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Relato del autor José Miguel Rincón Benítez | La Ráksasa

En los engendros persuasivos de la pasión, la cordura pierde su voz ante el desenfreno inmisericorde de la insatisfacción, emprendiendo deleznables y aberrantes acciones, donde la sombra del deseo hace mella en el fauto amor y, por ende, transforma al hombre más ingenuo y dadivoso en el
recipiente expiatorio de dantescos holocaustos.

Mi adoración por mi amada Amapurna nunca será saldada con las incalculables ofrendas e insuficientes dotes que cualquier miserable mortal pudiese costear en el agotador suplicio de sus laboriosas manos. Su muerte, acaecida ante el inclemente paso de un brote de cólera, dejó una fosa profunda en mi alma, y a pesar de mis paupérrimos ingresos y la precaria y aborrecida condición de no-tocable con la cual giraré mi infortunada existencia, mis deudores acordaron correr con los preparativos para llevar la preciada mortaja de mi Amapurna a los escaldados peldaños para su posterior cremación.

Escaso decir la razón perdió en mí el alba de su propósito. Mis abluciones ceremoniales y las incumplidas promesas de mis amadas divinidades enajenaron el derecho de mi felicidad. Amapurna ya no estaba.

Ningún sendero me llevaría a volver a sentir su aroma a duraznos recién cosechados, su voluptuoso y azabache cuerpo ya no estará recostado en nuestro lecho nupcial, aún fragante con el ordeño vespertino de nuestros raquíticos bueyes, ni sentiré sus enriquecidos labios almizclados de jenjibre añejado y miel tostada. Vagué… porque mi vida ya estaba muerta sin ella. Y la noche me depredaría a costa de mi dolor.

La tiniebla era espesa, y la fetidez imperante de todos los difuntos no causó ningun atavío a mi solitario y enlutado peregrinaje en el inmenso follaje de la agitada selva. Los troncos se erguían siniestros como titánicas columnas, donde los macacos maullaban frenéticos con mi atolondrada presencia, y sus ojos como ascuas seguían vigilantes el derrotero de mi fúnebre perdición. El río corría infalible con la complicidad sombría de aves rapaces, a lo lejos varias piras humeantes e improvisadas chozas se dispersaban en la larga desembocadura del caudal. Mientras mis pasos se adentraban entre los espesos helechos de envueltos anatemas, divisé entre la concavidad de unas retorcidas palmeras que daban la impresión de formar un umbral, envueltas con tiras carmesí y envilecidas con los despojos de osamentas, estaba en presencia de un escuálido Sadhú quien venía inhalando un chílam con humeante Kush mientras yacía recostado en la piel desollada de un envejecido tigre. Indiferente a su presencia, no tenía ningún aditivo para aborrecer su repudiable condición: soy igual de repudiable como el estiercol. Mi amada Amapurna era la única rosa que adoraba, y la pira consumió sin miramientos su belleza. Y repentinamente, el excéntrico Sadhú profirió una desvencijada carcajada, sacándome de mi lagrimeante mutismo e inflamando mi herido orgullo:

—¡¿Qué gracía te causa mi pesar, despreciable animal?!
—Aquella que todavía puedes abrazar sin miramientos.
—¿Qué es lo que quieres? No tengo tiempo para tus sandeces.
—Querrás decir “qué es lo que realmente quiero”, mi apesumbrado viudo. No todos los enajenados de su mujer por designio de los dioses llevan sus mortajas invisibles a este basurero de naturaleza despreciable. Y veo que las cenizas de tu amada aún carcomen vuestro corazón con el vívido recuerdo de sus nupcias.
—No te atrevas a blasfemar sobre mi preciada mujer con tus acertijos de santo sucio. ¿Quieres rupias?, ¡helas aquí!, estas míseras dádivas no saldarán mi porvenir ni tu labor de pedigüeño.
—¿Qué tal si te dijera que puedo hacer que tu amada Amapurna vuelva a consumar su eterno amor contigo?

Mi fuero interno osó forzar al Sadhú a una clara explicación de cómo sabía su nombre: mi sangre hervía de estrepitosa furia ante su insolente revelación, y el repulsivo ermitaño, con un dejo de malevolencia bendita, profirió su ensalmada propuesta:

—No deseo nada a cambio de lo que puedo concederte, mi caridad no obedece a enmendar mis pecados, sino que es un ofrecimiento para que tu sufrimiento cese, y el amor de tu amada vuelva a saciarse por entero.
—¡Esto es una burla!
—Si nos llaman come-muertos las lenguas malhabidas, ¡imagina qué otras cosas nos llamarán ante lo que voy a hacer por usted, enlutado esposo!
—Habla… ¿qué hay que hacer para acabar con tu jugarreta?
—Usa la calavera de tu amada como cuenca para recoger lo que quedó de sus cenizas. Tráela, y verás que incluso los dioses no interpondrán ningún reproche para que vuelvas a abrazar a tu mujer.

Atolondrado por su petición, mi solo propósito de volver a retozar en los brazos de mi amada Amapurna avivó la flama de mi ímpetu. Cometí la execrable tarea como me lo pidió el excéntrico Sadhú, con el acongojado sufrimiento de que atentaría contra la ley de los dioses, pero eso no importaba ahora. Solo quería volver a besar y abrazar a mi amada Amapurna. El Sadhú, difumando su fantasmagórica oración a aquel cuyo poderío ponía a la muerte a su merced, se limitó a amasar su oficio de hacedor siniestro. La fragancia de Kush y difunta putrefacción ambientaban el ensalmado ritual de nigromancía. Y al terminar, mi corazón latía de furia al no ver a mi amada en carne y hueso, ante lo cual el maldito santo exclamó:

—Si te preguntas por qué tu mujer no apareció aquí, es porque ella te espera en tu humilde choza, aguardando el lecho para tu recibimiento.
—Espero que no sea una burla, porque si no, volveré a despojarte de tus ojos con mis propias manos.
—No será necesario, tu amada Amapurna ansía saciarse de tu amor.

Corrí como una fiera salvaje, atravesando la execrable jungla, mi corazón batía para llegar pronto a mi hogar. ¿Me habrá timado ese engendro de asceta? ¡Las luces de mi choza estaban encendidas, no puede ser! ¡¡Amapurna… Amapurna… estaba ahí… con vida!!

—Mi amado, ¿dónde estabas?, te ansiaba tanto. No puedo vivir sin tí.

