Sentado frente a su computador, Dylan bebía una taza de café, esa noche iba a resultar más larga de lo que esperaba. Debía tener listo un proyecto de software que venía desarrollando desde hace unos meses atrás.
Dylan vivía solo, difícilmente se le veía conversar con alguien o recibir visitas que no fuesen por asuntos de negocios. Simplemente no era una persona muy social, vivía en su mundo sin interesarse en nada más.
Era una noche particularmente silenciosa, irónicamente eso le causaba algo de ansiedad y le estaba resultando difícil concentrarse, así que decidió salir de su departamento a fumarse un cigarrillo.
Llenó su taza de café, tomó el viejo y desteñido abrigo azul que se encontraba en el sofá de la pequeña sala, lanzó una mirada al reloj de pared, eran la una y once minutos de la madrugada.
Al salir cerró la puerta y bajó las escaleras hasta encontrarse a nivel del suelo, una brisa fría soplaba levemente aunque por momentos se intensificaba, colocó la taza de café ya casi frio sobre un pequeño muro junto a las gradas y sacó el paquete de cigarrillos. Intentó unas tres veces encender uno, pero el viento apagaba el fuego del encendedor. Respiró profundamente y miró el pequeño parque que quedaba cruzando la calle, justo al frente de su departamento, el lugar vagamente iluminado pasaba vacío la mayor parte del tiempo, ya los niños casi ni salían, la tecnología poco a poco había aislado a la humanidad y él sabía que era uno de esos seres aislados y solitarios. Pero de algún modo eso lo hacía sentir bien.
Finalmente encendió el cigarrillo mientras observaba a su alrededor tratando de relajarse para regresar y continuar su labor. Aún seguía percibiendo algo distinto en esa fría noche, pues por más tarde que fuese siempre se escuchaba algún ruido de un vehículo a lo lejos, alguno que otro ladrido de los perros en las casas de los alrededores, pero no, esa noche parecía detenida en el tiempo, era como si el universo se hubiera detenido, como si alguien le hubiese dado al botón de pausa universal y solo él fuese el testigo.
Tomó la taza de café y bebió un último y helado sorbo, mientras se cuestionaba muchos aspectos de su vida. Una extraña sensación de escalofrió le recorrió el cuerpo al pensar sobre ello, ¿realmente estaba viviendo, o solo existía de manera mecánica? Por primera vez sintió algo en su interior, un sentimiento de vacío que le heló la piel.
Un ruido extraño como chirrido metálico irrumpió de repente, sobresaltándolo y sacándolo de sus profundos pensamientos a una realidad a la que no parecía pertenecer.
Arrojó su cigarrillo y dio largos pasos hasta llegar a la malla del pequeño parque mientras miraba en todas direcciones buscando la procedencia del extraño ruido.
El ruido se mantenía fluctuante, como ondas que se acercaban y se alejaban mientras viajaban por lo largo y ancho de la atmósfera.
Comenzó a creer que su mente le estaba jugando una mala pasada, que la falta de sueño era la causante, se sintió desprotegido ahí afuera, nadie en el lugar parecía percatarse del ruido que surcaba los cielos de esa madrugada.
Decidió ingresar a la seguridad que le trasmitía su apartamento, a su mundo, a su mentira de vida y mientras subía por las gradas el sonido se apagó de la misma manera en que había surgido, sin explicación aparente. Al llegar al descanso, echó un último vistazo hacia la vacía calle y cerró la puerta. Su mundo volvía a estar en calma, al menos eso creía.
Se quitó el abrigo y lo lanzó al sofá, recordó que había dejado la taza en el muro, pero estaba convencido de que no saldría más esa noche.
Un sonido comenzó a surgir de su habitación, era el golpeteo de las teclas de su computador como si alguien lo estuviese usando.
—¿Pero qué sucede? —Se preguntó en voz alta, mientras caminaba hacia su habitación obligándose a averiguar que estaba ocurriendo.
