Acudí a tu tumba esta mañana, ante tu estampa dormida arropaste mi mano con tus céfiros e imaginé la gracia de tus dedos sonriéndome. Nunca me viste a los ojos, eras tímido de corazón aunque un racimo de ellos esperó como uvas a que colmaran mis abismos. Donador de nuevos relatos, a ti te doy las gracias porque por tu causa, estoy vivo. Gracias a la música de tu millar de corazones que descansa en mí que he vuelto a nacer: como un nuevo espíritu al que la sorpresa visita cada día, y, se sorprende, por todo lo que revelaron tus labios cuando yo no podía hablar por mi mudez y quebranto de luz de dulce cuna.
Siento mucho lo que ocurrió; me lo dijiste al oído. Susurraste siempre palabras que quise escuchar, desde que existimos en este universo sin sentimientos. Me alejé de ti por miedo, porque ya no te reconocía, porque tus colores ya no congeniaban con las acuarelas de mi cosmos pero, a pesar de que ya no estás aquí, te sueño otra vez convertido en un heraldo de amores secretos. De distantes promesas acostumbradas a demostrar sus eones entre cartas de tarot. Con la ingenuidad de mi lado, desnudé mi alma para que tus flores y las mías crecieran en nuestro jardín de juventudes etéreas, y ahora, que me pierdo en ese recuerdo, me veo aún entre tus sueños de labrados sueños, siempre tenues entre brumas, musas y tintas.
Te he dibujado en cartas, aunque no puedo leerlas para ti. Deslizo por ellas mis dedos por tus ojos, deslizo mis labios para amar tu silueta puesta en el féretro de mis memorias. Me diste una nueva oportunidad, y, pese a todo, a lo que hiciste, por abandonarme, no guardo rencores en mí. Quisiera decirte que fui tuyo mucho antes de que las estrellas cayeran. Fui tuyo cuando nacimos y es en esta eternidad viva en la que te puedo nombrar, crucificado y repleto de cenizas, bajo los halos de colores y las risas que te dedico ahora.
En cada espacio de espacios en el que te pienso, imagino como hubiera sido ascender contigo desde el tren y navío que guío nuestra niñez por ese camino amarillo, dirigido hacia el palacio de los dulces donde ahora vives, donde puedo soñarte sin manchas. Por favor, guíame ahora que vivo de tu recuerdo, revela como provocabas que el universo fuese más noble que tú. Tú con tu ectoplasma que se presenta a veces en mi morada, y me recita las cosas que siempre quise escuchar, esas que hablan acerca de avecillas, de océanos, de rosas y de cómo fue brillar conmigo cuando aparecí en esa misma colina en la que ahora reposas y te niegas a abandonar.
Porque te convertiste en mi primer y último beso; también vives del recuerdo. Fuiste un genuino Adán para esta Eva con miembro, y en el jardín que construimos, donador o no de órganos musicales, me diste una nueva oportunidad para vivir en paz. Te ruego, que me observes desde el firmamento del que caen el millar de luciérnagas, con las que hilo tu nombre entre mis siembras de nuevas hortalizas, esas que viven bajo el amparo de las sombras y rocíos que, esperan también, el devorarme.
Soy yo el que ahora conserva tus poderes, bestia de desnudados huesos. Hoy, es mi turno de rezar las oraciones con las que mis manos pueden quebrar las realidades y fantasías de flores de sandías y naranjas; edifico ciudades de lunas tristes en este aquí y en este ahora. Mi adornada eternidad.
Vanessa Sosa
Mérida, Venezuela (1986). Historiadora del Arte (2018) egresada de la Universidad de Los Andes. Actualmente, ejerce como Bibliotecaria en una institución. Es una escritora que se considera aprendiz y también autodidacta. Inició en el mundo de la escritura en el año de 2018 con pocos microcuentos y microrrelatos, que transformó después, en relatos más extensos. Se especializa en el género fantástico porque es el que más escribe, sin embargo, considera que hay mucho por mejorar.
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«¿Piensas que vas a escapar, así, desgraciada? ¡Dónde pusiste mis ojos, hija de las remilputas!».
El proyectil no alcanzó a darme. Escuché la carga del arma, la escopeta pues. Se incrustó en la pared del centro comercial al que había huido despavorida. Estaba en una realidad alternativa donde ellos, o más bien ella, recién nacida, estaban cobrándome las de Caín que les habías hecho pasar en su universo recién construido. Pero, ¿qué culpa tenía yo? Todos mis personajes me salían como me salían; no era mi intención el dejar ciego o ciega, a Meiridíanar. Después de todo ella era una en un millón, poseía la capacidad para observar todo a través del contacto con sus pies al ras del suelo.
«¡Perra malparida, no te nos va a escapar!» gritó otro de mis niños en la lejanía, aunque se escuchaba cerca, como si se tratase de un aparecido de los mitos y leyendas venezolanas que nos solíamos contar para asustarnos, en pijamadas, cuando era una chiquilla. Y aunque no copio ninguna para escribir y derrochar mi imaginación, Pesgonisil también me buscaba. Él podía oler mi aroma, el aroma de mi periodo, tenía el olfato sobre desarrollado. Él era una bestia. Custodiaba a su Dilalndor quién se encontraba sobre su hombro derecho. Tan ligera y astuta como una reina.
«Mamá, ¿por qué huyes? ¿No ves que queremos conocerte?» noté como sus piecitos tocaron el suelo cuando la bestia la dejó caer y ella se acercó a mí hasta encontrarme.
«ABRAZANOS, MAMÁ» tres tonos de voz manaron de los labios de la niña. «TE AMO, ERES NUESTRA AMA».
Cuando la cabeza de la niña se torció un poco me tapé la cara.