Estaba más bella que nunca, y anonadado con su belleza, me entregué en su regazo llorando de alegría y frenesí. Ella me estaba acariciando sin cesar, su cuerpo emanaba los perfumes de nuestra entrega. Era mía nuevamente. Sus ojos tiernos y negros como la noche me estrujaban el alma por su amor.

—Mi amado esposo, no quiero que me dejes de nuevo.
—Jamás, mi preciosa Amapurna, jamás me apartaré de tí.

Me abrazó con una fuerza descomunal, y de sus satinadas manos afloraron las filosas zarpas de una pantera hambrienta… Mi cuerpo estaba siendo desgarrado y mancillado en frenético clímax.

No me importó, sus últimos besos arrancaron los despojos de mi degollado cuello, y la sangre brotó como una fuente inagotable de tendones y vísceras desperdigadas. Verla digerir mis entrañas me llevó al paroxismo del Nirvana, porque mi amada Amapurna renació de sus cenizas por obra y gracia de mi sacrilegio, y volvió como una lujuriosa demonio para inmolarse en mi carne.

Y nuestro humilde hogar ardió furiosamente, en el silencio demencial de la noche.

José Miguel Rincón Benitez
3 de Marzo de 2022

José Miguel Rincón Benítez

Cuyo seudónimo es «José de Noche», nace en la ciudad de Maracaibo, Venezuela, 1984. Un día jueves 15 de Noviembre. Es Ingeniero de Sistemas del Instituto Universitario Politécnico Santiago Mariño y fue docente enlace universitario del Colegio Universitario de Caracas y la Universidad Autónoma Rafael María Baralt.

Fue miembro del Círculo Literario de Cabimas, adscrito a la Asociación de Escritores del Estado Zulia (2004), invitado en diversas tertulias poéticas en la Asociación Casa de la Poesía, y actualmente es miembro titular honorífico del Centro de Escritores Zulianos desde el 2021, siendo partícipe de múltiples actividades de índole poética.

José ha participado en diversas publicaciones y antologías poéticas, entre ellas Esfigie de Tinta (2005), siendo su participación debut en conjunto con los escritores del Círculo Literario de Cabimas, Antología Casa de la Poesía (2010), Revista Literaria la Noche de las Letras – 2da Edición (2011), y Santuario Nocturno – Memorias del Nocturno Dolor (2012).

A su vez posee algunas obras de poesía de carácter inéditas, siendo estas: «Trigémino con Moccacino», «Velos de mi Mar, Sombra de mi Luna», y un poemario sin título.

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Revista Literaria y Poética La noche de las Letras

Poema de la autora Natalia Aramburu

Alguien
me dijo que hablo con mi reflejo
en mi espejo escribo mi poema,
Dejo plasmado en letras
así se convierte en tema.
Mis versos se abren para mi otro yo,
Este me mira con atención,
en el papel me veo tal cual soy,
Sin ninguna clase de corrección.
Mis pensamientos, mis sueños, mi dolor,
Mis miedos, mis alegrías, mi pasión,
Cuando escribo, se hace mi conexión.

Natalia Aramburu

Escritora argentina en Trelew, Chubut. Me considero receptiva, me gusta escuchar a las personas y ayudar en lo que esté a mi alcance. Amo leer, me adapto a las situaciones y soy frontal. Prefiero siempre decir lo que pienso.

Aspiro a que la gente se sienta identificada con mis poemas, que comprenda los mensajes que doy en ellos y que entiendan que, si yo pude, ellos también pueden.

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Relato del autor Joan Manuel Valbuena | La suma de tus miedos

El miedo ha huido desde la vergonzosa y desesperanzadora oportunidad de sentirse amado. Su ilusión ha sido negada y abnegada por que ha sido el más desentendido del mundo mundial. El miedo no nació en las pléyades, no llegó con los anunnakis o con el hoyo negro del caos en el universo, no llegó con la mano de Dios o los mitos griegos; el miedo no se formó en un cubo infinito, no nació, se reprodujo y murió, no, el miedo no llegó en el meteoro que destruyó a los dinosaurios, no lo mandaron de Narnia o lo exiliaron de Asgard.

No, no señores ni señoritas, el miedo solo está ahí en medio de lo eterno y lo invisible, entre la muerte y su hoz, entre Afrodita y sus caderas se coló, entre la esfera de la tierra, si esta es redonda o plana, o si solo está en el cosmos. Pero NO, no lo trajeron los elfos mágicos o los nomos o hadas, no lo inventaron los hobbits o enanos, no lo crearon los primeros humanos o seres de luz, no lo consagraron los halados o los negados…

NO, señores ni señoras, no, niños o niñas, el miedo es una conformación mágica del desasosiego del fuego y las cenizas de quien ya no está, el miedo existe en la realidad en el microsegundo que se dualiza sin pena ni gloria, y aun cuando lo juzgan y lo hieren, sin saber por qué o cómo, lo asesinan y lo frustran, lo desvalijan y condenan repetidamente en cada siglo, en cada época fue exiliado como en el oscurantismo, aun con el Renacimiento, no tuvo paz. Lo bailan en los tabúes de los que sueñan despiertos y lo atañen al siniestro momento de la verdad del ser. Lo crucifican mil veces más que al buen Jesús, y late fuerte como Hitler en su moralidad.

La verdad no los hará libres, porque el mundo teme al miedo y a su antónimo, la bondad; aquella que se posa y mofa del ser, del humanismo poseído por creencias condicionadas por los antecesores del conductismo o la prosa negra que sangra petróleo y finge ante el humor. El miedo suma instantes que ruegan silencios, que frenan el hambre de quien conquista y de quien muere respirando desordenadamente. El miedo es de quien se ahoga en su saliva de ego fino y entre orgullo y culpa fingida solo infringe un teatro desmenuzado por su victimismo.

El miedo ha conectado por aires de sombras que se bañan de marineros y sirenas, un combo que se estrella en los pinches tiranos que asechan los egos de los más poderosos y desafiantes borrachos de miel y flor picante. El miedo erupciona entre sombras de vampiros albinos, y monjas en rojo telón. Su impresión no es de gordo o delgado, de fea o bella, de hombre o mujer, no es hetero, homo, bi, pan, asexual o gay, no es rojo, negro, blanco o miel, carbón, jazmín, cobalto o alelí, no es de oro, plata, esmeralda, rubí o zafiro, solo es precioso, y aunque asusta, les diré que solo teme y huye como presa ahuyentada al ser abatida, esperando su muerte por toda la eternidad y con un purgatorio infinito colgando en su sed insaciado y en su juventud de alma envejecida.