Se asomó con sigilo, miró la silla vacía, pero sobre el escritorio las teclas se movían como si alguien las estuviera presionando, notó que la taza de café también se encontraba junto al teclado, saciando su curiosidad lentamente se fue acercando. Contradictoriamente a la situación, Dylan no sintió temor y conforme se aproximaba pudo verse a sí mismo allí sentado, su silueta descolorida se movía como una película frente a sus ojos, era él presionando las teclas sin apartar la mirada del monitor repleto de códigos.
Una y once de la madrugada, Dylan deja su computador, toma el abrigo del sofá y mira el reloj en la pared justo antes de salir a fumar un cigarrillo con su taza preferida, sin saber que la mañana nunca llegaría, que su pequeño mundo giraba en un círculo bajo esa noche infinita que sus miedos le impedían abandonar…
Randy González Montero
Es un escritor y autor costarricense, reconocido por su habilidad para crear relatos de ciencia ficción, misterio, suspenso.
Su primera novela, Geonovo, es un ejemplo de su talento para imaginar mundos futuristas, personajes y tramas sorprendentes. A través de su narrativa, Randy es capaz de llevar al lector en un viaje emocionante y lleno de giros inesperados que lo mantienen pegado a las páginas hasta el desenlace final.
Además de su destreza como escritor, Randy se distingue por ilustrar cada relato con un estilo personal que le da una identidad única y los hace aún más atractivos para el lector. En resumen, Randy es un escritor talentoso, creativo y con una voz propia en la literatura contemporánea. Sus relatos son una muestra de su habilidad para llevar al lector a lugares insospechados y para mantenerlo en vilo hasta el final. Sin duda, un autor costarricense que vale la pena seguir de cerca.
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La emoción más antigua y más fuerte de la humanidad es el miedo, y el miedo más antiguo y fuerte es el miedo a lo desconocido.
H. P. Lovecraft
Entre los muchos documentos de un querido amigo bibliotecario de Buenos Aires, encontré un manuscrito ignoto, de apariencia antigua y en inglés. Mi propio amigo pretendía malvenderlo en una feria de libros y me decidí a comprarlo por poco menos de 700 pesos.
Las palabras que transcribo son las del autor que escribió a mano el texto y Dios me libre de quitar o poner una coma a lo que dice. Ojalá ustedes, admirados lectores, no se vean nunca en la tesitura de lo que el escritor cuenta ni los horrores a los que sucumbió.
***
Cuando escribo esto, mi amadísimo lector, es el año 1910 y tengo veinte años. He publicado ya muchos textos, seguro que mi nombre es conocido por ti, pero prefiero que me conozca como el humilde Narrador.
Aunque lo parezca, no está en mi naturaleza hacer de Virgilio para darle un paseo por el Infierno. Puede creer o no en lo que le voy a pasar a contar pero, por favor, no olviden esta noche tenerme en sus oraciones por si mi alma ya estuviera condenada. Si Dios no se apiada de un mortal, que al menos lo hagan sus congéneres.
Verán, siempre fui un joven apocado y tímido. Ya mi madre me decía que no estuviera con otros niños y menos aún con desconocidos. Pero todo cambió cuando en la universidad conocí a John, el que vendría a cambiar toda mi vida.
Al entrar en la Facultad, solo pude fijarme en sus ojos negros y un fuerte olor a rosas muertas que le acompañaba allá donde estaba. Teníamos la misma edad, similar altura y a mí, que en ese momento no hablaba con nadie, me sonrió.
—¿La mesa está ocupada? —Por supuesto que no.
Se sentó a mi lado y me habló de cómo venía del mar, el barco del que se había bajado con sus padres y que había recorrido muchas tierras durante sus viajes.
Hablaba con la voz de quien todo lo sabe y sus ojos, negros como el alquitrán, habían visto las mayores maravillas del mundo, de Oriente a Occidente, habiendo recalado por varias temporadas en el Viejo Mundo. También había conocido el amor en París y en Roma.
Tras estudiar, nuestras tardes tomaban lugar en una taberna, donde Edgar, Robert o August recitaban versos de Whitman y, en fechas muy señaladas, contaban cuentos de aparecidos, ahorcados y sueños en casas de brujas. John les observaba anonadado y aplaudía cada intervención.
Ayer todo eso cambió cuando me acompañó a casa.