«¿Por qué le diste botones por ojos a tu hija más querida?» dijo la niña con una risita risueña que me arrancó un escalofrío. «A mí ME diste UN vestido MUY sucio. QUIERO BESAR TUS MEJILLAS, MAMÁ».
Sus tonos de voz se alternaban. La de la niña, las otras y yo me oriné en mis pantalones del miedo. Ellos eran personajes de mis historias de terror, salieron de mi mente en sueños, y ahora, trataban de asesinarme. Por eso, antes que la pequeña me tocara con su manita, que podía trocear todo con un mero toque, corrí antes de que me volaran la cabeza con el proyectil que esquivé apenas y por suerte.
«¿Así tratas a tus hijos? No nos abandones, mustia de quinta» las palabras, los insultos, me dolían pero debía escapar o la libraría de ese modo.
¿Cómo había acontecido este suceso? Simple, iba a participar en un concurso de cuentos de terror y ahora, los desgraciados de mis hijos, que no sé cómo infiernos, habían emergido de las paredes de mi cuaderno. Tenía un concurso que ganar, o algo así, pero ahora me preocupaba más el sobrevivir. Si participaba y tenía la suerte de ganar les daría un lugar mejor a todos ellos, pero como bien lo ven, ahora no importaba nada de nada. Salvo la supervivencia.
Contemplé en el trayecto a mis hijos más hediondos, los que comían fetos de ratas como festín en festivales que inventé para hacer más maravilloso el mundo que había construido para mostrar mis dotes de escritora en el concurso. Ahora no sabía qué hacer, no tenía mi pluma secreta para mandarlos de vuelta a su mundo. Así que comencé a escribir con mi propia sangre de período en mi brazo derecho. El izquierdo estaba manchado de estiércol.
Pensé crear un héroe que me ayudara. Cerré los ojos y lo imaginé tan bello como los lirios de los lagos que había en el jardín botánico de mi tierna tierra. De pronto, sentí como algo frío me atravesó la garganta de tajo a tajo y caí como una doncella en brazos del recién creado. Él también se había puesto en mi contra. Mi héroe no era un héroe. Era un villano. El más despiadado. Entonces de él noté que manaba brea, o más bien de su boca. Me besó en la frente de manera ceremonial y me susurró al oído con una voz de seda, melodiosa, viril.
«Vida por Vida, MAMÁ».
Vanessa Sosa
Mérida, Venezuela (1986). Historiadora del Arte (2018) egresada de la Universidad de Los Andes. Actualmente, ejerce como Bibliotecaria en una institución. Es una escritora que se considera aprendiz y también autodidacta. Inició en el mundo de la escritura en el año de 2018 con pocos microcuentos y microrrelatos, que transformó después, en relatos más extensos. Se especializa en el género fantástico porque es el que más escribe, sin embargo, considera que hay mucho por mejorar.
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La casa era antigua, pero para mí era perfecta. Se encontraba alejada de todo el bullicio y ajetreo de la ciudad. Tenía ladrillos color piedra, ventanas amplias, habitaciones espaciosas y una puerta de madera añejada; me gustaba que fuera así, única y diferente. Sentía mucho afín con ella y me recordaba a las casas descritas por las hermanas Bronte en sus famosas novelas de romance gótico. Al ver la casa supe que era para mí. Quería ser parte del mundo de las Bronte o de alguna de sus novelas, fantaseaba cada día con eso desde que leí «Cumbres Borrascosas» a mis 12 años y sabía que con esta casa iba a vivir ese sueño.
Mi padre se oponía a mi decisión de querer vivir sola; estaba preocupado por mí, lo normal de un padre al ver a su hija crecer y querer buscar su libertad e independencia. Sin embargo la razón de su preocupación era por algo más que ver a su princesita buscando su autonomía. La razón de su resistencia era porque yo había dejado de tomar los medicamentos recetados por mí psiquiatra y él pensaba que no estaba estable a nivel emocional.
Estos medicamentos los había estado consumiendo por más de 5 años desde la trágica muerte de mi madre en un accidente automovilístico camino a su trabajo y el cual me generó una gran depresión de la que no he podido salir. No obstante, logré persuadirlo de que era lo mejor para mí y mi recuperación. Aceptó a regañadientes y decidió apoyarme en todo el proceso o eso quise creer yo para no sentirme mal y a la vez ignorar la voz de mi niña interna pidiéndome a gritos que todavía no era el momento y que solo le hiciera caso a ella y mi padre por esta vez.
Ojalá les hubiese hecho caso a su oposición.
Los primeros meses en la casa fueron tranquilos y llenos de introspección. Al principio fue difícil acostumbrarme a la soledad, tal vez por mí síndrome de abstinencia generada por la falta de medicamentos. Sin embargo, con el tiempo logré vencer esos malos ratos y pensamientos intrusivos que me carcomían y empecé a sentirme segura en mi nuevo hogar. Podía ser yo misma sin sentirme juzgada y sin interrupciones, pero un día todo cambió y dejé de sentirme bien en la casa de mis sueños. Los pensamientos regresaron para jugarme una mala pasada y hacerme travesuras que solo lograban hacerme llorar. Me sentía como esa niña que fui en la escuela, sin amigos, sufriendo bullying y sin nadie a quién contarle lo que sucedía por miedo. Y como esa niña que fui, reaccioné igual llorando, callando e ignorando lo que me estaba sucediendo, porque creí que pronto todo iba a pasar.
Era una mañana gris y lluviosa. De esos días en los que solo quieres estar en la cama cobijada existiendo. No tenía ánimos de hacer nada, pero recordé las palabras de mi psiquiatra: -«debes bañarte, desayunar y celebrar esas pequeñas acciones, aunque te cuesten». Así que me obligué a realizar pequeñas actividades, que aunque eran mínimas me generaban una fatiga indescriptible.