El miedo esta tatuado con agua en pieles secas y sus llagas perforan presentes, generando ese tartamudeo excepcional de música gregoriana roncando entre tumbas templarias que asedian milongas y tangos, cumbias y bambucos, vallenatos y calipsos, perdidos, solos e idos al vacío del fin del mundo, allá en la Antártida donde no entra nada, donde no sabemos nada, donde no encontramos nada, donde el miedo es nada.

El miedo, les digo, es un testigo creado por el impulso de la amígdala cerebral que acrecienta temores y nos hace correr desnudos pero vacíos, de nuestra pena y congoja por el sereno producido que nos crece en el orgullo. Es una fábula de pícaras asonantes que se distraen con triptongos ebrios de vodka y caña, sus palabras enmudecen el silencio al filo de cenizas que nadan con mariposas y espinas, navegando entre sangres calvas sin rimas.

Lo odiamos, lo arrinconamos en un triángulo isósceles de psicópatas que migran entre eras bisiestas, tragando muertes en trozos achocolatadas que riegan arpías lepras en sus pieles ajenas. Lo marcamos con la flecha robada de Cupido, escupimos sus prendas y una vez más desatamos el Big Bang del último puesto de los músicos olvidades, aquellos de la generación del 27, donde el miedo fue protagonista y tambien el antagonista, allí donde las artes y la filosofía de Aristóteles dudaron por Sócrates y envidiaron a Platón, donde las cruzadas protegieron al miedo por temor a una creencia y religión.

El miedo progresivo o alternativo, libre o preso, siempre fue munición de cada era y su fusión de emociones rompe el trueno que abre la luz del Vaticano, no por su grandeza o riqueza, sino por la diosa del inframundo que da su nombre hasta el luto que nadie sabe. El miedo goza momentos cuando la confusión llega a las mentes lentas, pero luego entra en el insomnio de las décadas sinvergüenza y el ocaso de vino tinto que es bebido sin parar, que alcoholiza a sobrios y envenena como romanos a sus emperadores con odio.

El miedo, amigos míos, es solo la pureza en una transparencia de hielo gelatinoso que, aunque borroso, ronca los gritos perdidos de sus enemigos, aquellos que han sabido vanagloriarse de su locura y su vanidad. De ese estilo de fuerza absurda que usan los críticos para negar la huella de vida y podrir el tiempo que ya jamás, para el miedo, terminará. Somos el virus que convive con el miedo en la paradoja de nuestro existir, eterno infante de risa nunca vista, ha sido intimidado hasta los huesos que no le encallan, porque su carne no es real, no como la de los dioses griegos o como la del libertador, no como la carne de matadero los domingos en la plaza, o como los plutarcos insaciables de gula al atardecer…

El miedo, les digo, solo es miedo, un nombre, pero no de erudito o político, de filántropo o abogado, NO, solo es un nombre que aplaudimos para defender nuestra razón y errores infinitos que repetimos y combatimos por la gloria de aquellos intereses que se ciegan entre lazos de fuego que queman el ser impuro y que, tras regresiones y guerras olvidadas, sigue su curso infeliz y como zombie pordiosero su hambre de oro perturba las mil y una noches en la estrellada de van Gogh. El miedo está aquí y ahora, está lleno de ti y de mí, y de todos los fusileros que nos disparan sin parar.

Miedo hoy, mañana y siempre, desde el fin del mundo y hasta la encerrona de la cuarta dimensión será el destino o el camino para cada uno de nuestro destiempo.

Joan Manuel Valbuena

Poeta y escritor colombiano, amante de las letras, la psique y las buenas vibraciones. Ha participado en más de 15 libros de poesía y microrrelatos, siendo finalista en los últimos 7 tomos, donde ha abarcado temas de ciencia ficción, thriller psicológico, policíaco, entre otros.

Escritor del libro Oda a la tristeza, editado por Ediciones Glasgow, y entre su próximos proyectos vienen una novela, un libro de poesía y microrrelatos.

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Poema del autor Luca Cáceres | No soy Borges

Quisiera escribir pero me voy quedando sin palabras.
Borges decía que Jorge Luis sufría 
para que Borges escriba. 
Yo no creo ser así. 
Mis dolores van y vienen y yo sigo mudo. Manco. Estupido. 
Yo no soy Borges.
Capaz de hacer belleza de la mundanidad de los días.
Capaz de crear arte de la tristeza y la melancolía.
Garcia Marquez no tenía cinco centavos para comprar su primer cuento.
Yo no tengo cinco mil para comprarme un par de zapatillas.
La música suena pero a nadie le importa.
Yo no soy Garcia Marquez.
Pero soy acaso igual de pobre.
Ambos vivimos en residencias.
Y nos huimos de la política.
Hasta que la injusticia nos pisó la puerta.
Y tuvimos que mirar.
Cortazar inventó el punto de quiebre que aún no domino
Y creo cuentos que se entendían acaso menos de lo que mi cerebro es capaz de procesar
Y a mi no me salen las palabras
Porque yo no soy Cortazar
La hoja en blanco me persigue
Los tres me miran desde la biblioteca
Cáceres escribe desde que aprendió a sostener el lápiz
Y alguna vez ha hecho emocionar a algún despistado
Que iba a cenar y lo terminó escuchando.
Cáceres va a publicar su primer libro con algunas poesías que le costó años descubrir
Y yo soy Cáceres
Pero me siento acaso tan lejano a él
Y a sus palabras torpes
Y a sus rimas tontas
Y a su libro a punto de ser publicado
Y a sus dolores de la infancia
Y a su ropa sucia
Y a los cinco mil pesos que le faltan
Para comprarse un par de zapatillas.

Luca Cáceres

Luca Cáceres es un escritor argentino de 24 años, oriundo de el partido de La Matanza, en la provincia de Buenos Aires. Sus primeras participaciones en el mundo de la literatura fueron de la mano de la editorial independiente Dunken, donde entre los 16 y 18 años público 8 cuentos en diferentes antologías, entre ellos «Ángel», «Aquí donde el viento arrastra las cenizas», «Funeral», «Aeropuerto», «Balcón de Buenos Aires», entre otros. 