—Esta noche te veo más guapo que de costumbre, ¿te importaría que subiera un rato?
No pude decirle que no porque su mirada era arrebatadora y cada frase me envenenaba en lo más profundo, tenía ese nosequé que me hacía querer saber mucho más de él.
Al ver mi escritorio, acarició los lomos de algunos desvencijados tomos y alabó las vistas de Providence desde mi ventana.
El beso entre ambos no tardó en llegar y sobre el colchón le acaricié el rostro. Nunca había tenido a alguien tan cerca y lo que no me extrañó fue su falta de latidos, como si no hubiera corazón entre las paredes.
Sus manos estaban frías pero ni la chimenea más hogareña podía haberme dado más calor en ese momento. Al cerrar los ojos lo vi claro.
Hay una montaña sagrada y sobre ella un templo en el que no se reza y cada virgen llora sangre. Veo también luces en la noche y oigo graznidos de cuervo. No sé cómo he subido hasta la cumbre y quien me mira es John. O no. No puedo aceptar que sea él porque tiene tentáculos y unos ojos blancos como la leche.
—Te esperé mucho hasta conocerte. Te dije aquel día que vine del mar y todo lo que he visto es real. Este empiezo a ser yo.
No puedo verle ni siquiera las piernas y justo antes de proferir un grito me tapa la cara con uno de los tentáculos hasta elevarme.
—Tengo muchos nombres y ninguno me corresponde. En el futuro alguien tecleará estas palabras. Los del presente me llaman muerte, ¿mis adoradores? El GRANDE.
Y los sacerdotes salen de no se sabe dónde y se postran sobre lo que antes era un cuerpo humano y ahora es… no puedo definirlo del horror que causa. Ni siquiera habla ya pero en mi cabeza su voz retumba.
—¡Hoy volveré a R’lyeh!
Cantan los sacerdotes y consigo desembarazarme de la bestia como puedo.
Recordarás siempre mi nombre aunque no lo puedas pronunciar, sabrás que te miro incluso si no me ves, que estoy acechando desde tu umbral. Corre y cuenta lo que sabes de mí, Howard.
***
Desperté en mi habitación esta misma mañana y nada sabían en la Facultad de que un joven llamado John fuera a clase conmigo. August en la taberna me insistió que estuve solo en la mesa viéndoles siempre recitar pero sé que no soy un mentiroso ni me he imaginado nada.
Sé que John fue tan real como lo eres tú, querido lector, y confío en tu inteligencia para encontrar verdad a mis palabras. No sé qué clase de culto vi ni si estuve con el mismísimo Diablo pero te juro que esta noche, en mi habitación, junto a mi cama huelo las rosas muertas y un charco de agua en el suelo me indica que está junto a mí EL SER QUE ACECHA.
Dedicado a Edgar Allan Poe, Robert E. Howard, August Derleth y, por supuesto, Howard Phillips Lovecraft. Creadores de sueños y pesadillas.
Christian Nieto Tavira
Nacido en Ricote (Murcia, España) en 1998. Es periodista, crítico literario y redactor en diversos medios de comunicación. Tiene publicados los poemarios «Última Bala» (La Fea Burguesía, 2016), «Canto Desgarrado» (Ediciones en Huida, 2018) y «Apuntes para un futuro caos» (Boria Ediciones, 2020). Organiza muchos recitales, siempre benéficos, porque para él la poesía es un arma social.
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Me atrapé de nuevo mirando sin ver la corriente de agua que iba calle abajo por la Acequias. No era la primera vez que pasaba. En los últimos años, por lo menos desde que recuerdo, mi mente ha buscado momentos de liberación. Por lo general se decanta por observar los detalles más puros de la naturaleza que nos ofrece esta ciudad. Para quien no la conozca, mi ciudad es un lugar bellísimo, lleno de árboles frondosos que adornan todas las calles, de cielo amplio y celeste por el día e innecesariamente estrellado por las noches. Creo que por sobre todas las cosas, los pequeños detalles que encierra este lugar son lo que lo hacen tan maravilloso. Hay uno, particularmente, que he admirado desde pequeño: las acequias al costado de cada vereda. Para quienes no lo sepan, las acequias son canaletas situadas entre la vereda y la calle, su profundidad y ancho varían según el caudal de agua que deban llevar. Están pensadas para transportar el agua del deshielo que baja desde la montaña. Aquella tarde que me encontré nuevamente observándolas, recordé que era la tercera vez esa semana que repetía esa misma situación.