Tomé una ducha caliente, me lavé el cabello y empecé a notar como mi estado de ánimo mejoraba. Todo se volvía a sentir normal como cualquier otro día; tuve una mínima esperanza de felicidad. No obstante, cuando salí de la ducha el ambiente había cambiado. No era el mismo y había una sensación pesada y brumosa casi palpable en la habitación, lo adjudiqué al vapor y calor del baño, puesto que decidí darme una ducha larga para relajarme y callar con el sonido del agua los pensamientos que me carcomían sin piedad por dentro, pero no era así.
Todos los rincones de la casa se percibían de esta manera y volví a sentir miedo e inseguridad. Comencé a sentirme observada y esta sensación la confirmé cuando una noche en el baño al lavarme la cara, me vi al espejo y observé una silueta femenina detrás de mí. Grité y salí huyendo de ahí. Corrí por toda la casa hasta llegar a la puerta principal, pero al abrirla y querer salir de la casa pude notar que no podía salir de la casa; algo no me lo permitía o me lo impedía. Histérica di la vuelta para ingresar y ahí estaba ella de pie observándome en silencio dejando un rastro de sangre. No logré ver su cara y a como pude la esquivé. Tapé cada espejo que tenía en la casa con cobijas, ropa, alfombras y cuanto objeto me encontrara que sirviera de barrera, porque según creí había salido por ellos y al taparlos no iba a permitir que viniera mi mundo a atormentarme.
En mi desesperación y miedo, me encerré en mi habitación y llamé a mi padre para que me ayudara, pero no obtuve una respuesta de él. Llamé a la policía y tampoco dieron señales. Estaba completamente sola y decidí que lo mejor era no salir de mi cuarto hasta que ya no existiera peligro, pero este nunca se fue.
Pasaron días y meses, y la mujer del espejo caminaba afuera de mi habitación tarareando una de mis canciones favoritas. Incluso parecía que ella era la inquilina de la casa, puesto que en ocasiones escuchaba caer el agua de la ducha, risas provenientes de la TV o bien escuchaba la melodía de mis canciones favoritas en la sala de estar. Una noche la puerta de mi habitación se abrió; era ella que caminaba hacía mí. Se acercó a la cama tarareando, se sentó en ella junto a mí e intentó acariciar mi frente, peinar mis cabellos y arroparme; me sentía hipnotizada por su presencia. No podía dejar de observar todo lo que estaba sucediendo y que era yo la protagonista silenciosa que lo estaba viviendo sin vivirlo realmente.
Cuando volví en mí, me percaté de que sus labios se empezaron a mover y quería decir algo. Inmediatamente quise correr, pero no pude, mi cuerpo no respondía a mis comandos, sentí un frío inexplicable que recorrió cada fibra de mi cuerpo y la escuché decir: «encuéntrame y serás libre», después de eso todo se volvió oscuro y por primera vez pude dormir tranquila en tanto tiempo.
Me desperté agitada pensando que todo había sido un sueño, pero agradeciendo que por primera vez había podido descansar después de tanto tormento que estaba sintiendo. Al levantarme de la cama logré observar un rastro de sangre que no estaba el día anterior y supe que no había sido un sueño. Harta de estar pasándola mal recordé las palabras que me había dicho la mujer del espejo y me armé de valor para enfrentar lo que sea que fuese ella.
Estaba decidida a ponerle fin a esta situación para no permitir que me atormentara más. Mi miedo pasó inmediatamente a la rabia. Me enojaba saber que había alterado mi paz, que estaba viviendo la vida que yo tanto amaba en mi casa soñada, y fue a raíz de este pequeña dosis de valor y coraje que seguí el rastro de sangre, el cual me llevó hasta el baño.
Al abrir la puerta, pude percatarme que el ambiente era pesado y brumoso, no había cambiado nada desde aquel día. Me pareció extraño que todo siguiera de la misma manera y el vapor no se hubiese disipado, preferí no darle importancia y me enfoqué en la sangre. Fue fácil encontrar el lugar de donde provenía la sangre; era la ducha. Abrí la cortina de esta y pude observar una mujer desnuda que tenía sus labios azules, su piel pálida grisácea con profundas cortadas en sus muñecas y alrededor de estas sangre seca, observé que el agua seguía cayendo y se llevaba la sangre fresca que emanaba de sus heridas.
Observé detalladamente su cara, grité de dolor y comprendí porque nunca volví a saber de mi padre. Esa mujer era yo.
Gloriana FerCa.
Gloriana Ferlini Cano
Mi nombre es Gloriana Ferlini Cano, pero pueden decirme Glori, soy de Costa Rica y de profesión soy fisioterapeuta especializada en animales. Actualmente no ejerzo, ya que me encuentro en la dulce espera de mi primer bebé, lo cual me tiene muy emocionada.
Me gusta escribir sobre terror, crímen y suspenso sin dejar de lado los temas cotidianos y sensibles que suelen ser ignorados por miedo a hablar de ellos o el tabú existente. También me gusta escribir poesía y romance.
Desde niña me ha gustado mucho leer y escribir; siempre han sido un refugio para mí. Mi sueño es escribir un libro que sea publicado y en el cual ya me encuentro trabajando, mientras tanto subo mis escritos a Wattpad o los guardo en mi libreta como un diario.
Soy fiel creyente de que las palabras sanan el alma y alivian el corazón.
El sabor metálico de la sangre que salpicó en su cara al apuñalar el cuerpo de él 73 veces, siempre iba a estar presente en sus labios y en su recuerdo.
73 veces. La primera en el cuello, preciso y certero. 50 veces en el corazón. 50 veces por cada una que cruzó el límite innombrable con ella. El resto por inercia, por odio, por venganza.
Consuelo recuerda con fuerza la ira al décimo día de no menstruar. Era su semilla germinando, creciendo dentro de ella. Esa semilla le dio fuerzas. Con lágrimas corriendo por dentro de su alma se hizo del cuchillo de la cocina, sin que nadie la notara.