Su pasión por la escritura data desde su más temprana infancia, y su deseo más grande es convertirse en profesional y bañar de letras el mundo. Su primer paso será este año con la publicación de su poemario «Poesia Matancera», una oda a su hogar de la infancia y a los dolores que conlleva nacer, crecer y criarse en una villa bonaerense. 

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Relato del autor Randy González Montero | La noche infinita

Relato del autor Randy González Montero | La noche infinita

Sentado frente a su computador, Dylan bebía una taza de café, esa noche iba a resultar más larga de lo que esperaba. Debía tener listo un proyecto de software que venía desarrollando desde hace unos meses atrás.

Dylan vivía solo, difícilmente se le veía conversar con alguien o recibir visitas que no fuesen por asuntos de negocios. Simplemente no era una persona muy social, vivía en su mundo sin interesarse en nada más.

Era una noche particularmente silenciosa, irónicamente eso le causaba algo de ansiedad y le estaba resultando difícil concentrarse, así que decidió salir de su departamento a fumarse un cigarrillo.

Llenó su taza de café, tomó el viejo y desteñido abrigo azul que se encontraba en el sofá de la pequeña sala, lanzó una mirada al reloj de pared, eran la una y once minutos de la madrugada.

Al salir cerró la puerta y bajó las escaleras hasta encontrarse a nivel del suelo, una brisa fría soplaba levemente aunque por momentos se intensificaba, colocó la taza de café ya casi frio sobre un pequeño muro junto a las gradas y sacó el paquete de cigarrillos. Intentó unas tres veces encender uno, pero el viento apagaba el fuego del encendedor. Respiró profundamente y miró el pequeño parque que quedaba cruzando la calle, justo al frente de su departamento, el lugar vagamente iluminado pasaba vacío la mayor parte del tiempo, ya los niños casi ni salían, la tecnología poco a poco había aislado a la humanidad y él sabía que era uno de esos seres aislados y solitarios. Pero de algún modo eso lo hacía sentir bien.

Finalmente encendió el cigarrillo mientras observaba a su alrededor tratando de relajarse para regresar y continuar su labor. Aún seguía percibiendo algo distinto en esa fría noche, pues por más tarde que fuese siempre se escuchaba algún ruido de un vehículo a lo lejos, alguno que otro ladrido de los perros en las casas de los alrededores, pero no, esa noche parecía detenida en el tiempo, era como si el universo se hubiera detenido, como si alguien le hubiese dado al botón de pausa universal y solo él fuese el testigo.

Tomó la taza de café y bebió un último y helado sorbo, mientras se cuestionaba muchos aspectos de su vida. Una extraña sensación de escalofrió le recorrió el cuerpo al pensar sobre ello, ¿realmente estaba viviendo, o solo existía de manera mecánica? Por primera vez sintió algo en su interior, un sentimiento de vacío que le heló la piel.

Un ruido extraño como chirrido metálico irrumpió de repente, sobresaltándolo y sacándolo de sus profundos pensamientos a una realidad a la que no parecía pertenecer.

Arrojó su cigarrillo y dio largos pasos hasta llegar a la malla del pequeño parque mientras miraba en todas direcciones buscando la procedencia del extraño ruido.

El ruido se mantenía fluctuante, como ondas que se acercaban y se alejaban mientras viajaban por lo largo y ancho de la atmósfera.

Comenzó a creer que su mente le estaba jugando una mala pasada, que la falta de sueño era la causante, se sintió desprotegido ahí afuera, nadie en el lugar parecía percatarse del ruido que surcaba los cielos de esa madrugada.

Decidió ingresar a la seguridad que le trasmitía su apartamento, a su mundo, a su mentira de vida y mientras subía por las gradas el sonido se apagó de la misma manera en que había surgido, sin explicación aparente. Al llegar al descanso, echó un último vistazo hacia la vacía calle y cerró la puerta. Su mundo volvía a estar en calma, al menos eso creía.

Se quitó el abrigo y lo lanzó al sofá, recordó que había dejado la taza en el muro, pero estaba convencido de que no saldría más esa noche.

Un sonido comenzó a surgir de su habitación, era el golpeteo de las teclas de su computador como si alguien lo estuviese usando.

—¿Pero qué sucede? —Se preguntó en voz alta, mientras caminaba hacia su habitación obligándose a averiguar que estaba ocurriendo.

Se asomó con sigilo, miró la silla vacía, pero sobre el escritorio las teclas se movían como si alguien las estuviera presionando, notó que la taza de café también se encontraba junto al teclado, saciando su curiosidad lentamente se fue acercando. Contradictoriamente a la situación, Dylan no sintió temor y conforme se aproximaba pudo verse a sí mismo allí sentado, su silueta descolorida se movía como una película frente a sus ojos, era él presionando las teclas sin apartar la mirada del monitor repleto de códigos.

Una y once de la madrugada, Dylan deja su computador, toma el abrigo del sofá y mira el reloj en la pared justo antes de salir a fumar un cigarrillo con su taza preferida, sin saber que la mañana nunca llegaría, que su pequeño mundo giraba en un círculo bajo esa noche infinita que sus miedos le impedían abandonar…

Randy González Montero

Es un escritor y autor costarricense, reconocido por su habilidad para crear relatos de ciencia ficción, misterio, suspenso.

Su primera novela, Geonovo, es un ejemplo de su talento para imaginar mundos futuristas, personajes y tramas sorprendentes. A través de su narrativa, Randy es capaz de llevar al lector en un viaje emocionante y lleno de giros inesperados que lo mantienen pegado a las páginas hasta el desenlace final.

Además de su destreza como escritor, Randy se distingue por ilustrar cada relato con un estilo personal que le da una identidad única y los hace aún más atractivos para el lector. En resumen, Randy es un escritor talentoso, creativo y con una voz propia en la literatura contemporánea. Sus relatos son una muestra de su habilidad para llevar al lector a lugares insospechados y para mantenerlo en vilo hasta el final. Sin duda, un autor costarricense que vale la pena seguir de cerca.

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Relato del autor Christian Nieto Tavira | El ser que acecha

La emoción más antigua y más fuerte de la humanidad es el miedo,
y el miedo más antiguo y fuerte es el miedo a lo desconocido.

H. P. Lovecraft

Entre los muchos documentos de un querido amigo bibliotecario de Buenos Aires, encontré un manuscrito ignoto, de apariencia antigua y en inglés. Mi propio amigo pretendía malvenderlo en una feria de libros y me decidí a comprarlo por poco menos de 700 pesos.