El traje me incomodaba, era caluroso en cualquier punto del año y maldecía cualquier posición en la que pudiera colocar mi corbata. Después de acomodarla por tercera vez fue cuando me di cuenta de que estaba absorto observando cómo el agua corría calle abajo. La mayoría de las acequias estaban parcialmente cubiertas por puentes y veredas. En los últimos años, los gobiernos de cada localidad habían comenzado a poner rejas metálicas sobre los pocos huecos que quedaban sin cubrir. Creo que nunca supieron el gran crimen que estaban cometiendo contra la niñez. Contemplar el agua me remite constantemente a mi niñez, a mi barrio y a Eugenio.
El grupo de amigos de mi barrio estaba constituido exclusivamente por varones. No era por algún motivo en particular que no permitieramos mujeres en nuestro grupo, sino que el destino había querido que ninguna de las jóvenes parejas del barrio tuviera hijas mujeres. Representó una suerte en los primeros momentos de nuestra niñez cuando todos nuestros intereses circulaban particularmente por los supuestos “juegos de varones”, fue cuando entramos en nuestros años adolescentes que supimos en qué consistía el designio que alguna vez confundimos con fortuna.
Nuestras actividades estaban fuertemente marcadas por la estación del año. De esta manera, en invierno priorizábamos exclusivamente jugar juegos de mesa dentro de una casa mientras tomábamos la merienda, en otoño andábamos en bicicleta y jugábamos el deporte que estuviera de moda por aquel entonces. Esas eran nuestras temporadas bajas, las estaciones donde encontrábamos algo que hacer para no aburrirnos. Lo que en realidad esperábamos eran la primavera y el verano, los momentos más codiciados del año. Durante la primavera corríamos y jugábamos, poníamos a juicio nuestras destrezas físicas y competíamos incluso en lo más mínimo. El verano era difícil, el grupo se dividía en quienes tuvieran la fortuna para ir de vacaciones a algún lugar y quienes se quedaban en el barrio. No era durante todo el verano, pero las quincenas de vacaciones difícilmente coincidían, por lo que nuestro grupo parecía siempre incompleto. Los que estaban en el barrio durante esa época participaban de un tour por las piletas de cada uno, generalmente pequeñas y armadas solo durante la temporada, pero suficientes para contener a nuestro grupo. Independientemente de lo que hiciera cada uno, en primavera y verano había un juego que resultaba imprescindible para cualquier niño del barrio: los barquitos de telgopor. Las carreras de barquitos era el juego preferido de Eugenio, quizás fue ese el motivo por el que el destino nos permitiera quedarnos a todos allí durante su último año.
Cuando comenzó la primavera de ese año, ya todos sabíamos que ninguno se iría de vacaciones durante el verano. Nosotros lo vimos como una suerte, como una bendición que nos permitía el placer de la compañía ininterrumpida. Años después sabríamos que la razón de fondo había sido la desastrosa situación económica que atravesaba el país. Ignorantes de este tema, comenzamos a vislumbrar lo que parecía otra señal divina: el deshielo. Para comprender por qué esto era importante tenemos que repasar un poco la geografía de nuestra ciudad y como posibilitaba la disciplina de los barquitos. La zona donde creció nuestra ciudad es montañosa y seca. Estas dos características conllevan que exista una temporada de deshielo (en la que la nieve se derrite y baja desde la montaña) y que para aprovecharla hiciera falta construir las acequias que condujeran el agua hacia donde hiciera falta. Estas canaletas eran como venas para la ciudad, la revitalizaban y permitían que crecieran árboles a sus orillas. El juego de los barquitos consistía en ir al extremo de la calle y dejar caer los barquitos al mismo tiempo en la acequia. Luego, cada uno comenzaba a correr calle abajo y observaba qué barquitos sobrevivían las inclemencias de la corriente, los misterios de los puentes y, sobre todo, quién era coronado como el campeón de la temporada.