Nadie nunca la veía desde que aquello había empezado. Nadie la veía pues se hacía realidad lo que ellas también habían vivido. Sus hermanas, su madre, su abuela. Invisibles entre ellas.
Escondió el cuchillo bajo su almohada y aguardó.
Ese día amaneció muy caluroso, era martes. Los martes en que quedaba sola, a merced de su verdugo; ese que la acuchillaba por dentro mientras su sudor ácido le caía en los ojos cerrados. El que luego de un gemido asqueroso se iba, dejándola sola, desnuda, ardiendo en las llamas del mismísimo averno.
Fingió estar dormida, como siempre. No rezó, no se persignó, como hacía al principio, cuando aún creía que dios podía salvarla, ¿Cómo no iba a salvarla? Lo decía el padre en misa, lo decía la abuela en el rosario. Ten piedad de nosotros.
El se acomodó encima de ella, tosco, con fuerza. Fingió aferrarse a su almohada como tantas veces. Lo que sigue está borroso, indeleble en la memoria, pero ilegible a sus ojos. La memoria se hace más clara cuando quitó el cuerpo de él, inerte y sudoroso de encima suyo, y sonrió. Se había acabado. Para siempre.
La fuerza de cargar sacos y palear tierra en la finca pagó con creces; levantó el cuerpo en una sábana con facilidad, lo arrastró al patio y con meticuloso afán lo enterró debajo del árbol de mango. Ese árbol donde jugaba con él a atrapar luciérnagas, antes de la pesadilla, antes de que él viera la mujer en ella.
Se bañó largo rato en el río, con un trapo viejo limpió el piso, tiró la sábana manchada en el horno de leña. Esa sábana manchada de sangre, de sudor que ardía en los ojos, de pecado silencioso, de gruñidos asquerosos, de su inocencia perdida.
Por primera vez acarició a la semilla en su vientre, la miró con la ternura de quien perdona a quien nunca tuvo culpa. El sacrificio no-voluntario de su creador le lavó el pecado.
A las seis de la tarde, volvieron ellas. Las invisibles. Todas adivinaron lo que pasó al encontrarla a ella durmiendo plácidamente en calzones en una hamaca. Nadie nunca podía hacer eso sin miedo. Nadie preguntó por él. Nadie lo extrañó.Pero como todo en esa casa, no se hablaba de lo que se podía hacer real.
Esa noche las invisibles se miraron. La abuela les hizo atol, como antes. La madre las peinó antes de dormir, como antes. Las hermanas se acurrucaron en una sola cama, como antes. Ella volvió a dormir, hasta los martes, como antes.
Gabriela Vindas
Gabriela Vindas (Costa Rica).
Estudió Publicidad, Enseñanza del Inglés y algo de Psicología, sin embargo no ejerce ninguna de sus carreras porque la vida toma rumbos a veces misteriosos y lleva los últimos 20 años desempeñandose como líder en una transnacional. Se dice que quiere ser escritora publicada, fue poeta y es ávida lectora. Publicó poesía erótica en La Delta de Venus, cortitos poéticos cotidianos en Taquitos de Queso, ambos blogs personales; y una columna en la revista digital Dele Bimba.
Actualmente escribe relatos cortos de temática oscura y de suspenso en Wattpad, y se encuentra trabajando en lo que sería su primer libro, una novela de realismo llena de personajes con personalidades peculiares y un pasado misterioso.
Encapsuló uno de sus recuerdos en un alhajero plateado que guardó en un pequeño espacio de su reloj inteligente. Marcó la fecha y la hora que le regresarían al momento en que todo comenzó… Se zambulló en el agua, mientras su ropa se iba convirtiendo en un traje de buzo. Nadó hasta las profundidades. Vio una ostra gigante en cuyo interior brillaba un aparato electrónico dorado.
Se aproximó aún más. Lo tomó entre sus manos, apretó un botón y aquello se convirtió en una nave equipada con una lupa grande que le mostraba el universo y todos los multiversos existentes. Revisó con minuciosidad aquella especie de mapa virtual, expandió y achicó los elementos hasta que lo vio. Allí estaba el planeta C22, con su color tornasolado, con sus laberínticos paisajes, sus aguas sanadoras y sus volcanes dormidos. Dio clic sobre él y fue trasladado con la rapidez de un rayo.
Se desintegró la materia en cada agujero negro por el que tuvo que pasar; por instantes fue tan sólo energía vagando por el espacio y sus diversas galaxias. Cuando hubo llegado, todo recobró su forma. Salió de la nave. Su ropaje se transformó una vez más. Recorrió un camino y otro y otro. Ahí donde la neblina se hacía más espesa, se internó. El lugar era casi igual a como lo recordaba. Prendió su reloj, extrajo de él el alhajero y de éste su recuerdo. Lo lanzó hacia el cielo. Éste se desplegó en forma de holograma. Lo tocó y entró en él.
La escena del pasado volvía a ser un presente eterno: Miró los ojos de su padre. Éste se aferraba a la orilla de aquella boca de volcán. Quiso ayudarle. Lo agarró del brazo. Jaló hacia arriba. Ya estaba por sacarlo cuando sintió cimbrarse la tierra. El volcán estaba despertando… Su padre se le soltó de las manos.
Comprendió que aún con toda la tecnología, el destino no se podía cambiar.