Las palabras que transcribo son las del autor que escribió a mano el texto y Dios me libre de quitar o poner una coma a lo que dice. Ojalá ustedes, admirados lectores, no se vean nunca en la tesitura de lo que el escritor cuenta ni los horrores a los que sucumbió.

***

Cuando escribo esto, mi amadísimo lector, es el año 1910 y tengo veinte años. He publicado ya muchos textos, seguro que mi nombre es conocido por ti, pero prefiero que me conozca como el humilde Narrador.

Aunque lo parezca, no está en mi naturaleza hacer de Virgilio para darle un paseo por el Infierno. Puede creer o no en lo que le voy a pasar a contar pero, por favor, no olviden esta noche tenerme en sus oraciones por si mi alma ya estuviera condenada. Si Dios no se apiada de un mortal, que al menos lo hagan sus congéneres.

Verán, siempre fui un joven apocado y tímido. Ya mi madre me decía que no estuviera con otros niños y menos aún con desconocidos. Pero todo cambió cuando en la universidad conocí a John, el que vendría a cambiar toda mi vida.

Al entrar en la Facultad, solo pude fijarme en sus ojos negros y un fuerte olor a rosas muertas que le acompañaba allá donde estaba. Teníamos la misma edad, similar altura y a mí, que en ese momento no hablaba con nadie, me sonrió.

—¿La mesa está ocupada?
—Por supuesto que no.

Se sentó a mi lado y me habló de cómo venía del mar, el barco del que se había bajado con sus padres y que había recorrido muchas tierras durante sus viajes.

Hablaba con la voz de quien todo lo sabe y sus ojos, negros como el alquitrán, habían visto las mayores maravillas del mundo, de Oriente a Occidente, habiendo recalado por varias temporadas en el Viejo Mundo. También había conocido el amor en París y en Roma.

Tras estudiar, nuestras tardes tomaban lugar en una taberna, donde Edgar, Robert o August recitaban versos de Whitman y, en fechas muy señaladas, contaban cuentos de aparecidos, ahorcados y sueños en casas de brujas. John les observaba anonadado y aplaudía cada intervención.

Ayer todo eso cambió cuando me acompañó a casa.

—Esta noche te veo más guapo que de costumbre, ¿te importaría que subiera un rato?

No pude decirle que no porque su mirada era arrebatadora y cada frase me envenenaba en lo más profundo, tenía ese nosequé que me hacía querer saber mucho más de él.

Al ver mi escritorio, acarició los lomos de algunos desvencijados tomos y alabó las vistas de Providence desde mi ventana.

El beso entre ambos no tardó en llegar y sobre el colchón le acaricié el rostro. Nunca había tenido a alguien tan cerca y lo que no me extrañó fue su falta de latidos, como si no hubiera corazón entre las paredes.

Sus manos estaban frías pero ni la chimenea más hogareña podía haberme dado más calor en ese momento. Al cerrar los ojos lo vi claro.

Hay una montaña sagrada y sobre ella un templo en el que no se reza y cada virgen llora sangre. Veo también luces en la noche y oigo graznidos de cuervo. No sé cómo he subido hasta la cumbre y quien me mira es John. O no. No puedo aceptar que sea él porque tiene tentáculos y unos ojos blancos como la leche.

—Te esperé mucho hasta conocerte. Te dije aquel día que vine del mar y todo lo que he visto es real. Este empiezo a ser yo.

No puedo verle ni siquiera las piernas y justo antes de proferir un grito me tapa la cara con uno de los tentáculos hasta elevarme.

—Tengo muchos nombres y ninguno me corresponde. En el futuro alguien tecleará estas palabras. Los del presente me llaman muerte, ¿mis adoradores? El GRANDE.

Y los sacerdotes salen de no se sabe dónde y se postran sobre lo que antes era un cuerpo humano y ahora es… no puedo definirlo del horror que causa. Ni siquiera habla ya pero en mi cabeza su voz retumba.

—¡Hoy volveré a R’lyeh!

Cantan los sacerdotes y consigo desembarazarme de la bestia como puedo.

Recordarás siempre mi nombre aunque no lo puedas pronunciar, sabrás que te miro incluso si no me ves, que estoy acechando desde tu umbral. Corre y cuenta lo que sabes de mí, Howard.

***

Desperté en mi habitación esta misma mañana y nada sabían en la Facultad de que un joven llamado John fuera a clase conmigo. August en la taberna me insistió que estuve solo en la mesa viéndoles siempre recitar pero sé que no soy un mentiroso ni me he imaginado nada.

Sé que John fue tan real como lo eres tú, querido lector, y confío en tu inteligencia para encontrar verdad a mis palabras. No sé qué clase de culto vi ni si estuve con el mismísimo Diablo pero te juro que esta noche, en mi habitación, junto a mi cama huelo las rosas muertas y un charco de agua en el suelo me indica que está junto a mí EL SER QUE ACECHA.

Dedicado a Edgar Allan Poe, Robert E. Howard, August Derleth y, por supuesto, Howard Phillips Lovecraft. Creadores de sueños y pesadillas.

Christian Nieto Tavira

Nacido en Ricote (Murcia, España) en 1998. Es periodista, crítico literario y redactor en diversos medios de comunicación. Tiene publicados los poemarios «Última Bala» (La Fea Burguesía, 2016), «Canto Desgarrado» (Ediciones en Huida, 2018) y «Apuntes para un futuro caos» (Boria Ediciones, 2020). Organiza muchos recitales, siempre benéficos, porque para él la poesía es un arma social.

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Relato del autor Nicolás Vargas Rossi | El último deshielo de Eugenio

Me atrapé de nuevo mirando sin ver la corriente de agua que iba calle abajo por la Acequias. No era la primera vez que pasaba. En los últimos años, por lo menos desde que recuerdo, mi mente ha buscado momentos de liberación. Por lo general se decanta por observar los detalles más puros de la naturaleza que nos ofrece esta ciudad. Para quien no la conozca, mi ciudad es un lugar bellísimo, lleno de árboles frondosos que adornan todas las calles, de cielo amplio y celeste por el día e innecesariamente estrellado por las noches. Creo que por sobre todas las cosas, los pequeños detalles que encierra este lugar son lo que lo hacen tan maravilloso. Hay uno, particularmente, que he admirado desde pequeño: las acequias al costado de cada vereda. Para quienes no lo sepan, las acequias son canaletas situadas entre la vereda y la calle, su profundidad y ancho varían según el caudal de agua que deban llevar. Están pensadas para transportar el agua del deshielo que baja desde la montaña. Aquella tarde que me encontré nuevamente observándolas, recordé que era la tercera vez esa semana que repetía esa misma situación.