El juego había surgido casi por accidente varios años antes, durante el verano en que Carlitos se había quebrado la pierna y tenía que usar un yeso. Esto imposibilitó que pudiéramos ir a cualquier pileta, andar en bicicleta o jugar algún deporte. Jugar sin él era tan impensado como no jugar. Pensamos en los juegos de mesa como si fuera un invierno cualquiera, pero después de la tercera partida de cartas nuestra involuntaria necesidad de ver por la ventana nos obligó a salir de la casa y buscar algo más. Fue Eugenio quien se dio cuenta de la gran corriente que caía por la canaleta. Comenzó tirando una ramita para ver cómo la devoraba la corriente. Cuando llevaba aproximadamente cinco, Carlitos tomó otra y la tiró a su vez. Cuando la ramita de nuestro enyesado ingresó antes bajo el puente y lo escuchamos proferir un enérgico “GANÉ”, nuestra diversión encontró una excusa para desentumecerse y comenzar a divagar. El resto fue historia, primero hicimos una regla sobre el largo y tipo de ramas que podíamos usar. Porque claro, no sería justo que alguien utilizara una que ocupara toda la acequia, o que fuera mucho más larga que las del resto. Luego ampliamos la ruta, ya que el desafío de sobrevivir las secretas inclemencias que se escondían bajo los puentes era parte natural de una competencia de ese estilo.
Al año siguiente, tres años antes del último verano de Eugenio, la mayoría habíamos cumplido siete años. Nos dispusimos a comenzar una nueva temporada de carreras con ramitas cuando Ernesto notó un detalle que cambiaría para siempre la disciplina que practicábamos: la mayoría de los vecinos habían instalado un aire acondicionado en su casa. Esto parecía algo absurdo si ignoramos el hecho de que el telgopor que se utilizaba para embalarlos estaba esperando en la vereda a que el servicio de recolección de basura lo buscara.
—Che el tergopor ese flota mejor —había exclamado Ernesto, interrumpiendo la ardua tarea de juzgar como válida la ramita de los contrincantes.
—No seas bruto, se dice “telgopor” —le contestó Carlitos, mientras levantaba una de las planchas.
—Estoy seguro que no, es tergopor —intervine, mientras arrancaba un pedazo del tamaño de mi mano y lo arrojaba al agua.
La discusión quedó interrumpida y no fue hasta años más tarde en que comprobé que Carlitos tenía razón sobre la palabra. Por supuesto nunca se lo reconocí. Mientras veíamos que el trozo de telgopor bajaba velozmente por la corriente de agua, sin interrumpirse y sobreviviendo a los puentes, nos dimos cuenta que aquel juego había cambiado para siempre.
Reelaboramos las reglas para definir qué barcos podían entrar en una carrera. Estipulamos un tamaño y dispusimos que cada barco debía tener una ramita que hiciera de mástil. El juego cambió completamente, casi todos los barcos llegaban a la meta y las carreras eran más rápidas y competitivas. Sobre todo porque no existía la posibilidad de confundir un barco con cualquier pedazo de telgopor, lo que sí pasaba con las ramas. Cuando llegó el final del verano, se mudó a la vuelta de la cuadra Nicanor, quien tímidamente se aproximó a nosotros una de las tardes en la que estábamos jugando con los barcos. Se había quedado sentado en la esquina, observándonos como si quisiera llamar nuestra atención. Fue Carlitos el que casi sin preguntar lo tomó de un brazo, le puso un barquito en la mano y lo llevó a la otra esquina donde comenzaban las carreras. Cuando estaba anocheciendo, se presentó. Nosotros quedamos fascinados por su nombre y él por nuestro juego.
Unas semanas después, cuando comprobamos que quedaban pocas corrientes restantes, Nicanor tuvo una idea fantástica: tomó un trozo de telgopor y comenzó a limarlo en la juntura de dos ladrillos, en la pared de una casa abandonada. Cuando terminó, nos mostró el resultado. Era un óvalo perfecto. El nuevo descubrimiento y la inminente sequía nos generó mucha frustración.
