando ese tartamudeo excepcional de música gregoriana roncando entre tumbas templarias que asedian milongas y tangos, cumbias y bambucos, vallenatos y calipsos, perdidos, solos e idos al vacío del fin del mundo, allá en la Antártida donde no entra nada, donde no sabemos nada, donde no encontramos nada, donde el miedo es nada.

El miedo, les digo, es un testigo creado por el impulso de la amígdala cerebral que acrecienta temores y nos hace correr desnudos pero vacíos, de nuestra pena y congoja por el sereno producido que nos crece en el orgullo. Es una fábula de pícaras asonantes que se distraen con triptongos ebrios de vodka y caña, sus palabras enmudecen el silencio al filo de cenizas que nadan con mariposas y espinas, navegando entre sangres calvas sin rimas.

Lo odiamos, lo arrinconamos en un triángulo isósceles de psicópatas que migran entre eras bisiestas, tragando muertes en trozos achocolatadas que riegan arpías lepras en sus pieles ajenas. Lo marcamos con la flecha robada de Cupido, escupimos sus prendas y una vez más desatamos el Big Bang del último puesto de los músicos olvidades, aquellos de la generación del 27, donde el miedo fue protagonista y tambien el antagonista, allí donde las artes y la filosofía de Aristóteles dudaron por Sócrates y envidiaron a Platón, donde las cruzadas protegieron al miedo por temor a una creencia y religión.

El miedo progresivo o alternativo, libre o preso, siempre fue munición de cada era y su fusión de emociones rompe el trueno que abre la luz del Vaticano, no por su grandeza o riqueza, sino por la diosa del inframundo que da su nombre hasta el luto que nadie sabe. El miedo goza momentos cuando la confusión llega a las mentes lentas, pero luego entra en el insomnio de las décadas sinvergüenza y el ocaso de vino tinto que es bebido sin parar, que alcoholiza a sobrios y envenena como romanos a sus emperadores con odio.

El miedo, amigos míos, es solo la pureza en una transparencia de hielo gelatinoso que, aunque borroso, ronca los gritos perdidos de sus enemigos, aquellos que han sabido vanagloriarse de su locura y su vanidad. De ese estilo de fuerza absurda que usan los críticos para negar la huella de vida y podrir el tiempo que ya jamás, para el miedo, terminará. Somos el virus que convive con el miedo en la paradoja de nuestro existir, eterno infante de risa nunca vista, ha sido intimidado hasta los huesos que no le encallan, porque su carne no es real, no como la de los dioses griegos o como la del libertador, no como la carne de matadero los domingos en la plaza, o como los plutarcos insaciables de gula al atardecer…

El miedo, les digo, solo es miedo, un nombre, pero no de erudito o político, de filántropo o abogado, NO, solo es un nombre que aplaudimos para defender nuestra razón y errores infinitos que repetimos y combatimos por la gloria de aquellos intereses que se ciegan entre lazos de fuego que queman el ser impuro y que, tras regresiones y guerras olvidadas, sigue su curso infeliz y como zombie pordiosero su hambre de oro perturba las mil y una noches en la estrellada de van Gogh. El miedo está aquí y ahora, está lleno de ti y de mí, y de todos los fusileros que nos disparan sin parar.

Miedo hoy, mañana y siempre, desde el fin del mundo y hasta la encerrona de la cuarta dimensión será el destino o el camino para cada uno de nuestro destiempo.

Joan Manuel Valbuena

Poeta y escritor colombiano, amante de las letras, la psique y las buenas vibraciones. Ha participado en más de 15 libros de poesía y microrrelatos, siendo finalista en los últimos 7 tomos, donde ha abarcado temas de ciencia ficción, thriller psicológico, policíaco, entre otros.

Escritor del libro Oda a la tristeza, editado por Ediciones Glasgow, y entre su próximos proyectos vienen una novela, un libro de poesía y microrrelatos.

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Poema del autor Luca Cáceres | No soy Borges

Quisiera escribir pero me voy quedando sin palabras.
Borges decía que Jorge Luis sufría 
para que Borges escriba. 
Yo no creo ser así. 
Mis dolores van y vienen y yo sigo mudo. Manco. Estupido. 
Yo no soy Borges.
Capaz de hacer belleza de la mundanidad de los días.
Capaz de crear arte de la tristeza y la melancolía.
Garcia Marquez no tenía cinco centavos para comprar su primer cuento.
Yo no tengo cinco mil para comprarme un par de zapatillas.
La música suena pero a nadie le importa.
Yo no soy Garcia Marquez.
Pero soy acaso igual de pobre.
Ambos vivimos en residencias.
Y nos huimos de la política.
Hasta que la injusticia nos pisó la puerta.
Y tuvimos que mirar.
Cortazar inventó el punto de quiebre que aún no domino
Y creo cuentos que se entendían acaso menos de lo que mi cerebro es capaz de procesar
Y a mi no me salen las palabras
Porque yo no soy Cortazar
La hoja en blanco me persigue
Los tres me miran desde la biblioteca
Cáceres escribe desde que aprendió a sostener el lápiz
Y alguna vez ha hecho emocionar a algún despistado
Que iba a cenar y lo terminó escuchando.
Cáceres va a publicar su primer libro con algunas poesías que le costó años descubrir
Y yo soy Cáceres
Pero me siento acaso tan lejano a él
Y a sus palabras torpes
Y a sus rimas tontas
Y a su libro a punto de ser publicado
Y a sus dolores de la infancia
Y a su ropa sucia
Y a los cinco mil pesos que le faltan
Para comprarse un par de zapatillas.

Luca Cáceres

Luca Cáceres es un escritor argentino de 24 años, oriundo de el partido de La Matanza, en la provincia de Buenos Aires. Sus primeras participaciones en el mundo de la literatura fueron de la mano de la editorial independiente Dunken, donde entre los 16 y 18 años público 8 cuentos en diferentes antologías, entre ellos «Ángel», «Aquí donde el viento arrastra las cenizas», «Funeral», «Aeropuerto», «Balcón de Buenos Aires», entre otros. 

Su pasión por la escritura data desde su más temprana infancia, y su deseo más grande es convertirse en profesional y bañar de letras el mundo. Su primer paso será este año con la publicación de su poemario «Poesia Matancera», una oda a su hogar de la infancia y a los dolores que conlleva nacer, crecer y criarse en una villa bonaerense. 

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