El traje me incomodaba, era caluroso en cualquier punto del año y maldecía cualquier posición en la que pudiera colocar mi corbata. Después de acomodarla por tercera vez fue cuando me di cuenta de que estaba absorto observando cómo el agua corría calle abajo. La mayoría de las acequias estaban parcialmente cubiertas por puentes y veredas. En los últimos años, los gobiernos de cada localidad habían comenzado a poner rejas metálicas sobre los pocos huecos que quedaban sin cubrir. Creo que nunca supieron el gran crimen que estaban cometiendo contra la niñez. Contemplar el agua me remite constantemente a mi niñez, a mi barrio y a Eugenio.

El grupo de amigos de mi barrio estaba constituido exclusivamente por varones. No era por algún motivo en particular que no permitieramos mujeres en nuestro grupo, sino que el destino había querido que ninguna de las jóvenes parejas del barrio tuviera hijas mujeres. Representó una suerte en los primeros momentos de nuestra niñez cuando todos nuestros intereses circulaban particularmente por los supuestos “juegos de varones”, fue cuando entramos en nuestros años adolescentes que supimos en qué consistía el designio que alguna vez confundimos con fortuna.

Nuestras actividades estaban fuertemente marcadas por la estación del año. De esta manera, en invierno priorizábamos exclusivamente jugar juegos de mesa dentro de una casa mientras tomábamos la merienda, en otoño andábamos en bicicleta y jugábamos el deporte que estuviera de moda por aquel entonces. Esas eran nuestras temporadas bajas, las estaciones donde encontrábamos algo que hacer para no aburrirnos. Lo que en realidad esperábamos eran la primavera y el verano, los momentos más codiciados del año. Durante la primavera corríamos y jugábamos, poníamos a juicio nuestras destrezas físicas y competíamos incluso en lo más mínimo. El verano era difícil, el grupo se dividía en quienes tuvieran la fortuna para ir de vacaciones a algún lugar y quienes se quedaban en el barrio. No era durante todo el verano, pero las quincenas de vacaciones difícilmente coincidían, por lo que nuestro grupo parecía siempre incompleto. Los que estaban en el barrio durante esa época participaban de un tour por las piletas de cada uno, generalmente pequeñas y armadas solo durante la temporada, pero suficientes para contener a nuestro grupo. Independientemente de lo que hiciera cada uno, en primavera y verano había un juego que resultaba imprescindible para cualquier niño del barrio: los barquitos de telgopor. Las carreras de barquitos era el juego preferido de Eugenio, quizás fue ese el motivo por el que el destino nos permitiera quedarnos a todos allí durante su último año.

Cuando comenzó la primavera de ese año, ya todos sabíamos que ninguno se iría de vacaciones durante el verano. Nosotros lo vimos como una suerte, como una bendición que nos permitía el placer de la compañía ininterrumpida. Años después sabríamos que la razón de fondo había sido la desastrosa situación económica que atravesaba el país. Ignorantes de este tema, comenzamos a vislumbrar lo que parecía otra señal divina: el deshielo. Para comprender por qué esto era importante tenemos que repasar un poco la geografía de nuestra ciudad y como posibilitaba la disciplina de los barquitos. La zona donde creció nuestra ciudad es montañosa y seca. Estas dos características conllevan que exista una temporada de deshielo (en la que la nieve se derrite y baja desde la montaña) y que para aprovecharla hiciera falta construir las acequias que condujeran el agua hacia donde hiciera falta. Estas canaletas eran como venas para la ciudad, la revitalizaban y permitían que crecieran árboles a sus orillas. El juego de los barquitos consistía en ir al extremo de la calle y dejar caer los barquitos al mismo tiempo en la acequia. Luego, cada uno comenzaba a correr calle abajo y observaba qué barquitos sobrevivían las inclemencias de la corriente, los misterios de los puentes y, sobre todo, quién era coronado como el campeón de la temporada.

El juego había surgido casi por accidente varios años antes, durante el verano en que Carlitos se había quebrado la pierna y tenía que usar un yeso. Esto imposibilitó que pudiéramos ir a cualquier pileta, andar en bicicleta o jugar algún deporte. Jugar sin él era tan impensado como no jugar. Pensamos en los juegos de mesa como si fuera un invierno cualquiera, pero después de la tercera partida de cartas nuestra involuntaria necesidad de ver por la ventana nos obligó a salir de la casa y buscar algo más. Fue Eugenio quien se dio cuenta de la gran corriente que caía por la canaleta. Comenzó tirando una ramita para ver cómo la devoraba la corriente. Cuando llevaba aproximadamente cinco, Carlitos tomó otra y la tiró a su vez. Cuando la ramita de nuestro enyesado ingresó antes bajo el puente y lo escuchamos proferir un enérgico “GANÉ”, nuestra diversión encontró una excusa para desentumecerse y comenzar a divagar. El resto fue historia, primero hicimos una regla sobre el largo y tipo de ramas que podíamos usar. Porque claro, no sería justo que alguien utilizara una que ocupara toda la acequia, o que fuera mucho más larga que las del resto. Luego ampliamos la ruta, ya que el desafío de sobrevivir las secretas inclemencias que se escondían bajo los puentes era parte natural de una competencia de ese estilo.

Al año siguiente, tres años antes del último verano de Eugenio, la mayoría habíamos cumplido siete años. Nos dispusimos a comenzar una nueva temporada de carreras con ramitas cuando Ernesto notó un detalle que cambiaría para siempre la disciplina que practicábamos: la mayoría de los vecinos habían instalado un aire acondicionado en su casa. Esto parecía algo absurdo si ignoramos el hecho de que el telgopor que se utilizaba para embalarlos estaba esperando en la vereda a que el servicio de recolección de basura lo buscara.

—Che el tergopor ese flota mejor —había exclamado Ernesto, interrumpiendo la ardua tarea de juzgar como válida la ramita de los contrincantes.

—No seas bruto, se dice “telgopor” —le contestó Carlitos, mientras levantaba una de las planchas.

—Estoy seguro que no, es tergopor —intervine, mientras arrancaba un pedazo del tamaño de mi mano y lo arrojaba al agua.