El otoño e invierno que siguieron pasaron sumamente lentos. El recurso para fabricar barcos que había incluido Nicanor al grupo había llegado muy tarde y nos había forzado a pasar la temporada de sequía deseando la llegada de la primavera. Finalmente llegó, por supuesto. El primer día casi ni jugamos, sino que nos la pasamos creando todos los barcos que se habían cruzado por nuestra imaginación durante el año anterior. En más de una oportunidad, un padre había sido citado a la escuela por la maestra, quien había retirado las hojas llenas de dibujos de barcos, plasmadas de medidas y nombres ficticios. El segundo día todos volvimos de la escuela, almorzamos rápido y salimos a probar las invenciones.
Fue una temporada fantástica. Durante la primavera probábamos barcos nuevos y durante el verano comenzamos a diversificar las pistas de carreras. Para explicar mejor este punto debería contar un poco dónde vivía cada uno. Yo vivía cerca de la mitad de la cuadra en una casa exactamente enfrente de Eugenio. Él y yo fuimos los primeros dos que llegaron al barrio. Ese mismo año llegó Carlitos, que se mudó a la esquina de la cuadra de Eugenio. Ernesto fue el último en llegar, se mudó a unas casas de distancia de la mía un año antes de que comenzáramos a jugar con las ramitas. La llegada de Nicanor dos años después redefinió un poco la estructura del grupo. Ya no todos vivíamos sobre la misma calle, sino que uno estaba “a la vuelta”. Por este motivo, y para tranquilidad de su madre, varios días a la semana íbamos a jugar frente a su casa. Fue así como conseguimos una pista de carreras nueva y como supimos que el mundo de los barcos solo estaba limitado por el permiso de nuestras madres para llegar una cuadra más lejos. De esta forma, las pistas se convirtieron en cinco: la original, la de la vuelta, la pista del boulevard, la de la cuadra de arriba y la pista prohibida.
El año que tuvimos para preparar planos e idear barcos fue muy productivo. Habíamos pensado por separado que podíamos hacerle puntas a los óvalos de los barcos comunes para crear lanchas, que no usaban mástiles, hicimos buques más alargados y botes pequeños que eran más rápidos pero solían no sobrevivir a los puentes. De esta forma, teníamos muchos barcos y muchas pistas de carreras. Comprobamos rápidamente que algunos servían mejor que otros en ciertas canaletas. Por ejemplo, la pista del boulevard casi no tenía puentes y los botes eran ideales, para la cuadra de arriba era obligatorio usar buques y en la original había tanta diversidad que nos permitía ir variando constantemente.
La nueva complejidad del juego conllevó que el verano pasara velozmente. Fue la semana previa al inicio de clases cuando comprobamos que ese verano no habíamos hecho otra cosa que jugar con los barquitos. Ninguno se arrepentía y la mayoría maldecíamos el tiempo que habíamos estado de vacaciones alejados del barrio.
El verano siguiente fue distinto. Ernesto había visto una película durante la primavera en la que se mostraba una sociedad de gente pequeña que vivía constantemente asediada por otra especie que parecían gusanos. Ernesto nos contó los hechos que se desarrollaban varias veces durante las primeras dos semanas de la primavera. A todos nos gustó la idea de la película y creímos olvidarla, hasta que llegó el día del primer ataque. La carrera había comenzado como todas las otras: arrojamos los barcos y corrimos calle abajo. Aquella vez estábamos en la cuadra de arriba, todos los barcos llegaron a la otra punta y Carlitos fue coronado ganador. En el camino hacia la próxima pista, Nicanor observó que su barco tenía un agujero. Ante su observación, todos revisamos los modelos que teníamos en las manos y comprobamos que también estaban perforados. Al principio no le prestamos atención, pero el hecho se repitió en cada pista que jugábamos. Ernesto volvió una semana después de sus vacaciones y nos apresuramos por contarle lo sucedido. Casi pálido nos comentó que exactamente así se veían los ataques de las lanzas que utilizaban los gusanos contra la gente pequeña. Luego de debatir lo suficiente, llegamos a la única conclusión posible: la gente pequeña era real y vivía bajo los puentes. Los gusanos, rebautizados gusorones por el propio Ernesto, los atacaban constantemente. De ahí provenían las roturas de nuestros barquitos, no había otra explicación posible.