Ana Bertha Bardales
Ana Bertha Bardales (México). Licenciada en Letras Iberoamericanas (egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana), es escritora, correctora de estilo, lectora en voz alta, poeta y entrevistadora. También es creadora y administradora de «Letras a contraluz», al igual que creadora y tallerista del Relax Literario, un taller de lectura en voz alta y de escritura creativa. Ha realizado entrevistas a distintas personalidades de diversos ámbitos en sus Tertulias Literarias dentro de su página «Letras a contraluz». Ha sido publicada en diversas revistas digitales, como: Gatomadre Magazine (Colectivo Cultural), Revista Aion, Revista Literaria Monolito, Revista Palapronta, Revista Marabunta, Revista Nocturnario y Revista Vómito de Letras, así como en la plataforma para escritores: Donatexter, y en varias Antologías realizadas por el Colectivo Diversidad Literaria (España). En 2022, fue publicada en la Antología
«Tinta maldita» con su cuento de terror «Luna roja».
A su vez, es conductora de una sección llamada «Galaxia Ana Bertha», la cual forma parte del programa El 🌍 según Søjē Polcæm (España).
Colaboró como redactora y correctora de estilo en los dos primeros números de la Revista Antidogma y únicamente como correctora de estilo en los números 3, 4 y 5 de esta misma revista. Trabajó como Responsable de contenido en el área de Subdirección de Estrategia Digital del INBAL (Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura). En 2022 participó en el Slam Virtual de Poesía realizado por el IFAL, obteniendo el tercer lugar en esta modalidad.
armo soliloquios sobre las tripas de un amanecer soterrado
viendo las ínfulas de un adormecido viandante que se cree rey del asfalto,
desde el cielo nubes negras pintan el horizonte
como disparando pájaros que bailan en la noche,
tripas amordazan la boca del mendigo mientras una mascarada de ingrávidos cuerpos vuelan sobre la calle esperanza
cuando el destino ha olvidado a los curiosos impertinentes que agarran tinieblas sin siquiera recoger tempestades.
la mente,
mi mente,
da vueltas sobre sí misma
y dentro,
una maraña de hilos dorados se quiebra como la voz de un humilde y muerto cantaor.
ya no puede rugir el león desde su cueva mal iluminada,
tampoco comerá la carne
ni beberá la sangre de un cristo desmembrado e inútil.
tras caer en el asfalto
veo la vida
como una montaña rusa
y yo en ella solo puedo observar
a la muerte de cerca.
Christian Nieto Tavira
Nacido en Ricote (Murcia, España) en 1998. Es periodista, crítico literario y redactor en diversos medios de comunicación. Tiene publicados los poemarios «Última Bala» (La Fea Burguesía, 2016), «Canto Desgarrado» (Ediciones en Huida, 2018) y «Apuntes para un futuro caos» (Boria Ediciones, 2020). Organiza muchos recitales, siempre benéficos, porque para él la poesía es un arma social.
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Apoyó su cabeza sobre la mesa, le gustaba hacer eso mientras ordenaba las piezas en el tablero de ajedrez, le daba perspectiva y se sentía como en los viejos tiempos, cuando comandaba tropas y la gente le hacía caso. Siempre jugaba con las negras. Una de las ventajas de dejar la cabeza apoyada en la mesa era que evitaba girarla a cada segundo para ver la puerta que había a sus espaldas. En realidad la habitación era sencilla, casi absurdamente sencilla, blanca y fría. Tenía solo dos puertas: una adelante, a espaldas de quien ocupara la silla de las blancas, y otra detrás de la silla de las negras. Sabía a donde iba cada puerta, pero nunca había abierto la que estaba detrás. La puerta de adelante era negra y tenía un grabado dorado en forma de cono con la punta hacia abajo, con divisiones y garabatos en latín. Los detalles del grabado y las referencias se hacían infinitas a medida que alguien intentaba leerlas, los nombres aparecían y desaparecían, se movían para hacer espacio a los nuevos y se tachaban cuando dejaban de tener significado. Esa era la “entrada” y cada un tiempo alguien la atravesaba, caminaba por la sala, y salía sin prestarle atención. Del otro lado estaba el infierno.
La segunda puerta era a la vez más simple y misteriosa. Era completamente blanca y no tenía ningún detalle. Del otro lado estaba el olvido, la nada, todo aquello que representa las más infinitas contradicciones de la mente humana. La nada existía solo durante el instante que la puerta estaba abierta y dejaba de existir cuando se cerraba. Quien la atravesaba no tenía tiempo para caer en la locura porque, una vez dentro, se fundía en lo inexistente.
Deseaba entrar en la puerta más que nada en el mundo. Su espera se había tornado demasiado larga y monótona. No dormía, no comía, solo pensaba. Tampoco necesitaba comer o dormir, realmente no necesitaba nada, solo que pasara el tiempo y que las personas que faltaban entraran por la puerta negra. El problema es que las personas que faltaban eran muy específicas, la puerta se abría constantemente y la gente pasaba por su lado. Llevaba poco más de dos siglos en ese lugar y había visto personas de todas las culturas salir del infierno y entrar al olvido, vestían ropas de distintos momentos históricos y hablaban lenguas vivas y muertas. Una vez vio algo que parecía un cavernícola y que, según le había explicado Pedro, lo era. “Es el que más ha tardado hasta ahora Luisito, no supo cómo funcionaba todo el tema y se demoró de más” había explicado Pedro cuando le preguntó. No había visto nunca a Pedro, solo conocía su voz y las frases cortas que podía decir. Él trabajaba en la parte superior del edificio, que comenzaba en el piso siguiente al suyo. Se llamaban por teléfono, que era el único otro objeto que había en la sala además de la mesa, las sillas y el juego de ajedrez. No necesitaba marcar ningún número porque solo podía comunicarse con el piso superior. Las conversaciones eran cortas porque Pedro tenía demasiado trabajo. Una vez le preguntó cómo era su oficina y se sorprendió por la similitud de la descripción. El piso superior era igual, la única diferencia era que la puerta que estaba frente al escritorio era blanca y la que estaba a espaldas de Pedro era doble, cada hoja estaba hecha de oro macizo y tenía un grabado blanco que mostraba un cono con la punta hacia arriba. El escritorio, a diferencia de su mesa, solo tenía un conjunto de hojas con nombres anotados. Siempre eran las mismas hojas pero con distintos nombres. Pedro tenía un trabajo muy simple, veía entrar gente y tachaba nombres de la lista, nunca había errores, nunca había preguntas y nadie había intentado jamás no anunciarse o negarse a entrar por las puertas.