La discusión quedó interrumpida y no fue hasta años más tarde en que comprobé que Carlitos tenía razón sobre la palabra. Por supuesto nunca se lo reconocí. Mientras veíamos que el trozo de telgopor bajaba velozmente por la corriente de agua, sin interrumpirse y sobreviviendo a los puentes, nos dimos cuenta que aquel juego había cambiado para siempre.

Reelaboramos las reglas para definir qué barcos podían entrar en una carrera. Estipulamos un tamaño y dispusimos que cada barco debía tener una ramita que hiciera de mástil. El juego cambió completamente, casi todos los barcos llegaban a la meta y las carreras eran más rápidas y competitivas. Sobre todo porque no existía la posibilidad de confundir un barco con cualquier pedazo de telgopor, lo que sí pasaba con las ramas. Cuando llegó el final del verano, se mudó a la vuelta de la cuadra Nicanor, quien tímidamente se aproximó a nosotros una de las tardes en la que estábamos jugando con los barcos. Se había quedado sentado en la esquina, observándonos como si quisiera llamar nuestra atención. Fue Carlitos el que casi sin preguntar lo tomó de un brazo, le puso un barquito en la mano y lo llevó a la otra esquina donde comenzaban las carreras. Cuando estaba anocheciendo, se presentó. Nosotros quedamos fascinados por su nombre y él por nuestro juego.

Unas semanas después, cuando comprobamos que quedaban pocas corrientes restantes, Nicanor tuvo una idea fantástica: tomó un trozo de telgopor y comenzó a limarlo en la juntura de dos ladrillos, en la pared de una casa abandonada. Cuando terminó, nos mostró el resultado. Era un óvalo perfecto. El nuevo descubrimiento y la inminente sequía nos generó mucha frustración.

El otoño e invierno que siguieron pasaron sumamente lentos. El recurso para fabricar barcos que había incluido Nicanor al grupo había llegado muy tarde y nos había forzado a pasar la temporada de sequía deseando la llegada de la primavera. Finalmente llegó, por supuesto. El primer día casi ni jugamos, sino que nos la pasamos creando todos los barcos que se habían cruzado por nuestra imaginación durante el año anterior. En más de una oportunidad, un padre había sido citado a la escuela por la maestra, quien había retirado las hojas llenas de dibujos de barcos, plasmadas de medidas y nombres ficticios. El segundo día todos volvimos de la escuela, almorzamos rápido y salimos a probar las invenciones.

Fue una temporada fantástica. Durante la primavera probábamos barcos nuevos y durante el verano comenzamos a diversificar las pistas de carreras. Para explicar mejor este punto debería contar un poco dónde vivía cada uno. Yo vivía cerca de la mitad de la cuadra en una casa exactamente enfrente de Eugenio. Él y yo fuimos los primeros dos que llegaron al barrio. Ese mismo año llegó Carlitos, que se mudó a la esquina de la cuadra de Eugenio. Ernesto fue el último en llegar, se mudó a unas casas de distancia de la mía un año antes de que comenzáramos a jugar con las ramitas. La llegada de Nicanor dos años después redefinió un poco la estructura del grupo. Ya no todos vivíamos sobre la misma calle, sino que uno estaba “a la vuelta”. Por este motivo, y para tranquilidad de su madre, varios días a la semana íbamos a jugar frente a su casa. Fue así como conseguimos una pista de carreras nueva y como supimos que el mundo de los barcos solo estaba limitado por el permiso de nuestras madres para llegar una cuadra más lejos. De esta forma, las pistas se convirtieron en cinco: la original, la de la vuelta, la pista del boulevard, la de la cuadra de arriba y la pista prohibida.

El año que tuvimos para preparar planos e idear barcos fue muy productivo. Habíamos pensado por separado que podíamos hacerle puntas a los óvalos de los barcos comunes para crear lanchas, que no usaban mástiles, hicimos buques más alargados y botes pequeños que eran más rápidos pero solían no sobrevivir a los puentes. De esta forma, teníamos muchos barcos y muchas pistas de carreras. Comprobamos rápidamente que algunos servían mejor que otros en ciertas canaletas. Por ejemplo, la pista del boulevard casi no tenía puentes y los botes eran ideales, para la cuadra de arriba era obligatorio usar buques y en la original había tanta diversidad que nos permitía ir variando constantemente.

La nueva complejidad del juego conllevó que el verano pasara velozmente. Fue la semana previa al inicio de clases cuando comprobamos que ese verano no habíamos hecho otra cosa que jugar con los barquitos. Ninguno se arrepentía y la mayoría maldecíamos el tiempo que habíamos estado de vacaciones alejados del barrio.

El verano siguiente fue distinto. Ernesto había visto una película durante la primavera en la que se mostraba una sociedad de gente pequeña que vivía constantemente asediada por otra especie que parecían gusanos. Ernesto nos contó los hechos que se desarrollaban varias veces durante las primeras dos semanas de la primavera. A todos nos gustó la idea de la película y creímos olvidarla, hasta que llegó el día del primer ataque. La carrera había comenzado como todas las otras: arrojamos los barcos y corrimos calle abajo. Aquella vez estábamos en la cuadra de arriba, todos los barcos llegaron a la otra punta y Carlitos fue coronado ganador. En el camino hacia la próxima pista, Nicanor observó que su barco tenía un agujero. Ante su observación, todos revisamos los modelos que teníamos en las manos y comprobamos que también estaban perforados. Al principio no le prestamos atención, pero el hecho se repitió en cada pista que jugábamos. Ernesto volvió una semana después de sus vacaciones y nos apresuramos por contarle lo sucedido. Casi pálido nos comentó que exactamente así se veían los ataques de las lanzas que utilizaban los gusanos contra la gente pequeña. Luego de debatir lo suficiente, llegamos a la única conclusión posible: la gente pequeña era real y vivía bajo los puentes. Los gusanos, rebautizados gusorones por el propio Ernesto, los atacaban constantemente. De ahí provenían las roturas de nuestros barquitos, no había otra explicación posible.

Esta nueva verdad cambió una vez más el propósito del juego. Ya no era una carrera, se había convertido en una guerra. En un principio la mayoría nos negamos, pero ante el temor de Ernesto y las palabras inspiradoras de Eugenio decidimos ceder para ayudar a la gente pequeña. Transformamos nuestros barcos en máquinas de guerra, les agregamos escarbadientes y puntas de plástico que servían como armas para atacar a los gusorones.