Esta nueva verdad cambió una vez más el propósito del juego. Ya no era una carrera, se había convertido en una guerra. En un principio la mayoría nos negamos, pero ante el temor de Ernesto y las palabras inspiradoras de Eugenio decidimos ceder para ayudar a la gente pequeña. Transformamos nuestros barcos en máquinas de guerra, les agregamos escarbadientes y puntas de plástico que servían como armas para atacar a los gusorones.
Hoy me emociono con el recuerdo del entusiasmo de Eugenio, con sus estrategias y sus diseños. Luego rememoro con tristeza su último verano, el año siguiente al descubrimiento de los gusorones.
Esa primavera comenzó con una gran flota de naves de guerra esperando para ayudar a la gente pequeña. Fue el año en que nadie iba a ir de vacaciones y que prometía la mayor felicidad de nuestras vidas. Comprobamos que iba a ser todo lo contrario cuando, sin aviso, Eugenio dejó de salir a jugar. Las veces que golpeamos a su casa la madre nos atendió con lágrimas en los ojos y nos explicó que no podía salir, que estaba preparando la nave de guerra definitiva. Luego de nuestro cuarto intento decidimos no molestar más a la madre de Eugenio y pactamos que cuando este decidiera terminar el proyecto podíamos exigirle las debidas disculpas. Cuando se cumplió el primer mes sin su presencia, volvimos a preocuparnos y decidimos organizar una misión de investigación. El plan era simple, convenceríamos a nuestras madres de que todos se quedaran a dormir en mi casa el viernes a la noche y nos escabulliríamos. La salida fue corta, logramos subir al techo de la casa que se hallaba junto a la de Eugenio por la reja del frente y caminamos sin hacer ruido. Desde allí miramos por la ventana de su habitación. Vimos sobre la mesa un resplandeciente barco de madera a medio construir, con pequeños arpones metálicos y grandes velas de tela. Lamentablemente no había rastro de su dueño, por lo que volvimos a mi casa antes de que mis padres notaran nuestra ausencia. Nos quedamos despiertos toda la noche hasta que sentimos el ruido de un motor y nos apresuramos a llegar a la ventana del frente de mi casa. Allí vimos a Eugenio bajarse del auto de su padre, tenía una venda en el brazo y usaba una gorra pese a que estuviera nublado. Hacía un mes que no lo veíamos y lo notamos pequeño y pálido. Carlitos no aguantó y abrió la ventana para llamarlo.
— ¡Euge! —gritó, rompiendo el silencio de la madrugada.
— No —balbuceó Eugenio cuando se dio vuelta, con miedo en los ojos.
La madre se percató de esta situación y se apresuró a abrir la puerta y hacerlo entrar a su casa. Antes de que pudiéramos salir en su búsqueda, notamos que mi madre estaba bajando las escaleras. Cerró la ventana y nos obligó a dormir. Al día siguiente le comenté lo que habíamos observado y me dijo que era una pena, pero se negó a responder cuando le pregunté a qué se refería.
Cuando terminó la primavera y comenzó el verano, decidimos doblar esfuerzos en la guerra contra los gusorones. Sin embargo, todos notamos la tensión que nos provocaba saber que Eugenio se encontraba a pocos metros, pequeño y pálido, trabajando en su barco.
Una semana después de año nuevo mi madre me despertó gentilmente con lágrimas en los ojos. Me dio una muda de ropa y me pidió que me levantara. Cuando bajé al living me encontré con Nicanor, Ernesto y Carlitos, todos con cara de sueño y ojos confundidos. Nicanor me contó lo que su madre le había explicado: Eugenio había terminado el barco y le había pedido a sus padres que lo hicieran navegar en el canal. No supo responder cuando le pregunté dónde estaba Eugenio.