Su caso era distinto, él no trabajaba en el edificio, solo tenía que ocupar esa mesa y jugar al ajedrez contra un número finito de personas, las había memorizado y se dedicaba a esperarlas. En realidad nunca aprendió los nombres, solo los sabía. Tal vez eso también formaba parte de su tormento. Su castigo era distinto al de los demás. Por un lado, a él no le tocaba estar en el infierno, se lo habían explicado en una carta cuando había entrado, hacía más de doscientos años: “falta de compatibilidad y/o sobrecarga respecto a los pecados existentes”. Nunca lo entendió del todo. La carta desapareció al segundo día y la recordó nuevamente cuando se dio cuenta de cómo funcionaba su castigo.
Las conversaciones con Pedro le habían dado una noción del proceso infernal. Cada persona que entraba recibía una tarea. Cuando la terminaba, podía subir hasta el primer subsuelo (que era donde se encontraba su sala) y atravesar la puerta del olvido. El infierno era terrible y la gente anhelaba el olvido. Nadie sabía muy bien que pasaba, pero todos coincidían en que no podía ser peor que lo anterior. No tenía idea de cómo se veían los pisos inferiores o los superiores a la sala de Pedro, tampoco le interesaba.
Su castigo estaba muy cerca del fin, solo le quedaba una persona: Jean. No sabía cómo se veía ni si tenía apellido, pero tampoco importaba. Solo sabía que cuando entrara en la sala se sentaría frente a él y jugaría una partida de ajedrez. Durante los últimos años había aprendido a jugar bastante bien y conocía varias técnicas. Sin embargo, cuando jugaba contra alguien siempre perdía. No era una cuestión de habilidad, era puro simbolismo. Su listado mental incluía varios cientos de personas. Habían ido descontándose lentamente, algunas veces venían varios en un día y otras pasaban meses sin que nadie nuevo apareciera. Los recordaba a todos, los cientos de Pierres y Jeanes, y las decenas de Antonietas, Maries y Paulettes. Había jugado con cada uno de ellos y con cada uno de ellos había perdido. Para sus rivales era el último paso de un castigo, para él era solo una interrupción a la espera casi infinita que representaba el suyo.
Ese día estaba un poco más ansioso de lo normal. Unas mañanas antes lo había llamado Pedro y le había dicho “Luis, el último está terminando”. Eso significaba que Jean, el último Jean, estaba terminando su castigo y jugaría contra él en los próximos días. Y luego de eso podría levantarse y entrar por la puerta del olvido.
Esos días, desde la llamada, había pensado mucho en el día de su muerte. Recordó la masa de gente a las afueras de su casa, las miles de personas que insultaban y gritaban. No había sido una buena persona y sabía que merecía el final que recibió. No estaba muy seguro con respecto a su esposa, tal vez a ella se lo podrían haber dejado fácil, pero algo le decía que todos los castigos estaban expertamente diseñados. No la vio luego de ese día, tal vez pasó antes que él por alguna de las puertas o siguiera en alguno de los pisos. Tampoco le importaba demasiado. Sus muertes habían sido sangrientas, su último recuerdo en vida era la vista de esa multitud y el sonido de la hoja al caer. Después nada, solo despertar en la sala con la carta en la mano. No sabía cuánto tiempo había pasado desde su muerte ni qué había pasado con el resto del mundo. Cuando recordaba aquella multitud, podía ver claramente los rostros de las personas con las que jugaría al ajedrez en los años siguientes. Lo odiaban y él los entendía.
Se paró para estirar las piernas sin levantar la cabeza de la mesa y se sentó unos segundos después, había escuchado un ruido. La puerta negra se abrió y entro un muchacho de pelo dorado apagado, vestido con pantalones gastados y una camisa blanca con olor a harina. Se sentó frente a él sin decir palabra. Observó sus dieciséis piezas negras antes de comenzar su última partida. Movió cada uno de los peones y de los caballos y los vio caer. Sintió cierto dolor cuando perdió a su reina, pero no duró demasiado. Las piezas desaparecieron una a una del tablero y perdió la partida nuevamente. El muchacho se paró y salió por la puerta del olvido.
Decidió tomarse unos minutos para guardar el juego aunque no hiciese falta hacerlo. No habría otra partida luego de esa. Pensó en despedirse de Pedro pero lo descartó porque generaría un momento incómodo que no alegraría a ninguno de los dos. Se paró y tomó su cabeza. Abrió la puerta y dio un paso. Se desvaneció mientras pensaba: “Finalmente, jaque mate al Rey”.
Nicolás Vargas Rossi
Nicolás Vargas nació en 1993 en la Provincia de Mendoza, Argentina. Es Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador y escritor. Su obra se centra en cuentos y novelas. Los primeros son publicados semanalmente en internet a través de la red social Medium y generalmente poseen temáticas realistas, costumbristas o fantásticas. Las novelas se encuentran sin publicar y varían entre la ciencia ficción y la fantasía.
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Para celebrar Halloween escribiendo, Ediciones Glasgow lanzamos por Instagram un Concurso de microrrelatos de terror que duró dos semanas y cerró con mucho éxito el 15 de octubre. Con una dinámica de Ganadores por Likes, escritores independientes participaron con sus historias, y la comunidad lectora les dio su voto.
¡Te invitamos a conocer los microrrelatos ganadores y a seguir a los autores en sus cuentas de Instagram! Además, puedes apoyarlos GRATIS compartiendo el enlace de esta publicación en tus redes sociales y con todas tus amistades que aman leer terror.