Hoy me emociono con el recuerdo del entusiasmo de Eugenio, con sus estrategias y sus diseños. Luego rememoro con tristeza su último verano, el año siguiente al descubrimiento de los gusorones.

Esa primavera comenzó con una gran flota de naves de guerra esperando para ayudar a la gente pequeña. Fue el año en que nadie iba a ir de vacaciones y que prometía la mayor felicidad de nuestras vidas. Comprobamos que iba a ser todo lo contrario cuando, sin aviso, Eugenio dejó de salir a jugar. Las veces que golpeamos a su casa la madre nos atendió con lágrimas en los ojos y nos explicó que no podía salir, que estaba preparando la nave de guerra definitiva. Luego de nuestro cuarto intento decidimos no molestar más a la madre de Eugenio y pactamos que cuando este decidiera terminar el proyecto podíamos exigirle las debidas disculpas. Cuando se cumplió el primer mes sin su presencia, volvimos a preocuparnos y decidimos organizar una misión de investigación. El plan era simple, convenceríamos a nuestras madres de que todos se quedaran a dormir en mi casa el viernes a la noche y nos escabulliríamos. La salida fue corta, logramos subir al techo de la casa que se hallaba junto a la de Eugenio por la reja del frente y caminamos sin hacer ruido. Desde allí miramos por la ventana de su habitación. Vimos sobre la mesa un resplandeciente barco de madera a medio construir, con pequeños arpones metálicos y grandes velas de tela. Lamentablemente no había rastro de su dueño, por lo que volvimos a mi casa antes de que mis padres notaran nuestra ausencia. Nos quedamos despiertos toda la noche hasta que sentimos el ruido de un motor y nos apresuramos a llegar a la ventana del frente de mi casa. Allí vimos a Eugenio bajarse del auto de su padre, tenía una venda en el brazo y usaba una gorra pese a que estuviera nublado. Hacía un mes que no lo veíamos y lo notamos pequeño y pálido. Carlitos no aguantó y abrió la ventana para llamarlo.

— ¡Euge! —gritó, rompiendo el silencio de la madrugada.

— No —balbuceó Eugenio cuando se dio vuelta, con miedo en los ojos.

La madre se percató de esta situación y se apresuró a abrir la puerta y hacerlo entrar a su casa. Antes de que pudiéramos salir en su búsqueda, notamos que mi madre estaba bajando las escaleras. Cerró la ventana y nos obligó a dormir. Al día siguiente le comenté lo que habíamos observado y me dijo que era una pena, pero se negó a responder cuando le pregunté a qué se refería.

Cuando terminó la primavera y comenzó el verano, decidimos doblar esfuerzos en la guerra contra los gusorones. Sin embargo, todos notamos la tensión que nos provocaba saber que Eugenio se encontraba a pocos metros, pequeño y pálido, trabajando en su barco.

Una semana después de año nuevo mi madre me despertó gentilmente con lágrimas en los ojos. Me dio una muda de ropa y me pidió que me levantara. Cuando bajé al living me encontré con Nicanor, Ernesto y Carlitos, todos con cara de sueño y ojos confundidos. Nicanor me contó lo que su madre le había explicado: Eugenio había terminado el barco y le había pedido a sus padres que lo hicieran navegar en el canal. No supo responder cuando le pregunté dónde estaba Eugenio.

Cuando llegamos al canal principal que se encontraba a unas cuadras de nuestras casas, vi a los padres de Euge. Estaban con los ojos irritados y sosteniendo entre los dos el barco de madera brillante. Fue la madre quien nos contó que Eugenio trabajó tanto en el barco que se había encogido por voluntad para poder navegarlo. Que en ese momento estaba en el camarote principal armando la estrategia definitiva para vencer a los gusorones que quedaban en el barrio, pero que luego de eso continuaría por todos los del mundo. Entre todos bajamos el barco y lo dejamos navegar corriente abajo.

Eugenio nunca volvió y con los muchachos fuimos paulatinamente dejando de hablar del tema, pero sin olvidarlo. Hasta el día de hoy, cuando observo cómo corren las aguas por las canaletas, escucho el sonido de los arpones metálicos que dispara Eugenio. Y agradezco todos los días que haya asumido la responsabilidad de defender a la gente pequeña.

Nicolás Vargas Rossi

Nicolás Vargas nació en 1993 en la Provincia de Mendoza, Argentina. Es Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador y escritor. Su obra se centra en cuentos y novelas. Los primeros son publicados semanalmente en internet a través de la red social Medium y generalmente poseen temáticas realistas, costumbristas o fantásticas. Las novelas se encuentran sin publicar y varían entre la ciencia ficción y la fantasía.

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Poema del autor Fernando García Magdalena | Fucking nazis

Fucking nazis

A mi abuela, en la cola del super,
cuando tenía nueve años,
se le coló un tío que medía dos metros,
estaba gordo como una tapia
y tenía en el grado derecho, varios tatuajes:

Un águila cargando una cruz de hierro
y una frase:

«Gloria y muerte»

Mi abuela, en un arranque de furia,
le dijo agresivamente al nazi, que se le había colado sin ningún derecho.

A lo que él, respondió:

«Tengo prioridad, así que, cállate anciana y muérete».

Pero lo mejor estaba por venir… mi abuela, en respuesta le soltó lo siguiente:

«No, perdone usted. Tú y tú caudillo, lleváis más años muertos, que yo viva».

Autor Fernando García Magdalena
Fernando García Magdalena.
Fotografía tomada por Tania González Moran.

Fernando García Magdalena

Nació un 2 de abril de 2003 en Oviedo, Asturias (España), donde actualmente reside y hace sus maldades por esas tierras. Inició como un monologuista de mala muerte, pero su camino siguió hasta las artes literarias y escénicas; publicando Apócrifos (2021) e Inyección Letal (2022) hasta la fecha. También participó en diversas antologías como Histeria vol.2 (2020), Almas en Ruta (2022), Cuentos Sangrientos edición revisada (2023), entre otras… también publica en diversas revistas literarias y medios como Katabasis, Dosis Kafkiana… y también hace distintas performances basadas en Star Wars con su grupo «Orden 66 Asturias». Hizo eventos en La Rioja, Asturias, Valladolid y uno en Londres, ya que estuvo presente en la Star Wars Celebration 2023.

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