Cuando llegamos al canal principal que se encontraba a unas cuadras de nuestras casas, vi a los padres de Euge. Estaban con los ojos irritados y sosteniendo entre los dos el barco de madera brillante. Fue la madre quien nos contó que Eugenio trabajó tanto en el barco que se había encogido por voluntad para poder navegarlo. Que en ese momento estaba en el camarote principal armando la estrategia definitiva para vencer a los gusorones que quedaban en el barrio, pero que luego de eso continuaría por todos los del mundo. Entre todos bajamos el barco y lo dejamos navegar corriente abajo.
Eugenio nunca volvió y con los muchachos fuimos paulatinamente dejando de hablar del tema, pero sin olvidarlo. Hasta el día de hoy, cuando observo cómo corren las aguas por las canaletas, escucho el sonido de los arpones metálicos que dispara Eugenio. Y agradezco todos los días que haya asumido la responsabilidad de defender a la gente pequeña.
Nicolás Vargas Rossi
Nicolás Vargas nació en 1993 en la Provincia de Mendoza, Argentina. Es Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador y escritor. Su obra se centra en cuentos y novelas. Los primeros son publicados semanalmente en internet a través de la red social Medium y generalmente poseen temáticas realistas, costumbristas o fantásticas. Las novelas se encuentran sin publicar y varían entre la ciencia ficción y la fantasía.
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A mi abuela, en la cola del super, cuando tenía nueve años, se le coló un tío que medía dos metros, estaba gordo como una tapia y tenía en el grado derecho, varios tatuajes:
Un águila cargando una cruz de hierro y una frase:
«Gloria y muerte»
Mi abuela, en un arranque de furia, le dijo agresivamente al nazi, que se le había colado sin ningún derecho.
A lo que él, respondió:
«Tengo prioridad, así que, cállate anciana y muérete».
Pero lo mejor estaba por venir… mi abuela, en respuesta le soltó lo siguiente:
«No, perdone usted. Tú y tú caudillo, lleváis más años muertos, que yo viva».
Fernando García Magdalena. Fotografía tomada por Tania González Moran.
Fernando García Magdalena
Nació un 2 de abril de 2003 en Oviedo, Asturias (España), donde actualmente reside y hace sus maldades por esas tierras. Inició como un monologuista de mala muerte, pero su camino siguió hasta las artes literarias y escénicas; publicando Apócrifos (2021) e Inyección Letal (2022) hasta la fecha. También participó en diversas antologías como Histeria vol.2 (2020), Almas en Ruta (2022), Cuentos Sangrientos edición revisada (2023), entre otras… también publica en diversas revistas literarias y medios como Katabasis, Dosis Kafkiana… y también hace distintas performances basadas en Star Wars con su grupo «Orden 66 Asturias». Hizo eventos en La Rioja, Asturias, Valladolid y uno en Londres, ya que estuvo presente en la Star Wars Celebration 2023.
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Este compendio de sentimientos eleva mil voces que estallan en el espacio sideral del corazón, para dejar a plena luz las tristezas que nos embargan en nuestra sociedad y que producen un profundo dolor que afecta íntimamente al poeta y sus circunstancias. Su voz es un grito que hace eco en la palabra y resuena en el lector, que hace suya tal reflexión, en medio de melódicos versos que armonizan con la vida actual del hombre que llamamos “moderno”.
Desde un mundo en caos, la palabra del poeta fecunda para hacer germinar la esperanza y su canto se eleva ante los hombres para hacerlos más sensibles de esta realidad que trunca los sueños y los hace imperfectos. Es la danza del mundo perdido que hace resurgir lo olvidado, para darle su nuevo valor en este mundo que convulsiona y que revive.
Así nace Oda a la Tristeza, desde esta maraña de mundos imperfectos para traernos una palabra que sigue siendo vida…
Sobre el autor
Joan Manuel Valbuena Correa (Bogotá 27 septiembre 1978)
Poeta y dramaturgo amante de la vida y del corazón profundo. La poesía de Joan Manuel está arraigada en su sangre gracias a su abuelo Isaac Ramón Correa, de quien heredó la chispa del arte, las letras que lo inmortalizarían.