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La puerta blanca | Juan Diego Gutiérrez
Microrrelato ganador con 117 votos
No sabía por qué estaba caminando en este lugar, solo recuerdo que cuando abrí los ojos se encontraba a la par un sujeto muy sonriente y barbudo dándome la bienvenida.
—Ven, acompáñame, alguien quiere verte —por más extraño que me pareciera, decidí seguirlo, pues generaba confianza.
Las razones y preocupaciones que abundaban en mi cabeza se estaban desvaneciendo, ya daba igual, solamente lo estaba siguiendo. Este lugar era todo blanco y dorado, y la música que se oía mientras caminaba junto al señor era muy… celestial; por una ventana, noté al caminar un jardín bellísimo, me dio un sentimiento de tranquilidad.
Dentro del lugar veía otras puertas, de donde salían personas algo peculiares. La verdad, no sabría cómo describirlas pero, de igual forma que con el señor de prominente barba, me generaron un sentimiento de serenidad.
Dentro del pasillo notaba muchas ventanas, observé cierta cantidad de personas de buen vestir en las afueras del jardín, por lo que concluí que dicho lugar debía ser muy grande. Me pareció extraño, pero vi a alguien que me pareció conocido, pero esto no podría ser cierto porque…
—Ya llegamos, alguien te espera —oí que me decía el señor, provocando que se me fuera el pensamiento. Decido extender el brazo hacia la puerta, soltando una sonrisa, lo que por alguna razón me provocó tranquilidad.
—¿Quién me espera? —le pregunté perpleja ante esa extraña invitación.
—Lo sabrás cuando entres.
No sabía quién se encontraba detrás de esa puerta blanca, pero por alguna razón sentía curiosidad por entrar, solo que cuando pretendí no pude, me empecé a sentir diferente, todo el lugar se revolvía a mi alrededor, volví a ver al señor barbudo, debo reconocer que un poco asustada, empezaba a cerrar los ojos.
—Tranquila, hija mía, vendrás de nuevo cuando estés preparada.
Volví a abrir los ojos, me encontraba postrada en una cama, rodeada de una buena cantidad de doctores, no podía hablar todavía, pero sí me era fácil escucharlos.
—Señorita —dijo el más alto de ellos— soy el doctor Ramírez, debo indicarle que usted sufrió un accidente que la mantuvo muerta por 2 minutos. Para su suerte, logramos estabilizarla, por dicha se encuentra estable.
Aquel día parecía distinto, el aire olía dulce, los pájaros cantaban tristes.
Se preparó como siempre lo hacía, dio un beso a su madre y se marchó hacia la escuela.
En el caminó recordó su vida, pensó en sus familiares, y una última lágrima recorrió su rostro. Este era el punto de no retorno, un oasis de paz entre tanto sufrir… las burlas y el acoso habían destruido su alma.
Cargó su rifle, abrió las puertas del colegio y al fin… les despertó.
Era ella, la mujer más bella. Su piel tan suave como la seda y cabello oscuro como la noche, sus labios de carmín me hicieron soñar con sus besos, con su tacto.
Me miró, y nuestros ojos se encontraron, me sonrió y pude ver entonces su expresión de asombro al observar el puñal en mi mano. Lo intenté, quise perdonarle la vida… pero no pude, era la mujer más bella y tenía que poseerla.
Al pequeño Henry le gustaba caminar por el pueblo y pasó por un viejo parque, de repente escuchó un melodioso canto: Henry, ven a jugar, Henry, ven a jugar.
Henry no veía a nadie en el parque, se sentó en uno de los columpios y empezó a balancearse. Henry se voltea y escucha los demás columpios moverse. No estaba solo, estaba rodeado de muchos niños. Eran los duendes. Henry nunca volvió a casa y su madre aún lo espera en los columpios.
Encerrado en el armario de su habitación el niño escuchaba, se tapaba los oídos, pero de nada servía. Su miedo y ansiedad jamás le dejarían, se sentía solo, triste y rechazado, envuelto entre las sombras, las voces que clamaban por su alma.
—¡O vienes con nosotros o me llevo a nuestro hijo! —dijo la madre, llorando—. ¡Te digo que hay un fantasma en el armario!
El desesperado hombre corría a toda prisa, agitado miraba hacia atrás en busca de aquello que se había llevado a sus amigos. Sus piernas cansadas no podían dar un paso más, el oscuro bosque se le echaba encima. Se secó el sudor de la frente y decidió continuar.
—¡Señor, ayúdame! —exclamó.
Escuchó un sonido agudo, sus tímpanos casi a reventar. Levantó la mirada y pudo ver aquella nave de metal, abrió su compuerta y la luz se lo llevó también.
Abrió los ojos, y lo rodeaba la oscuridad. Respiró aliviado, pues notó que se encontraba acostado. «Una pesadilla» pensó, recordando su fiebre, su dolor, su familia llorando mientras el sacerdote daba las honras fúnebres. Intentó moverse, pero no pudo… aún se encontraba dentro del ataúd.
No veía a sus amigos desde la secundaria y planearon hacer una acampada. Siempre había acampado allí con su familia, le divertía contar historias de miedo alrededor de una hoguera y asustar a algún ingenuo que se uniera. Ya iba a acostarse cuando le llamaron desde afuera de su tienda.
Vio a una niña pequeña, le hacía señas para que la siguiera. Caminaron por el oscuro bosque hasta llegar a un llano escarpado. Al fondo, pudo divisar una osamenta, la niña se había asustado tanto de sus historias que en su ánimo de escapar había quedado perdida entre las sombras.
Era su momento más esperado del día, ponía el agua a calentar para el té y buscaba sus galletas favoritas. Sentada en un extremo de la mesa, parecía estar viviendo una película, mientras unas manos arrugadas la guiaban por recuerdos y memorias antiguas.
Es otra puta mañana en la vida de Harold, otra vez suena pintálo de negro en la radio, y él detesta despertar. Revolea su borcego militar al radiodespertador, y lo calla a la fuerza (voló en mil pedazos).
Es una nueva bella mañana en New York, pero él recuerda como en esta misma fecha, Steve volaba por los aires al pisar esa maldita granada de piso que plantó el Vietcom, en esa aldea en Hanói. Otra vez las remembranzas que alteran su cabeza; Se dirige al baño, moja su cara y espera que todo pasé; pero no! El recuerdo tortura nuevamente su mente.
Toma las pastillas que recetó el doctor Mc Bride; se toma tres comprimidos para anestesiar un poco su dolor. Para olvidar por lo menos por hoy a Vietnam, todos sus horrores; a Hanói y todos sus muertos.
Juan Espinosa
Mi nombre es Juan Paulo Espinosa, escribo desde 1997, estoy en las redes desde el 2012 aproximadamente. Estoy presente en tres redes sociales: en Facebook como El Caminante comunidad, en Wattpad como usuario JPE1918, y por último en Instagram como el_caminante_18 El Caminante de tus sombras. Tanto en Facebook como Instagram tiene contenido de escritos o poemas, y algunos microrrelatos. En Wattpad puede encontrar Cuentos cortos, microrrelatos y algunas poesía eróticas. Por el momento no tengo libro debido a que los costos son sumamente caros e inalcanzables por mi economía del momento. Pero a futuro me gustaría realizar una tira de libros con mis escritos. Mi fuente de inspiración es variable, voy de lo cotidiano a lo social, los microrrelatos dentro de lo que es ficción o a veces en hechos reales.
¡Saludos, comunidad literaria! El día de hoy en el Blog Colaborativo presentamos a Liliana Carvalho, una autora apasionada con su trabajo y que siempre pone en alto la noble intención de transmitir mensajes positivos y un mundo de fantasía para la infancia actual.
De primera mano, ella nos contará acerca de su trayectoria. Más abajo en este post se encuentran los enlaces para la compra de sus libros en las diversas plataformas. Ediciones Glasgow les invitamos a seguirla en sus redes sociales y continuar pendientes de su trabajo.
Además, son libres de expresar su apoyo a la autora escribiendo en la sección de Comentarios, dando Like y Compartiendo esta publicación para que se muestre más en línea. ¡Muchos lectores estarán felices de encontrarse con ella!
Autora Liliana Carvalho Saucedo
Soy Liliana Carvalho Saucedo, autora de historias infantiles y juveniles para toda la familia. Aunque mi carrera profesional ha sido en la investigación científica de animales marinos, mi afición por lo cuentos ha estado presente siempre en mi vida. Comencé a narrar mis primeras historias con el propósito de enseñarles a mis hijos los valores y riesgos de la vida.
Desde hace pocos años empecé a publicar estas historias para compartirlas con todos aquellos que disfruten de la fantasía. Mi primer libro publicado fue la primera parte de una saga juvenil titulada Thubán, Ateneo de dragones, de la cual ya está disponible la parte II, Thubán, Ateneo de dragones: La defensa, ambas en Amazon. Mi más reciente libro publicado es para niños y se titula ¿De quién es el ombligo?
Creo y busco un futuro donde nuestros jóvenes sean conscientes de sus acciones y buenas personas. Por ello, mis historias contienen mensajes que espero dejen buenos valores en tus hijos. Con este mismo propósito, tengo un proyecto con un enfoque educativo llamado ¡Hola, soy Techita! en mi canal de YouTube Los cuentos de Lilics, que es completamente gratuito, donde también puedes informarte más de mis libros.
Me encantará que me busques en mi perfil de autor en Amazon, Instagram, Facebook y mi Canal de YouTube.
¡Este libro es ideal para motivar a tu pequeño a la lectura! Es divertido, con un mensaje de ser respetuoso y no decir malas palabras, además, casi sin darse cuenta, tu pequeño incrementará su vocabulario. ¡Disfrútalo en familia!
¿Alguna vez se te ha perdido el ombligo…?
Pues el pequeño Maximino, de paseo por la playa, hará un gran descubrimiento que lo llevará a buscar entre sus amigos del mar al dueño de un extraño ombligo. Acompáñalo en esta curiosa aventura.
*Este cuento divertido motiva a tus niños al uso de buenos modales. Además, cuenta con lindas ilustraciones.
En una época muy lejana, cuando las leyendas de dragones eran narradas por los juglares, existió Thubán, un mágico ateneo de dragones.
Ahí, el pequeño Ádilon debe aprender el significado de ser un verdadero dragón mágico armándose de sabiduría. Al mismo tiempo ansía la llegada de su padre, quien antes de su nacimiento, ha tenido que emprender una riesgosa expedición para proteger a los Thubaneses de un peligro que atenta contra sus vidas. Nadie sabe si aún con sus mágicos poderes lograrán salvar el ateneo de ese iracundo enemigo que se aproxima.
La novela cuenta con 12 mágicos capítulos que podrás contar día a día a tus pequeños. Además incluye dibujos con los que te muestro fragmentos de este mundo mágico. Esta historia está pensada para ti y tus hijos, deseo que mis pequeños dragones te hagan pasar mágicos momentos en familia.
Las circunstancias han orillado a los dragones a enfrentar el peligro inminente. Para sobrevivir, deberán luchar, aún en contra de su pacífica naturaleza.
El enemigo comienza a ganar terreno, se aproxima cada vez más y solamente cuentan con unos cuantos días para planear su gran defensa.
Pero no todo está perdido, los dragones han ganado un aliado inesperado y se han unido más que nunca. La hora ha llegado para que los thubaneses revelen su verdadero poder.